Archipielago

Mundo de Locos

By Beatriz Osornio Morales

Para Laura Pearse la náusea es parte del día y de no ver el otro lado de las cosas…saber que las cosas ignoran su presencia.

Cuando sufre dolor de cabeza la realidad se convierte en algo enorme e intolerante, y su imagen es el comienzo de todo ¿Qué hace esa cara en el espejo…y esa panza?

Laura desconoce su imagen de cuarenta años,  que para nada concuerda con lo que ella recuerda de su cuerpo.

Antes de los dolores le habían dicho muchas veces que el movimiento de su cuerpo era la encarnación de la poesía, moverse al bailar en el escenario era su forma de expresar el éxtasis de la poesía, y los demás lo reconocían cuando la miraban. Hasta en la calle se encontraba miradas de admiración pero eso quedó atrás hace años.

Una mañana se levantó de una noche de sueños inquietantes, se acercó al espejo y vió un lado de su cabellera pintando de rubio y el otro  oscuro, tenía flequillo,  el resto del cabello le llegaba a los hombros. Al mirar el espejo sintió ganas de reír fuertemente pero su risa era muda, estiró las manos desesperadamente para palpar algo de vida en el espectro, mientras seguía riendo a carcajadas. Las manos parecían salirle de atrás del cuello y no tener control de sí mismas. Le tiraban puñetazos y arañazos en la cara, hasta que los golpes la derribaron, el impacto de los golpes la lanzó a otro sueño donde el espejo era negro y su cara hueca, ella tratando de esquivar más golpes, hacía acrobacias con una elasticidad envidiable, su cuerpo rebotába ligero del piso y ella se sentía cómoda y poderosa. Era tan simple elevarse del suelo caliente que podría afirmar con seguridad que en realidad la gravedad no existe más que en la imaginación. En el sueño nunca se preguntó la razón de que el suelo estuviera caliente e irradiara casi incandescente.

De pronto se encontró lejos de aquel suelo, suspendida en un salto;  una brisa fresca la despertó entre las sábanas revueltas y la certeza de las paredes del psiquiátrico. En su ventana pasó un carruaje de cuatro caballos, al frente del carruaje se veía la espalda de otros sueños en marcha. Laura daría cualquier cosa por verles la cara, el no poder hacerlo todavía le produce un sobresalto, más intenso que el de cualquier pesadilla. Y ellos ¿Se habrán dado cuenta que ella estaba en la ventana?

Desde entonces cuando despierta de un sueño, la sensación de haber sido derribada le dura todo el día, y le sale al encuentro en cada rostro con quien se cruza en las calles que se ha inventado en el psiquiátrico. Los dolores y las pesadillas que la llevaron al hospital, son cosa recurrente y la sucesión de sueños una extraña e interminable danza del derribo. Su único consuelo es que ahora vive en una ciudad donde las calles tienen el nombre y los ojos de los refugiados del mundo.

Beatriz Osornio Morales

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