Archipielago

Awen by Jorge Aldegunde

Me hice un hueco en el abarrotado coche, mientras sentía el traqueteo neumático de los bogies. En Père-Lachaise apenas bajamos cuatro gatos. Recorrí distraída el andén, reparando en los miles de minúsculos azulejos blancos de la bóveda. Al vaciarse la estación, pude escuchar el eco de mis pasos. Apenas sí me percaté de que no eran los únicos.  

De repente, dos tipos me adelantaron y se detuvieron frente a mí. Llevaban gorros de lana que cubrían sus rapados cráneos, vaqueros ajustados y botas de estilo militar. Me increparon en un francés ininteligible y me agarraron. Intenté forcejear, mas entre los dos me redujeron e inmovilizaron en el suelo.

Me revolví. En plena lucha, mi hombro izquierdo quedó descubierto. En él se mostraba, conspicuo, el viejo tatuaje que me acompañaba acaso desde el confín de mi memoria: tres líneas convergentes, coronadas por tres puntos. Los desconocidos repararon en el símbolo. Se dirigieron una mirada extraña –acaso salpicada de un inveterado temor– y se marcharon, dejándome confundida y dolorida.

Cuando no era más que una niña pensaba que era una caprichosa marca de nacimiento. Mi madre la examinaba al bañarme, y con veneración escurría la esponja para mantenerla limpia; sin frotar con demasiado brío, no fuera que un exceso de celo la difuminara. En no pocas ocasiones le pregunté por su significado. Ella solo callaba y me miraba, con sus ojos color avellana.

Fue mi abuelo, en uno de los paseos por el bosque, quien me habló de ella por primera vez. Yo anhelaba saber a qué se dedicaba. Me reveló que era druida, que su trabajo consistía en buscar la armonía entre el antiguo mundo y el nuevo. Yo, que no dudaba en pisar insectos y asustar pequeños animalillos, lo observaba embelesada, con una cara que debía de remedar un inmenso interrogante. Me tomó entre sus brazos y me pidió que cuidara y respetara la naturaleza, hasta su expresión más pequeña e insignificante. Protege y los tres te protegerán, susurró. Sus arrugados dedos recorrían con suavidad los trazos de aquel dibujo que yo llevaría por siempre grabado en mi piel.

Y en aquel rincón subterráneo de París, aun después de tantos años, creí recordar el olor de aquel bosque, la cadencia de sus palabras y el abrigo de su poderosa magia.

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