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ESPORAS DE SILENCIO by Beatriz Osornio Morales

No tengas miedo del miedo, aun cuando sea duro estar frente a él, saberlo inevitable y reconocer sus formas “las figuras son cosas resbaladizas”  te mantiene de pie, el miedo pasará.

Lo más atroz del miedo es que hace olvidarse de uno mismo. Antes de su invasión, uno siente que algo se eriza en la espalda, de los pies  se perdió conciencia desde el primer síntoma.

Por aquí no pasan viajeros. Hay carreteras que van a todas partes y llevan a ningún lado, las ardillas las cruzan libremente en busca de bellotas. Pero humanos, se ven poco.

Yo he salido a caminar varias veces por Michaels Woods Drive. Veo coches a velocidad relativa, se alcanza a ver la marca y hasta el número de modelo, pero nunca se le ve la cara al chofer.

Tratando de saber a donde da ésta calle, un día anduve por horas. Cuando creí haber visto el final de la calle, vino una vuelta hacia dos lados, era la misma calle con perpendiculares, como el tronco con sus ramas. No supe si tomar una o la otra, rama o tronco. Se sabe que de una rama nacen otras ramas, de un pensamiento una idea, de una calle otras…y así. Decidí regresar.

De regreso, venía pensando en que de lugares como este, hay que alejarse cuanto antes. En eso venía cuando, vi un punto familiar en la acera. Al levantar los ojos del piso, vi que la casa había desaparecido, había un hueco en lugar de la casa; estaba el lote y los metros cuadrados, donde habían estado las simientes, sólo quedaron ranuras. Las paredes no estaban, el techo no estaba en su cielo raso y las ventanas habían sido arrancadas de sus vistas. Del interior solamente quedaron  el piso de la primera planta, el desayunador, los sillones guindas. También los armarios desaparecieron. Lo que quedó estaba a la intemperie, a vista de todos.

De un salto entre, directo al sillón largo donde tome una siesta. Luego vino la noche y las sombras de los árboles se fueron haciendo pesadas, ruidosas, calladas. Soñé que un reptil trepaba por el sillón.

Fue entonces, que volví del supermercado.

Mientras acomodaba la compra en la despensa, oí pasos cercanos y, pensando que sería Ruth, mi hija, seguí colocando latas sobre latas, construyendo murallas de aluminio para un reino dormido. Esperé que ella dijera algo, pero sólo me llegó silencio.

Al sentir el peso del silencio, volví la vista y vi claramente, con estos ojos que dicen que se ha de comer la tierra, y que yo contradigo, diciendo que arderán como Troya, con estos mismos ojos que han devorado ciudades enteras, vi el afuera dentro de mi casa; los coches a velocidad relativa, las aceras vacías, el espacio invertido, entre follajes y azul desierto, lo vi dando vueltas fuera de mis pensamientos. Un mundo interno había escapado, haciéndose público, como la política. Sentí miedo del silencio y sus esporas voraces. Como pude me aleje de aquel pensamiento, y seguí acomodando la despensa.

Al resbalar una lata de mis manos, se erige otra muralla en el oído,  y otro reino despierta en el reino de los sonidos y las formas…

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