Archipielago

Héroes de ocho bits

By Jorge Aldegunde

Fue un abanderado del joystick hasta que la palanquita no dio más de sí. Más adelante, aceptó teclado como animal de compañía: “OPQA” más barra espaciadora (digan lo que digan, el orden importa…); la famosa combinación de teclas le proporcionó tardes de gloria frente al monitor de un flamante Amstrad CPC. Muchos fueron los héroes cuya piel habitó y cuya suerte, acompañado –las menos de las veces– de vidas o energía infinita por mor de trucos o pokes, hubo de compartir.

Esta entrada va por ellos.

Acompañó a Guillermo de Occam y a su fiel discípulo Adso en excursiones nocturnas, tratando de darle esquinazo a un abad recalcitrante, mientras desentrañaba el misterio oculto tras oscuros crímenes que anticipaban al mismísimo Anticristo. Se convirtió en un policía de metal que repartía justicia, mamporros y tiros por las calles de Detroit. Lució la capa del caballero oscuro y le cogió el gusto a hacer piruetas con la batcuerda y a derribar enemigos con el batarang, con cuidado de que un mal movimiento no le dejase cara de Joker.  Sufrió de lo lindo para pasar de la primera pantalla en el último título de la trilogía de Johnny Jones; hay veces en que levantar una maldición hace sudar la gota gorda (nótese la fina ironía en forma de cursiva…). Se convirtió en un adelantado del tiro parabólico transmutado en invertebrado que, tras dar un mal salto, porfiaba por salir de una caverna. Asumió la ardua misión de un comando para rescatar rehenes de un campo de concentración, en una de las mejores conversiones de Arcade que se recuerdan (a pesar de que el gatillo y botón rojo de la Uzi hubieran de quedarse anclados a los muebles de los salones recreativos). Siguiendo la estela de los comandos, participó también en la memorable “Operación Cefalópodo”, en la que hubo de batirse el cobre en la famosa “fase de las minas”, quitarse de en medio a escurridizos hombres rana y tiburones hambrientos; deshacerse de pulpos con mala uva y lidiar con una morena (en su acepción de pez anguiliforme) de más de treinta metros como final boss, desde la soledad de un batiscafo. Habría después una segunda fase (cuyo password quedó almacenado en la porción no volátil de su memoria), en la que debía colarse hasta la cocina de un submarino nuclear para colocar un petardo, hacerlo subir a la superficie y salir por patas. Es lo que tiene evitar conflictos bélicos: resulta no poco estresante…

Encarnó al recluso Kid Saguf en su azarosa aventura en pos de la libertad. Acompañó a Henry Morton Stanley en la búsqueda del Dr. Livingstone, echando mano de la herramienta más útil de entre un amplio inventario (pértiga, granadas, búmeran y cuchillos), en memorables escenas llenas de dificultad. Llenó la pantalla de quintaesencia flowerpower –arcoíris, estrellas y zapatillas– en la maravillosa secuela de Bubble Bobble, y coleccionó bombas por doquier en un sinfín de coloridos escenarios acechado por enemigos voladores. Sufrió de lo lindo con el caballero Sir Arthur –ora en armadura, ora en calzones–, frente a hordas de enemigos del otro barrio y demás consortes demoníacos. Condujo a Ray, Peter, Egon y Winston –bien arropados por una Estatua de la Libertad asaz marchosa–, en su misión por liberar a Nueva York de las garras de Vigo, señor de Carpatia. Al fin y al cabo, ¿a quién vas a llamar cuando las cosas se ponen feas?

Cambiando de registro y transitando por el Chicago de la ley seca, se convirtió en Eliot Ness para limpiar la ciudad de hampones en una decente adaptación videojueguil de la peli homónima (aunque la elección de la paleta fuera, cuando menos, cuestionable). Tiró de paciencia para acompañar a un sonámbulo Wally en su deambular por una mansión llena de objetos y enemigos para conseguir, tras mucho esfuerzo, dar cuerda a su despertador y llegar a tiempo a su trabajo… ¡Lo que da de sí el estajanovismo!

En clave deportiva, ensayó mates y triples enfundado en unos sprites que remedaban al malogrado y genial Fernando Martín, y alternó subidas a la red con globos y drives a raquetazo limpio en la representación virtual de Emilio Sánchez Vicario.

Resolvió puzles y acompañó al profesor Otto Lidenbrock, hija y sobrino en su desfilar por cavernas ahítas de murciélagos, arácnidos gigantes y dinosaurios, para alcanzar el centro de nuestro querido planeta azul. Por cierto: en este éxito de la aclamada Topo Soft, resulta inmediato ver la mano musical de Paco Pastor, cabeza visible de la gran auspiciadora Erbe, en la clave que daba acceso a las cavernas… ¡Huevos de pascua por doquier!

Se las vio y deseó para progresar en aquel arcade de acción mutante ambientado en un futuro distópico en el planeta Scorpio; y en su primo hermano protagonizado por los hechizados Mónica y Bully en su desesperada búsqueda por soles oscuros. Ambos fueron dos títulos soberbios de la factoría de Opera Soft, quien también concibiera una videoaventura desenfadada y genial protagonizada por un raterillo escurridizo con quince vidas, que no le hacía ascos a unos paseos por la capital de España.

Las heroínas del píxel pegaban bien fuerte: desde una guerrera vikinga –todo corazón– resuelta a rescatar a su padre Jorund de una oscura y lóbrega mazmorra (en lo que fue la opera prima de Zeus Software de los donostiarras Ricardo Puerto y Raúl López para Dinamic), a la teniente espacial del ejército Korg enfrascada en una peligrosa misión para destruir entes robóticos y garantizar el suministro de la colonia. Este último título, además, se convirtió en una de las portadas más recordadas de la revista Micromanía, hace la friolera de más de veinte años…

Y puestos a traer a colación distopías de un futuro que se nos antojaba lejano, es pertinente recordar las andanzas de Jungle Rogers en un Manhattan posnuclear –ríanse: año 2019–, repartiendo galletas a diestro y siniestro hasta alcanzar el metro y, después, recorrer túneles subterráneos hasta dar con la base del profesor McJerin en la que habríamos de dejar fuera de combate a uno de los bosses cuyo rimbombante nombre ha desafiado al paso del tiempo; verbigracia: Mega-Kangaroo Destroyer. Ahí es nada.

Abundando en la temática, cómo no recordar aquel arcade cuya dificultad fue elevada a la categoría de título, en el que habíamos de meternos en los circuitos del ciborg Arkos que se revuelve contra su antigua reina Gremla. Para enfrentarse a ella tendrá que atravesar un sinfón de peligros. Como dirían mis amigos del norte: hard as hell. Por lo demás, el videojuego tuvo su polémica alrededor de la portada –magistral– de Luis Royo. La preponderancia de determinados atributos femeninos movilizó a los artistas del retoque que, en su lanzamiento al mercado británico, decidieron jugar a las siete diferencias con el gran público, al tiempo que le bajaban la temperatura a la carátula.

Justo es recordar las desventuras de aquel playboy millonario con tupé, amigo de la juerga y el vino que, en un mal paso, trastoca los botones de su nave espacial y la pone rumbo a una luna del planeta Ternat, a la sazón hogar de unos alienígenas con no poca mala uva. Allí nuestro antihéroe se convertirá en un experto en patadas voladoras y, tal vez, conseguirá poner pies en polvorosa. Es lo que tiene el mal beber…

Hay muchos videojuegos más en el hall of fame de mi memoria. A ellos les dedicaré otra entrada en el blog… ¡Si se dejan!

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