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TRES MINUTOS DE GLORIA (y final) by Javier Caballero Bello

Y así había sido. Se preparó concienzudamente dos o tres canciones, estuvo varias semanas ensayando, memorizó las letras y, por fin, un día se decidió a acudir a un local de karaoke. Era un sábado por la tarde, no había mucha gente en el local, alguna pareja mayor, un grupito de amigas maduras que comentaban algo sobre líneas y cartones, lo que indicaba que acababan de salir de un Bingo próximo, un grupo más grande de gente madura que cantaban “cumpleaños feliz” a una de las asistentes y dos o tres grupos de despedida de solteros y solteras que muy ruidosos bailaban y cantaban todas las canciones que ponían. Por fin llegó su momento, apareció el nombre de Félix y su canción “Échame a mí la culpa” del gibraltareño Albert Hammond, una canción pegadiza y conocida por todos. Félix se subió al escenario con el micrófono en la mano, muy nervioso, le temblaban las piernas y tenía la boca seca, le sudaban las manos. Se quedó parado mirando a todo el mundo. Todos los ojos del local estaban fijos en su persona, expectantes, las chicas le sonreían y le animaban con la mirada. Empezó la música y las primeras palabras no le salieron, solo tras un largo esfuerzo y de tragar una saliva que no tenía comenzó con la voz un poco temblorosa:

Sabes mejor que nadie que me fallaste

Que lo que prometiste se te olvido…

Ya estaba, había comenzado y nadie le haría parar; con un aplomo que desconocía continuó cantando con voz pausada, con buena entonación, mirando lo justo a la pantalla para no perderse y entrar a tiempo en cada estrofa:

Sabes a ciencia cierta que me engañaste

Aunque nadie te amaba igual que yo…

Poco a poco se fue trasformando, se fijó en una de las amigas de una novia que le miraba con admiración, con una sonrisa cómplice y cantaba a la vez que él.

Y allá en el otro mundo

En vez de infierno encuentres gloria

Y que una nube de tu memoria me borre a mi

Cuando terminó todos le aplaudieron, incluso cuando bajó del escenario para dejar el micro un desconocido le dio una palmada en la espalda, las señoras del bingo le sonrieron. Buscó con la mirada a la chica de la despedida pero estaba en otro asunto bailando y haciendo el ganso con sus amigas.

A partir de ese día la vida de Félix cambió por completo. Se pasaba toda la semana estudiando las canciones, tarareándolas, las memorizaba. Incluso llegó a aprenderse de memoria alguna letra de autores extranjeros como Charles Aznavour o John Lennon, e incluso, se atrevió con “La Voz”, sí, con el mismísimo Sinatra, de quien interpretaba “My way” como si se hubiese compuesto para el mismísimo Félix.

Así transcurría su vida, entre la oficina a la pensión y los sábados por la tarde al karaoke. Allí le conocían todos. Saludaba al portero, al camarero y a la joven del guardarropa, y a algún cliente asiduo como él. Y siempre hacía el mismo ritual: se sentaba en una silla alta, en un extremo de la barra con una cerveza y esperaba su momento; comenzaba con una o dos canciones fáciles para calentar la voz y esperar a que el local se llenase, y luego se lucía con una canción espectacular, haciendo que toda la sala rompiese en aplausos al terminar. Notaba como las mujeres le miraban, incluso había intercambiado algunas palabras con alguna de ellas en determinados momentos, sobre todo en esas situaciones que el alcohol las hacía un poco más desinhibidas; pero nunca había podido pasar de ahí, no se había dado la circunstancia de una charla en toda regla, la timidez de Félix se lo impedía.

