Archipielago

LA POSESIÓN By Rosa Marina González-Quevedo

Fragmentos del relato La posesión

Entre mis antepasados lejanos había un gallego dueño de un palacete. El tal pariente era un comerciante de vinos que, más que con la venta de vinos, ganaba dinero apostando el trasero por sumas elevadas. Así, un buen día, mi pariente se enrolló con un tal don Cristóbal: este era un rico solterón de ochenta años que, cansado de girar por los salones de la alta sociedad y de vivir aventuras con maricas poco serios que se aprovechaban de sus buenos sentimientos, se enamoró de la sensualidad del vendedor de vinos (al menos, eso se contaba en nuestra familia) y decidió proponerle una especie de matrimonio. Y sí, la pareja vivió feliz  hasta que don Cristóbal estiró la pata. Fue así que mi pariente se convirtió en dueño de una gran fortuna, parte de la cual invertiría en el palacete.

Y bien, por extrañas coincidencias de la vida (y porque limpiar el armario es algo que tarde o temprano nos reporta beneficios), una mañana encontré viejas fotografías; entre estas, la del palacete y la de su propietario (mi pariente lejano)… Y lo mejor de todo, encontré un testamento en un sobre amarillo: «A quien pueda interesar»; el muy cabrón había escrito esta nota al margen, como si el sobre de su herencia estuviera entrando en alguna rifa de su lotería privada. Y es que, en realidad, el testador no tenía ni hijos, ni hermanos, ni sobrinos. No obstante, un beneficiario oficial había: mi pariente gallego había dejado toda su herencia a una tía-abuela de mi madre, prima suya, tan vieja como él. Y tan muerta como él en el momento en que descubrí el testamento. «Ha llegado ¡al fin! mi buena suerte», pensé entonces.

***

Aquella oficina daba grima. En Información había una mujer que se limaba las uñas y mascaba chicle. Desde un falso techo, el aire de un ventilador Westinghouse años-cincuenta le revolvía el moño:

─Esto no tiene ningún valor legal ─refirió secamente sin apenas mirar el documento─. ¿Por qué no lo lleva al Archivo Nacional a ver qué le dicen?

─¿Al Archivo Nacional? ¿Acaso podría tener valor histórico?

─Bueno, eso no lo sé. Pero se ve que la caligrafía es de otra época…, no hay quien la entienda.

─Insisto. Si se fija bien, verá que el documento está firmado, así que algún valor  legal tendrá.

La mujer del moño hizo una mueca. Tomó en sus manos el documento. Leyó.

─¿Es usted abogada? ─me preguntó sin alzar la vista del papel.

─Más o menos.

─¿Más o menos? ─La mujer dejó de leer para escanearme de arriba a abajo─. Sabrá que para abrir el testamento tendría que comparecer ante un notario la heredera, esa señora tía-abuela de…

─…de mi madre. Bueno, eso suponía. Pero es que esa persona está muerta. Y…

─¿Y?

─Yo he venido en su lugar como pariente. Y para demostrarlo, he traído el árbol genealógico familiar en el que consta que…

Todo resultó inútil: el documento no me valió para nada; ni siquiera en el Archivo Nacional me lo tomaron en consideración por tratarse de una simple carta de última voluntad, otra como tantas en la historia de la Nación.

Y a partir de entonces ─con la total certeza de que el palacete de mi pariente bugarrón no iba a ser mío─ decidí continuar con mi anterior obsesión. Y seguí pasando frente al chalet de la 5ta Avenida… Por cierto, la casa sigue estando cerrada y silenciosa como si la habitaran fantasmas. La casa… Esa casa que no es ni será mía. A menos que…

Fragmento del relato La posesión, tomado del libro (inédito) Mitología y leyendas peregrinas de una isla.

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