Archipielago

Rutinas de campo by Verónica Boletta

Nos visita Verónica, una refrescante escritora argentina que se brinda muy poco, y ante nuestra insistencia la podemos presentar en Masticadores. – j re crivello -Editor

Temprano en la mañana bajo el sol del verano, antes que el calor sofoque, en el lugar abierto más apartado de la casa un revoltijo de plumas y picos se mueven con frenesí. Siguen con paso agitado el ritmo que marca Irma al hundir la mano derecha, una y otra vez, en el delantal que rodea su cintura. Sostiene un extremo con la mano libre a guisa de cuenco, como una bolsa improvisada. El preciado cargamento de granos disminuye con la misma velocidad que el ajetreo del ruidoso grupo se desplaza de un lado a otro picoteando en el suelo esa lluvia dorada siempre bien recibida.

De la fiesta de ruidos y colores sufriremos sus residuos durante todo el día. El olor de la mierda entre sólida y líquida de las aves permanece en la memoria de manera indeclinable. Su recuerdo se fija como un trauma. Los ojos más estoicos, los que soportan pelar cebollas sin inmutarse lloran ante la acidez penetrante. La invasión del ballet aéreo de estorninos en esta ciudad innombrable evoca el hedor de esa bosta tantos años después.

Los cerdos y su territorio enlodado, el chiquero, se adueñan del sector de la granja más alejado aún que el frecuentado por las gallinas. A mayor olor nauseabundo mayor distancia parece decir la regla no escrita acerca de los equilibrios y las proporciones. Su alimentación corre por cuenta de Pipo, socio de Irma en la chacra y en la vida. En la carreta, preparada para albergar un tanque con agua limpia y el balanceado suficiente para atender a los comensales paticortos, funge de camarero.

La pareja de caballos alterna la labor de tiro. Sólo es una yunta cuando buscan perpetuar la especie. No saben del yugo compartido. Pipo nunca los ensilla juntos. Las malas lenguas rumoran que su temor reverencial ante la yegua proviene de una coz propinada con certera puntería por el animal.  La lección quedó grabada a fuego.

Todo esfuerzo, humano o animal, es respetado y honrado. El descanso es un bien preciado tanto como la cotización de la cosecha. La Bolsa de Cereales envía señales: cuándo y qué sembrar, cuándo y cómo vender. Tal vez en el cielo se encuentre algún dios o su ilusión. ¿Quién puede saberlo a ciencia cierta? El cielo revela otros signos más útiles para el hombre de campo, más comprensibles también. Las nubes y su disposición anticipan lluvias y vientos para quien sabe interpretarlas.

Los animales son una excusa, un pasatiempo del negocio principal. La provisión de leche de la vaca garantizará manteca y queso fresco para el consumo familiar; pobres artículos de lujo para suavizar tanto sacrificio. Si algo los sacará de pobres, les dejará algún ahorro para soñar con viajar a la ciudad o renovar el tractor y la maquinaria es el rendimiento de la cosecha y la habilidad luego, para comerciar el cereal.

Los días están impregnados de labores. Las noches se solazan en la música de grillos, el croar de los sapos, el bisbiseo de mosquitos. La naturaleza canta a toda orquesta.

La voluptuosidad del verano desborda, estalla en tormenta. Los perros aúllan encarnados por lobos. Intentan entrar en la casa escapando del diluvio. La electricidad explota en la atmósfera con su ordalía de rayos y truenos. León, viejo perro guardián, enloquece de ladridos y furia. Se sobrepone su miedo a su instinto de custodio. Arremete implacable.

—No, León. No. Soy yo, picho. ¿No me reconocés? Vení. No tengas miedo. Dejá que me acerq… Aggghhhhhh

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