No tuvo conciencia de cómo pasó, fue todo tan rápido y tan espontaneo que no le dio tiempo a prepararse ninguna frase. Apenas tres minutos, casi lo que dura una canción. Ahí estaba ella, con su sonrisa, su mirada chispeante, su piel de terciopelo, como un melocotón, su cabello castaño cortado a la moda que le llegaba a la mitad del cuello. Una chica agradable y mona que podría tener la misma edad que él. Ya la había visto antes. Se había fijado en ella mientras estaba cantando su canción en el escenario, una de Miguel Bose “Amante Bandido” que se había preparado hacia poco; le había quedo tan bien que todo el público irrumpió en aplausos. Y allí estaba ella, entre el escenario y la barra, con un grupo de amigas bulliciosas; se le quedó mirando y mientras le sonreía le dijo lo bien que cantaba y el tono de voz tan bonito que tenía, que ya le había visto otras veces y se había fijado en lo elegante que era, no como los otros hombres que solo cantaban cuando iban borrachos. A ella le encantaba cantar, pero lo que más le gustaba era bailar, así que, como se acababa de separar hacía poco, iba con su hermana y sus amigas que eran unas marchosas y unas juerguistas, y paraban un rato en el karaoke para hacer tiempo. Se llamaba Piluca y era un torrente de sinceridad y vitalidad. El pobre Félix apenas atinaba a contestar con monosílabos o frases hechas y a soltar una risita nerviosa mientras se componía los pliegues de la camisa, se atusaba el pelo o metía y sacaba rítmicamente las manos en los bolsillos del pantalón. Notaba el temblor de sus manos y de su voz, la falta de saliva en su boca. La miraba extasiado los hoyuelos de sus mejillas al sonreír, su boca de labios carnosos con esos dientes tan blancos, su talle, lo bien que llevaba esos kilos de más que pugnaban por salirse de esa blusa ajustada o ese pantalón una talla más pequeña de lo debido y que estuvo a la moda unos años antes, pero le daba igual, todo eso era superfluo. Le dijo que también le gustaba cantar y bailar y que iba a este sitio para relajarse del trabajo que le tenía tan estresado, que también le encantaba la vida sana, salir al campo a pasear y que nunca se emborrachaba, es más, detestaba a esos que con la excusa del alcohol se tomaban libertades y actuaban como unos maleducados. Así que cuando Piluca le dijo lo bien que se iban a llevar, casi le dio un vuelco el corazón, ya no pudo hilvanar más frases, se quedó como un tonto, un pasmarote, un don Tancredo sin toro, en un estado de idiocia absoluto, pasmado. Pero ese ensimismamiento acabo en unos pocos segundos cuando las amigas tiraron de ella para marcharse, la llamaron ligona, que no la podían dejar sola ni un momento, que siempre se la encontraban con los más guapos y así entre risas y miradas cómplices fueron saliendo del local.

­—El próximo sábado también vendremos, y si tú estás podríamos tomar algo, dijo Piluca a modo de despedida mientras se le acercaba y le besaba en las mejillas.

—¡Claro que estaré! Balbuceó. A propósito, me llamo Félix, atinó a decir cuando ya casi estaba en la puerta del local.

—Ya lo sé, contestó con lo que parecía un brillo especial en sus ojos. Lo he visto en la pantalla cuando has salido a cantar.

Félix no se lo podía creer. De regreso a la pensión tomó el camino más largo, necesitaba relajarse y pensar en todas y cada una de las palabras que había oído de Piluca, analizaba todos sus gestos, la sonrisa que acompañaba a cada palabra, los guiños de sus ojos, la subida de sus cejas. El porqué de los dos besos de despedida. Todo eran mensajes, no podía ser otra cosa. Inmediatamente notó un calor en su pecho, como la llama del amor brotaba como un incendio en su interior, como el corazón se le desbocaba al recordar aquellos labios en su mejilla.

Su mente volaba; repasaba mentalmente cada sílaba y cada palabra, todas las frases dichas por ambos. Como se lamentaba por no haber dicho tal cosa en lugar de la otra; tenía que haber sido más decidido. Ya sabía su nombre, pero lo sabría desde hoy o desde otro sábado. Eso solo podía significar que se había fijado en él. Que le gustaba. Es cierto que la recordaba del mes anterior con las mismas amigas pero aquella vez apenas se fijó en ella.

