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SCHWEPPES by Jose Luís Serrano

El niño lo miraba fascinado. No quería apartar los ojos de aquel enorme luminoso cuyas barras de neón se encendían y apagaban en secuencias perfectamente orquestadas de modo que tras un rato de observarlo podrías predecir qué ocurriría, si las letras, si los destellos, si las intermitencias…  y el niño caminaba de la mano de su madre mirando hacia atrás para no perder ojo al cartelón y comprobar que una vez más había acertado y ahora era el turno de las letras de aquella palabra impronunciable…

El niño creció y siempre que salía la conversación de las pequeñas cosas que a saber por qué poblaban la infancia de unos y otros, él contaba de aquel enorme luminoso en lo alto de un edificio de la calle más iluminada del país. Con alguna mujer se detuvo en la acera a comprobar que la cadencia era la misma de cuando el pantalón corto aunque ahora ya no acertaba siempre pero recuperaba infancia en los colores encendiéndose y apagándose en un eterno pregón  de refresco.

Tiempo después, en un viaje solitario se hospedó en el hotel en cuya cima el anuncio seguía gritando su marca. Había pasado la noche en el tren y entró en la recepción muy muy pronto. Quien fue el niño, entonces –aquel ahora- pagaba los hoteles con bono/oferta y estaba acostumbrado a que le dieran habitaciones con preciosas vistas al patio de luces, a callejas mal iluminadas y cosas así por eso no se extrañó cuando la conserje dijo que le acompañaría porque era más sencillo que explicarle cómo llegar a la habitación. Supuso que le asignarían poco menos que un sótano o una habitación al final de  un pasillo larguísimo y oscuro o vaya usted a saber. Disciplinado, siguió a la mujer hasta el ascensor y subieron hasta la última planta, cuando salieron: “si es tan amable de acompañarme” y mientras caminaban le fue explicando que el ascensor no llegaba a las dos últimas plantas del hotel y por lo tanto había que subir un tramo o dos de escaleras, en su caso uno, precisó y ante la puerta, con un gentil “esta es” le entregó la llave. El exniño no se lo podía creer. Era una habitación enorme con dos camas enormes, salita recibidor con sofá de piel, tres enormes ventanas con vistas a la Gran Vía por un lado hasta la Plaza de España y por el otro hasta donde la avenida gira hacia Cibeles… y en el aseo un jacuzzi como para elefantes gorditos. Posiblemente la mejor habitación que hubiera tenido nunca. Sonrió al comprobar que las ventanas del baño no se podían abrir y que al otro lado del cristal estaba una parte del cartelón luminoso de Schweppss…

Por delante tenía un día intenso, de feria profesional, sin sentarse ni para un café. Visitar stands, ver cosas, tomar apuntes, fotos a hurtadillas… Y mientras regresaba en el metro la imagen del jacuzzi del que disponía aquel par de días le reconfortó. A él fue directamente pero al entrar en el aseo comprobó con horror que las ventanas carecían de persianas y no había modo de librarse del encenderse y apagarse cíclico de las barras de neón… aún así llenó la bañera y se sumergió en el agua tibia pero el continuo cambio de color, rosa, azul, blanco que llenaba la estancia además del zumbido de los transformadores de corriente hicieron de aquel baño, que debería haber sido tan reparador como epicúreo, una experiencia áspera y desapacible.  

Un niño medio traslúcido en el vaho del espejo le miraba con una sonrisa misericordiosa a medio paso 

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