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EL HOMBRE DEL SACO by Felicitas Rebaque

Imagen sacada de internet

Cuando los tiranos parecen besar ha llegado el momento de echarse a temblar. William Shakespeare

En una gran cama de hierro forjado, al lado de su marido, Rosa dormía. Clavado en la pared, con la cabeza inclinada sobre el pecho, un gran crucifijo de plata parecía velar su sueño. Todo dormía en la casa, pero no, alguien estaba despierto.

Desde el interior del armario había permanecido absorto, mirando a través del espacio de la rendija de la puerta, cómo sus sombras se movían en un baile siniestro hasta que las voces y los ruidos cesaron y se oyeron los primeros ronquidos. Entonces se levantó, abrió la puerta con cuidado y echó una ojeada al exterior. El olor a sudor añejo, mezclado con el de cerveza y colonia barata, producían en la habitación una atmósfera densa y espesa.

El cuarto estaba en penumbra, iluminado apenas por la luz de la lamparilla que Rosa dejaba encendida todas las noches. Tenía miedo a la oscuridad desde niña.

—Si apago la luz, vendrá el hombre del saco —explicaba entonces al muñeco, mientras abrazaba su cuerpo de trapo contra el suyo, dulce y cálido, en el espacio protector de la cama, esperando que llegara el sueño y que al despertar la luz de la mañana alejara las sombras amenazadoras que la envolvían de noche. 

La cama ocupaba prácticamente toda la estancia en la que reinaba el más absoluto desorden; el resto de los muebles ―un armario, la cómoda con espejo y dos sillones― se amontonaban en el espacio sobrante dando una sensación de agobio y opresión. El crucifijo de plata, una rara y valiosa antigüedad que las mujeres de la familia de Rosa habían heredado de generación en generación, presidía desde lo alto.

El muñeco avanzó hasta llegar a los pies de la cama. La rodeó y se dirigió al lado donde Rosa dormía. Su respiración, a pesar de los somníferos, era entrecortada e irregular. Algunos gemidos se escapaban de sus labios y emitía palabras ininteligibles. La miró durante largo rato. Estaba vuelta de espaldas y la luz de la lamparilla pintaba reflejos rojizos en su hermoso pelo negro. Rosa emitió un nuevo quejido, se giró sobre sí misma y volvió su cara hacia él. El muñeco se estremeció como si el serrín que daba forma a su cuerpo se diluyera en agua. 

Dos grandes hematomas, uno en la frente y otro en el pómulo, deformaban su rostro. El ojo derecho se perdía en un abultado cráter y del izquierdo se escapaba una lágrima olvidada que, resbalando lentamente por su mejilla hasta el cuello, se perdía en el canal que formaban sus bien formados pechos. El muñeco se acercó aun más, retiró suavemente unos mechones de pelo que le caían sobre la frente y muy despacio apartó la sábana. Rosa estaba desnuda, encogida, con las piernas flexionadas sobre su cuerpo. Parecía un pequeño animal herido e indefenso. Flores malvas y violáceas se esparcían por su piel y pequeños puntitos rojos marcaban el lugar donde el golpe había sido más fuerte.

La cubrió de nuevo. La furia y el dolor se mezclaron a partes iguales dentro de su cuerpo. Un cuerpo infantil hecho de telas viejas y serrín que guardaba, por no se sabe qué incompresible misterio, el corazón de un hombre que se revolvía dentro de su armazón de trapo, como si de una camisa de fuerza se tratara,  cuando escuchaba los gritos y los golpes. 

Alzó la cabeza y miró fijamente al cristo que desde lo alto permanecía ignorante, con los ojos cerrados y la cara vuelta. Rodeó de nuevo la cama y caminó hacia el otro lado. Al pasar delante de la cómoda, desde el espejo, su otro yo de muñeco le contemplaba. Se miraron. Él sentía el rostro crispado, los ojos empequeñecidos por la ira y una mueca amarga y desagradable en la boca. El otro le observaba con sus grandes ojos espetellados dentro de una enorme cabeza redonda enmarcada por unas desproporcionadas orejas y con su estúpida y permanente sonrisa de media luna pintada en la cara. 

Los ronquidos, por unos segundos, cesaron para después continuar más fuertes e intensos que antes. Un prominente y abultado abdomen subía y bajaba al ritmo de su estertórea respiración, mientras que por su boca entreabierta se escapaba un hilillo de baba. 

El muñeco se subió a la mesilla y se encaramó hasta los barrotes de la cama. Desde allí alcanzó el crucifijo sin dificultad. Buscó por detrás de la cruz un pequeño resorte, lo accionó y liberó la hoja afilada del puñal que se escondía dentro del cuerpo del crucificado. Lo descolgó con sumo cuidado. Miró de nuevo al hombre que, ajeno a todo, seguía sumido en el sueño. Levantó el cristo sobre su cabeza; la hoja de plata brilló como una estrella rasgando la oscuridad. 

No emitió ningún ruido cuando el puñal le atravesó el corazón. Apenas un pequeño estertor antes de que los ronquidos cesaran. La habitación quedó sumida en el más profundo silencio. 

Con una sensación de triunfo bailándole por dentro, se dirigió de nuevo al armario. Al pasar por la cómoda, el espejo le devolvió su imagen: de su cara de muñeco había desaparecido la sonrisa.

Relato incluido en el libro LA LIBÉLULA.

https://www.editoriallxl.com/tienda/La-libelula-Felicitas-Rebaque-p146066593

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