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El granjero Carlos por Bruno Cruz Olarte

Despertó.

Se le hizo rara la obscuridad a su alrededor, muy poco convencional. Era el sonido de un gallo el que lo despertaba diariamente, eso y los destellos de luz en su ventana, pero esta vez no había sido así. La lobreguez y el olor a tierra mojada parecieran ser un mal augurio para el granjero Carlos.

Se quedó acostado unos momentos. Al intentar levantarse de su cama golpeó su frente con un objeto sólido, como si tuviese el techo a diez centímetros de su cabeza. Pasó sus manos a la altura de su pecho; sintió una solapa de saco y un nudo de corbata. El escalofrío de no tener su peculiar playera de tirantes para dormir se convirtió en comezón. Una terrible picazón en la espinilla derecha.

Cuando trató de rascarse la pierna se percató que se encontraba en un espacio muy reducido. Tan sólo intentar bajar el brazo para tocarse la rodilla le generaba un calambre en el muslo. Carlos podía escuchar su respiración, pero las palpitaciones de su corazón no daban señales de vida.

La brutal comezón cambió de lugar, ahora la sintió en el brazo derecho, a la altura del codo. El granjero tuvo que desabrochar los botones de la manga de su camisa para así rascarse con tranquilidad. Ante la maniobra sintió que arrancó algo desde su extremidad. Con sus ojos ya un poco acostumbrados a la negrura se dio cuenta que lo que arrancó de su piel se movía.

La desesperación tocó a Carlos. Lanzó puñetazos y patadas contra el objeto que yacía sobre él. Sintió por momentos el líquido extraño que arrojaba el codo que momentos antes había rascado. El agotamiento y la quietud lo terminaron por derrotar. En uno de los bolsillos de su saco sintió una caja pequeña.

 Justo cuando intentaba resolver lo que era, escuchó a lo lejos el grito ensordecedor de una mujer. Carlos pensó que sentiría un infarto, pero su corazón seguía tan mudo como antes. Pronto escuchó más alaridos a diferentes distancias, como si estuviese en un estadio lleno, en medio de algún espectáculo deportivo.

El sudor le recorrió la frente hasta que por fin descifró qué era lo que tenía en sus manos: una caja de cerillos. Logró sacar uno y prenderlo con el mixto de la caja. Ahora alcanzaba a ver hasta las puntas de sus pies. Tenía puestos unos zapatos negros que había dejado olvidados en su placard y que sólo ocupaba para eventos especiales.

Un murmullo en su oído izquierdo lo hizo tirar el cerillo encendido sobre su estómago. El ardor del fuego y el miedo de los susurros a su costado apabullaron a Carlos. Por fin pudo apagarlo con su puño y pegó su cabeza en los límites de su minúscula estancia. Escuchó una conversación entre dos personas; hablaban en un dialecto extraño, uno que el granjero nunca había escuchado.

Les habló. Cuando les preguntó quiénes eran y dónde se encontraban, la conversación se detuvo, los gritos tenebrosos como único fondo. Prendió otro fósforo para continuar viendo su pequeño recinto. Se miró los dedos con los que se rascó y observó pequeños rastros de sangre y sus manos deterioradas. La impresión se convirtió en miedo cuando un susurro a dos centímetros de su oído derecho le dijo: “Estás muerto”.

Nuevamente tiró el fósforo. Su saco comenzó a quemarse rápidamente. En su intento por apagarlo recordó por fin lo que lo había estado evadiendo desde que desertara: el día de su muerte. “Estoy muerto”. El granjero recordó su vida y el porqué de su óbito. Se le erizó la piel cuando en su memoria volvieron sus riquezas y la vez que se encontró con el diablo.

Una noche después de regar el sembradío el diablo se le apareció en la más amistosa de sus manifestaciones. Le ofreció cantidades exorbitantes de dinero a cambio de una partida de póquer. Naturalmente el granjero sintió mucha confianza, pues su destreza en el juego era exquisita. Los martes eran los días de “patearle el trasero a Satanás”, hasta que una noche simplemente perdió.

Aquella noche el granjero revisó los pastizales donde había enterrado su tesoro y aún seguía ahí. Misteriosamente se prendió fuego en la hierba seca de las inmediaciones, dejándolo atrapado. Su rememoramiento hizo que sintiera ardor por todo el cuerpo, tal como si reviviera esa última noche. Mordió sus labios y derramó lágrimas sobre sus mejillas. Estaba condenado como un cordero destinado al sacrificio.

Al parecer sus vecinos fúnebres, en su momento, ya habían aceptado su nueva existencia. Pues ahora escuchó conversaciones más inteligibles para él. Incluso escuchó música, apenas audible, como un susurro. Parecía que los familiares habían enterrado a sus muertitos con sus instrumentos musicales. En ese momento Carlos deseó una cajetilla de cigarrillos en su tumba.

A lo lejos los gritos seguían escuchándose, eran las alarmas de los nuevos inquilinos. Éstos tendrían que darse cuenta por sí mismos que ya están muertos y que la comezón que sentían era provocada por los gusanos que se alimentaban de ellos. Tendrían que recordar su vida y revivir su muerte.

Al poco tiempo el granjero Carlos comenzó a disfrutar los chismes de su antiguo pueblo. Anécdotas de sujetos con los que le hubiese gustado haber bebido un trago o haber conocido en otro escenario. Debía ponerse al día de las costumbres de sus nuevos vecinos, con quien compartiría la obscuridad eternamente.

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