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BIOGRAFÍA CON LIBRO by Reyes García-Doncel

Corrían los años 70, en los últimos estertores del franquismo, cuando los sonidos del silencio se oían nítidos junto a los de cantautores solitarios con sus guitarras, cuando Leonard Cohen era partisano y maxis y minis invadían las calles, cuando a nuestra España gris llegaban los ecos del nirvana y de Acuario, yo descubrí a Rabindranath Tagore, que se alzó sobre otros ecos, los gitanos de Lorca y los marineros de Alberti, que en esos momentos recitaba. Si los poetas andaluces estaban en mi piel, respiraban en mis entrañas porque además de en los libros yo los oía en las voces de mi casa y mi colegio, en la calle, eran la corporeidad y sensualidad de mi propio mundo, Tagore fue un destello de levedad, de volar por encima de esa realidad. La cosecha, de la editorial bonaerense Losada, llegó a mi vida el año 1972 unida a cánticos en sánscrito y varitas de incienso, rodeada de palabras románticas como liberación y paz en el mundo, en esa época donde crees tener todas las respuestas. Su espiritualidad, la sensualidad ―de otro tipo― de su lenguaje con imágenes serenas, su búsqueda de la belleza, su conexión con la Naturaleza me abrió otra forma de enfocar, me acompañó hacia otra perspectiva y, sobre todo, marcó el inicio de un camino que, abandonado y retomado a lo largo de los años, siempre ha sido definitorio en mi vida. La cosecha reúne aforismos, poemas, y relatos líricos, una suerte que fuera mi iniciación en este prolífico poeta, Premio Nobel de Literatura 1913, pues se puede considerar un compendio de casi todos los géneros que trabajó.

“Ya estaban extinguidas todas las lámparas y cerradas todas las puertas de los hogares. Y el sucio cielo de agosto ocultaba el fulgor de todas las estrellas”.

Pasaron los años. En la vorágine de la juventud productiva, tanto laboral como biológica, me olvidé de su tierna búsqueda de la espiritualidad ―donde la amada es el alma, en el más puro estilo de San Juan de la Cruz―, además durante el desmantelamiento de la casa paterna lo perdí. Pero ahora que lo años vividos se imponen a los por vivir, y me encuentro instintivamente haciendo balance, me ha resultado necesario que este libro volviera a mi vida, así que en un ejercicio de justicia divina, como una restitución necesaria para recomponer mi historia, o quizá por la ilusa pretensión de recuperar la mirada adolescente, lo busqué en Iberlibro, y lo encontré ―rubricado con el nombre de otra mujer, en otro año diferente―, ya de nuevo es mío, y ocupa su lugar imprescindible en mi biblioteca.  

“Tú hiciste lijeros tus vientos, y tus vientos son lijeros en servirte. A mí me cargaste las manos, porque yo mismo las alijerara, y yo he ganado para tu servicio la ingrávida libertad.”

Al cabo, su voz suave ha vuelto a acompañarme e incluso ha sido capaz de inspirarme algunos versos. 

Reyes García-Doncel

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