narrativa

¡Vamos a morirnos! by Manolo Madrid

Cuando los hijos son como perros que te muerden la mano, piensas si no hubiese sido mejor agarrarlos de los pies y sacudirlos como a un pulpo contra el fregadero cuando aún eran recién paridos.

¡Qué barbaridad! ¿Cierto?

Sin embargo, cuando, en el límite de la desesperación piensas algo así, es que todo ha ido mal, muy mal y durante mucho tiempo.

Ahora, situado en la recta que conduce al final de una existencia, los cincuenta y muchos “tacos” durante los cuales te has dedicado sólo a crear una familia y a trabajar, como un ¿esclavo?, para mantenerla y proveerla de un minúsculo patrimonio, llega tu propio hijo, aquella criatura, lejana por lo disforme y lo monstruoso del parecido a la ilusión más preciada, y te desmonta la vida, te deja en la calle provocando que tu mujer prefiera la seguridad del sueldo fijo de tu cachorro a la precariedad del desempleo de su pareja: un “parado de larga duración”, como se dice ahora, alimentado por una sociedad podrida y vergonzante, sostenida por los cristianos que van a Misa los domingos pero que, entre semana, al frente de su empresa deciden que es mejor dar trabajo a otros, con tal de que sean menos viejos.

Así, en estas líneas quiero dejar constancia de cómo un despido por razones de economía de una empresa, que tal vez se anuncia como una entidad de proyección social, un banco o una caja de ahorros, en donde hasta los parados tenemos nuestras pocas pesetas, aunque sean rojas, que también dan beneficios a alguien, por ejemplo: un supermercado, una multinacional, un banco con sus intereses de “mora” que son obscenamente usura o al notario y procurador que te envían la notificación de embargo u otra, que más da. Pues como iba diciendo, esa entidad u otra cualquier empresa, al dejarte en la indigencia con tres pesetas y tus años a cuestas, logra que el perro al que diste de comer desde cachorro, te muerda la mano; consigue que tú, futuro paria, hayas perdido tu casa porque te la “roba” la mujer con la complicidad de un juez absurdo, mediatizado por la presión social o un letrado lelo, que hace que tu situación social quede alterada hasta el inanismo; provoca que te rompan la vida y, eso sí, te enriquezcan con el conocimiento del verdadero fondo de tus amigos y sobre todo de los familiares más allegados.

Hasta, incluso, algún empresario comentará jocoso y mis aplausos desde aquí por su ingenio, que al echar al recién despedido ya le dio algo muy importante: formación, ¡que aprender también es dinero!

Pero tú, yo y aquellos otros como nosotros, os decimos a vosotros familiares allegados, amigos de pacotilla que nos dejasteis en el camino, empresarios prepotentes e injustos que nos echasteis sin motivo, que no deseamos veros en la Iglesia: porque dentro de vuestras creencias sois unos pecadores irreverentes sin arrepentir, sin propósito de enmienda y a los que no debemos ayudar en vuestros intentos de envaneceros con vuestro cristianismo de exhibición delante de vuestros hijos, ni de vuestros vecinos. Sois en el fondo como lobos rabiosos, hombres despiadados que se olvidan de que hasta las sociedades más lejanas y escondidas reverencian a los mayores por su mayor experiencia y porque son su origen, de donde ellos nacieron y donde ellos serán a donde llegarán, ¿podrán? ¿O no vais a ser mayores nunca?

No obstante, yo jamás he querido ser absolutista en mis peticiones, así que, id, id a Misa. Yo no os pondré en ridículo, ni os negaré la mano o el abrazo de hermanos en Nuestro Señor, porque seré yo quien no estará; desde hace mucho tiempo ya no puedo creer en Dios, en ningún dios, ni tan siquiera en la suerte.

¿Os extraña y os escandaliza? Pues es así, no puedo creer en la idea de aquel Dios que los clérigos del colegio donde me eduqué hasta pasada la pubertad me enseñaron, ¡una quimera!: omnipotente, omnipresente, alguien bueno y protector, tan sólo una hipótesis ideada por algunos que viven cómodamente instalados en su estrategia claramente comercial y por otros, a los que yo catalogo en el mismo grupo que los forofos de cualquier equipo de fútbol, aunque no tiren las almohadillas al césped.

Así que, cuando el oficiante pida al pueblo de Dios que se den un abrazo, tú no pienses en que el hermano a quien le pides su calor sea posiblemente un parado, una persona mayor sin trabajo desde hace mucho y sin posibilidad de conseguirlo, hazte el ignorante y sonríe. O mejor aún: búscate otro sitio en el templo, un lugar que esté próximo a una persona joven, para así no sentir la íntima repulsa del riesgo de abrazar a ese desempleado de más edad.

“Los viejos prematuros”, acuñaría yo este nuevo título, son los que habiendo pasado de los cincuenta años, incluso algo antes, puede que los cuarenta y tantos, son alejados a un rincón con la hipocresía de una sociedad y de un estado que les encadena con trescientos euros de la mal llamada “ayuda familiar” o con términos más técnicos: “prejubilación”, “ayuda a parados de más de equis años”. ¡Que vergüenza de epítetos, que sociedad farisea e hipócrita! Claro, que algunos inanes no tienen ni esa mísera limosna. ¿Y esto es una sociedad demócrata? No, señores gobernantes, no se cieguen, esto es una mierda y ustedes son quienes la engordan.