Pero el sábado siguiente sería su día. Nada en el mundo podría impedir que acudiese puntualmente. Tenía una cita con una mujer, era su primera cita y aunque hubiese parecido una frase algo vaga, ese: “si tu estas, podríamos tomar algo”, sonaba como un compromiso en toda regla; un pacto sellado con sangre no tendría más valor.

La semana se pasó con una lentitud exasperante. Las horas del trabajo se le hacían interminables. Menos mal que las tardes eran más llevaderas; se había propuesto repasar todo el repertorio de sus canciones. Para impresionar a Piluca había ido a comprarse una camisa nueva, de marca, con el bordado en la pechera izquierda, en una tienda que estaba de liquidación, así le salía un poco más barato.

Tenía planeado todo lo que le iba a decir, llevaba un repertorio memorizado de temas de conversación, frases, chistes y chascarrillos. Luego la invitaría a tomar algo y se irían a bailar como a ella le gustaba.

Pero ¿Qué haría con sus amigas ¿Por qué no le pidió el número de su móvil? Hubiese podido improvisar otro plan para estar solos. Pero eso sería un poco precipitado. ¿Qué pensaría Piluca de él si iba muy deprisa? Pensaría que no la respetaba.

Por fin llegó el sábado. Pero que haría hasta las seis de la tarde que abrían el local. Desde por la mañana bien temprano estaba Félix preparándose para su día, repasando su ropa, su repertorio de canciones, sus frases, sus poses. Había pensado en comprarle algo para impresionarla pero temía meter la pata. No podía llevarle flores o unos bombones, quedaría ridículo y anacrónico; incluso se le ocurrió regalarle un llavero con la Virgen del Pilar, pero enseguida lo desechó.

Iba Félix caminado hacia el local de karaoke, radiante y feliz como su nombre indica, con sus gafas de sol aunque estaba un poco nublado, con su camisa nueva y su cazadora al brazo. Era la imagen del triunfador, del hombre que lo tiene todo, seguro de sí mismo. Frank Sinatra, Miguel Bose o Joaquín Sabina, sus cantantes favoritos, no irían tan seguros a una cita con la mujer de su vida.

Por eso cuando empezó a divisar la entrada del local intuyó que algo fallaba, sus pies parecían de plomo, sus piernas se negaban a seguir andando, el aire le faltaba; todo a su alrededor empezó a darle vueltas. Una opresión en el pecho le impedía respirar, un dolor como un cuchillo le traspasaba de parte a parte, notaba como unas manos fuertes como garras le tenían cogido por el cuello y le impedían moverse. No se lo podía creer, la vista le estaba fallando. No podía ser; sin aliento, con un sudor frío por su cara y por su espalda apenas sin poder dar un paso llegó como pudo a la entrada. No había duda, de cerca se leía mejor. Tuvo el tiempo justo de cerciorarse de lo que ponía en un gran cartelón en la entrada.  “CERRADO POR TRASPASO”.

No se dio cuenta de cómo se caía, la gente se arremolinó a su alrededor, le cogían por la cabeza y la cara, alguien llamó al teléfono de urgencias, al 112. Una UVI móvil no tardó en llegar. Los sanitarios hicieron todo lo posible. Resucitación cardiopulmonar lo llaman los entendidos. En mitad de la calle lo intentaron todo, masaje cardíaco, le intubaron, le metieron varios fármacos a través de la vena. Hicieron lo imposible para sacarlo adelante pero todo fue en vano. A la desesperada lo llevaron en la ambulancia para llegar cuanto antes al hospital. No hubo manera; en urgencias solo pudieron certificar su muerte. Un infarto masivo comentó el médico que lo atendió. Pobre muchacho, se le veía tan joven.

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