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NOCHE AGITADA EN TRUCULANDIA by Rosa Marina González-Quevedo

Eran las doce en punto de la noche cuando en el cielo de Truculandia se expandió el estrepitoso sonido de un trueno: en plena avenida, un coche a todo tren (conducido por un hombre joven en total estado etílico) se estrellaba contra el muro del jardín de una casa de barrio. 

Atónitas, dos ancianas en pijama abrieron la puerta; una de ellas (pensando en una posible invasión) se puso a buscar los restos de la tan anunciada bomba enemiga; la otra (que en consecuencia había enmudecido), clavaba sus ojillos de lagarto asustado en el techo de la casa (en este caso, tratando de encontrar el hueco abierto por algún meteorito).

Algunos vecinos se personaron de inmediato en el lugar de los hechos; otros, al contrario, se limitaron a curiosear a través de las persianas. Eso sí, llovían por doquier gritos de «¡ñooo!, pero… ¿qué fue eso?»

Durante la tarde, en una vivienda cercana se había celebrado un bembé en el que se había sacrificado un cordero. Al terminar el festín, los restos del animal habían sido arrojados en el contenedor de basura de la esquina (punto de choque del desaforado coche) creándose la debacle: sangre y mondongos por doquier.

Un borrachín que por ahí pasaba, al descubrir las vísceras en la acera se encargó de divulgar la presunta muerte del conductor del coche: «¡Pá su abuela! ¡Se mató!», gritaba despavorido el alcohólico… El accidentado, sin embargo, se levantó de entre los restos del cordero como Lázaro de entre los muertos y… «¡Alabado sea el Señor!», exclamó una beata que ─a todas estas─ había sacado a la calle la Santa Biblia y se empeñaba en encontrar algún pasaje de la llegada del Apocalipsis.

Y bien, una vez que el asunto del supuesto occiso se había aclarado y que el muerto ya no estaba muerto, quedaba en pie la duda de que ciudadanos desafectos al orden del buen sistema aprovecharan las circunstancias para realizar actos delictivos.  Así, a modo de detener a los antisociales (siempre buscados) se organizó en el vecindario una escuadra de zapadores para desactivar minas caseras: todo infiernillo o alambique destinado a la fabricación ilegal de alcohol debía ser inmediatamente destruido.

En cuanto a las pesquisas detectivescas, dos policías que patrullaban la zona instruyeron a algunos mirones para que aguzaran ─aún más─ la mirada y ─de paso─ e informaran si alguien osaba traficar mercancías en la confusión de la noche. Entre los vecinos, la honorable Chencha lengua’e trapo fue nombrada jefa de los delatores: en pocos minutos, cuadernillo y lápiz en mano, la soplona anotó más de veinte nombres y apellidos de traficantes de café tostado, aceite de soja y ron (por mencionar los productos más traficados aquella noche).

Fueron, además, verificables actos heroicos que no debemos olvidar; entre ellos, el de una jovencita que ─en un abrir y cerrar de ojos─ se uniformó con tacones, minifalda y uno de esos topes conocidos en Truculandia como baja y chupa… Y en plena acción, con insuperable coraje, se apostó a pocos metros del cordero muerto para parar coches de turistas…; posiblemente, una acción benéfica al servicio de la Patria.

(Relato extraído del libro inédito Mitología y leyendas peregrinas de una isla).

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