—Ponle la cadena al perro —dijo el amo, léase gobierno—, y que no se mueva, átale corto. Y le pusieron cerca un escuálido cuenco donde pudiera satisfacer la miseria.

Y claro que le ataron corto, un dinero que no da para vivir una familia: “ayuda familiar” jocosamente. Pero con esas pocas monedas no puedes pagar ni lo indispensable, quiero decir lo muy indispensable: tal vez parte de un techo, un alquiler, quizá no te dé para pagar el agua y puede que, aunque si no bebes mucho y no te lavas, no puedas pagar la luz, a no ser que tus bombillas sean de solo “ciegos” vatios. Por eso, con la hipocresía, ellos, el Estado, los prepotentes, te condenan a ser un defraudador.

Desde ese instante, deberás ir haciendo pequeños y miserables trabajos mal pagados y, encima, agradeciéndoselos a quien te los da con una sonrisa servil, porque al menos podrás comer algo, o comprarte unos zapatos en un mercadillo, unos zapatos con los que ir a “fichar” a la oficina de ¿empleo? cada poco tiempo, ¡cínicos!

Claro que, si te toca en suerte, podrás fichar durante dos semanas seguidas, cada día a una hora distinta: a pasar revista, no sea que estés contratado en alguna empresa y no lo hayas dicho.

Así, a tu frustración y tu continua depresión, unida a tus conatos de suicidio, ellos, el estado, los prepotentes, añaden el que te veas como un mendigo de limosnas laborales y, que ¡por favor, que no nos las quiten quienes nos las otorgan, no vayamos a tener que ir en con­tra de ellos!, entonces te ves como un ladrón que cobra míseros trabajos a escondidas, sin pagar sus honorables impuestos tal como el IVA o “el venía”.

Por supuesto que ese parado tampoco podría facturar, eso implicaría tener que darse de alta como empleado autónomo, ¡que truco más bueno!: si lo hiciese, ya no cobraría la famosa “ayuda familiar” y sin embargo pasaría a ser deudor de una cantidad similar al amo, léase gobierno.

En tal caso, con tu inexperiencia como empresario o con tus conocimientos concretos en algún aspecto laboral, que no podrán generar el ser empresa por sí mismos, piensen en un conserje, un administrativo, un mecánico, etc., etc., etc. (tenga Vd. algo de imaginación), pasarías al fracaso de una competitividad nula por tu falta de financiación económica, por tus deficientes herramientas, por tu falta de lugar adecuado para desarrollar la actividad. Porque tú no puedes multiplicarte ni multiplicar las horas del día, ya que tendrías que hacer de gerente y pensar, de operario y operar, de comercial y vender, de administrativo y administrar y contabilizar, de recadero y llevar y traer, de director de marketing y promocionar y anunciar, de instalador e instalar, de comprador y comprar y atender a los proveedores, de cobrador y cobrar (eso es lo más delicado), de ir al banco a disculpar tus números rojos y ofrecer nuevas garantías para renegociar tu deuda y hasta de limpiador y limpiar y barrer el local de tu negocio, aunque podría ser que no tuvieses ni un miserable sitio para poner una puñetera mesa. Y eso todo, o… eres millonario… y para qué necesitas entonces trabajar o joven… y alguien te echará una mano… siempre que no sea al culo…

Y cuando ya hayas asumido que vas a participar en tal ímprobo proyecto y hayas empezado, siempre que el Ayuntamiento de tu ciudad te diera a tiempo los permisos, antes de un año o de dos, y si los papeleos y peticiones de apertura, de licencias, de largos etcéteras no te comieron los escasos euros, o las pocas fuerzas y la paciencia y si no te hicieron rebasar el momento de la oportunidad que tu creíste ver, te darás cuenta de que el cántaro de la lechera ya está roto, mucho antes de comenzar a llevar la primera leche, eso si te llega algún encargo y si te lo quieren pagar a precio de mercado o si, en realidad, sólo desean dejarte ser agradecido por haber tenido confianza en ti.

Y aquellos inútiles dirigentes, que se parecen a aquellos otros inútiles más lejanos en el tiempo y en la geografía, que para paliar un problema inundaron de complicaciones (léase conejos) un país (léase Australia) y luego, no contentos con el fracaso de su deforme análisis y de su deficiente solución, trajeron otro predador para equilibrar la excesiva población del primero y de nuevo erraron. Y así otra y otra vez mostrando su incapacidad mental. Pues, insisto, “esos” que pensaron la solución para dar trabajo a los más jóvenes, que también tienen derecho a trabajar, propiciaron un baluarte en el que los aludidos “cristianos” se encerraron para conseguir mano de obra dúctil y maleable, libre de trienios, exenta de la experiencia en derechos laborales y a quien se pudiese enviar a por tabaco a la esquina (es un decir), sin sufrir la vergüenza de saltarse la rectitud en el trato de un administrativo de mirada suspicaz o de un soldador de autógena de pupilas quemadas por los ultravioleta…, es otro decir.

“Ahora los denominados “yupis”, jóvenes empresarios o ejecutivos con poder de decisión, se sienten incómodos cuando tienen que dar órdenes a un empleado más viejo, más experimentado en la vida, aunque no sea tan titulado en la materia”. Esa es, al menos, una de las explicaciones que me dio un amigo.

Pero yo también puse mi historia en el rostro atento de un amigo encontrado en aquella esquina agitada en un bulevar cualquiera de una gran ciudad y deslicé ante sus oídos uno cualquiera de mis intentos por conseguir empleo. Luego le planteé la pregunta como colofón del aparente sketch:

—¿A quién crees que aquel barbilampiño dio el trabajo? —le pregunté aún sin resignarme por el reciente fracaso en aquel conato de empleo, incómodo sobre la acera, a la solana del arbolado paseo—. Pues —expliqué al rostro interesado—, a pesar de que acepté sin rechistar el escaso salario que me ofrecía, a pesar de que reconoció mi mayor experiencia y capacidad técnica entre los demás candidatos… —recordé en alta voz para mi eventual paño de lágrimas la forma en que aquel “cristiano – yupi” contrató a una jovencita de buena presencia y mejor ver aunque sin experiencia ni conocimientos del negocio y a mí me dio calabazas devolviendo mis ilusiones al paro, junto con la carta sellada para la “oficina de empleo” —el INEM, claro está, con la cual poder demostrar mi interés por aquel puesto de trabajo y haberme presentado al presunto yupi.

¡Cachondos! Aunque, en tal ocasión, en tono contrito abiertamente teatral, el aludido empresario, me agradeció con voz opaca:

— ¡De todas formas, gracias… me has ayudado mucho con tus observaciones!

­—¿Pero, tú, me vas a ayudar a mí? —espeté con ira.

Aún a la solanera de aquel mediodía de un prematuro verano, el propietario de la mano amiga pero impotente para paliar la situación personal que me aquejaba desde siete o diez años atrás, aún mucho más impotente para alterar la tendencia social o las normas estúpidas y faltas de criterios inteligentes que propiciasen el empleo o el autoempleo, me explicó su teoría, a pesar de que a mí me parecía entonces un argumento algo pueril, ¿aunque, realmente, lo era?, expuso para mí, entre el barullo del tráfico urbano, con voz pausada y casi inaudible:

—¡Vamos a morirnos todos! —susurró atrayéndome más cerca, manipulador, con los ojos entrecerrados y llenos de experiencia propia— Vamos a juntarnos todos los parados añosos en cualquier sitio y a dejarnos fenecer de inanición.

—Incluso —prosiguió en un susurro—, seamos algo más comprensivos con nuestros semejantes, hagámoslo cerca de un cementerio, así acarrearemos menos gastos a la sociedad y únicamente tendrán que empujarnos con la punta del zapato a la fosa común. Ayudemos a nuestros regentes, para eso los hemos votado, no les dejemos ahora con este problema de enterrar millones de cadáveres… ¡vamos a morirnos, pero cerca de los cipreses del camposanto! Así, los que deciden quién trabaja y quién no y van a Misa los domingos, podrán tener limpias las calles y sus conciencias e ir a comulgar sin avergonzarse de ese pequeño grano en su ética íntima, de esa fístula que les recuerda el desprecio a un semejante de mayor edad que busca trabajo desde hace tantos años. Lo malo es que, la mayoría de ellos tendrán que pensar en morirse también, porque si antes no se mueren en accidente de coche o de cáncer de próstata o de cirrosis o enfisema pulmonar, algunos también llegarán a cobrar la prejubilación, o sea, su propia “ayuda familiar”, para eso están educando a la siguiente generación…

—¿Se sabrán el cuento de la cuchara de madera? —se sonrió tras una alargada pausa.

Después me miró con ojos plácidos y me dio una leve palmada en el brazo antes de alejarse con pasos menguados sin salirse de la sombra de las acacias en flor.

Por eso yo, desde aquí, os digo ¡joderos!, que no lo podréis evitar; ya hay tantos conejos en Australia, que tendríais que proveer de carretillas a los lobos para equilibrar la situación.

¿Dónde estudiasteis, gobernantes? ¿Quién os bautizó, cristianos de pega? ¡Joderos, joderos y joderos todos!, que aquel parado añoso o “mayor” ya lo está y su familia deshecha, sus hijos convertidos en traidores y su mujer en ladrona y comedianta de falsos males para despertar la ignominia judicial y quedarse con el menguado patrimonio.

Así que yo, que no creo en vuestro Dios, no os perdono y no podréis ir a vuestro Cielo dejando deudas detrás:

¿Porque, vosotros si que creéis en el Cielo, verdad?

… pues joderos, que yo ya lo estoy

oOo

Del libro de relatos “Metáforas del más acá”

De Manolo Madrid

Derechos de Autor: ZA-37-2012

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