Archipielago

Perro Viejo by Verónica Boletta

Pasan los años y mi relación con la muerte ha cambiado. Ya no es una posibilidad lejana. Ahora soy consciente que siempre estuvo por aquí, más presente. Comienzo a sentirla una conocida, su cercanía no alcanza el nivel de la amistad. Aún.

No es mi muerte la que me acecha, sin embargo. Es la que comienzo a gestar en mi interior para repartir con generosidad.

—¡Qué tremendo!   —dirá Luis moviendo su cabezota tosca.

—Esto es un drama —corroborará Juana entre suspiros.

En el rincón, una versión de mí, una copia de la niña que pude ser, se estremece de furia.

Alarmados por los gritos de Guillermo —un niño de cinco años apenas,  ignorante de la copia que somos—  los adultos se han precipitado en el cuarto azul. Han corrido escaleras arriba y ahora, apoyados en el marco de la puerta, resoplan fatigados. Además de Luis y Juana, quienes llegaron primero y contemplan el desastre, Pedro y Ester intentan saber qué ocurre; la causa de los gritos.

Siempre sostuve que Guille era un flojo, un bueno para nada. Creo que lo toleraba porque acataba mis órdenes sin chistar, sin atisbo de oposición. Esa docilidad que lo volvía tan buen compañero de juegos sería lo que a la postre me aburriría. Quizás fue la exageración de la cualidad, no lo sé aún. Lo cierto es que en esa ocasión comencé a ejercitarme. Lo hice sin mucha preparación ni técnica. Sin planificación, los resultados fueron poco menos que desastrosos. Allí están y no me desmienten los alaridos de Guillermo.

—Juguemos a los perros. Dale.

—¿Cómo se juega a eso?

—Es fácil. Nos ponemos en cuatro patas y nos movemos así. —Sumé la acción a las palabras y empecé a desplazarme sobre las rodillas ayudándome por las manos. Para ser más convincente grité guau, guau a voz en cuello.

Guillermo era manipulable, una porción de arcilla en mis manos. Verme e imitarme fue casi un mismo acto.

—Guau, guau, arrfff… —agregó a las onomatopeyas un meneo de culo como si de él se desprendiera un rabo imaginario.

La idea se me ocurrió allí. Fue una cuestión de inspiración súbita. Nuestro desarrollo infantil estaba en la etapa de las mordidas, de la exploración bucal. Ya nos habían regañado por los besos que terminaban con marcas de dientes de leche.

Ahora que lo pienso, la idea me la metió él, moviendo esos cachetes regordetes de un lado hacia otro. Sí. Fue culpa suya.

Con la rapidez de un rayo sujeté el elástico de su pantaloncito de gimnasia y, con la piel de las nalgas al descubierto, abrí mi boca y mordí con ganas. Admito que fue sin previo aviso. Quizás eso lo sobresaltó. Tal vez le dolió. Nunca pensé en eso. Pasado el susto de los grandes, esa primera postal que vieron al llegar a la escena del crimen, mi cara enterrada en el culo de Guille los desorientó. Mis fauces hambrientas dejaron la marca de los dientes en la carne. Unas gotitas de sangre asomaban entre los puntos. Los dientes filosos, recién estrenados, punzaban como agujas. ¿Hicieron más daño ellos o los empujones de Juana y Luis para separarnos?  Los veo uno a cada lado de nosotros, cachorros voraces. Los veo apresurándose, poniéndonos en pie, alejándonos. Los veo rabiosos, jurándonos mil venganzas.

Finalmente, me advierto abandonada en el rincón donde me confinaron a meditar sobre mis acciones. Tengo sólo cinco años y rencor. Este experimento, estas ganas de descubrir el mundo se han vuelto contra él. Quiero destruirlo.

—¡Un momento! No soy yo. Es una impostora

No voy a hablar. Es peligroso. La muerte me cerca. Levanta una pata trasera. Me toma por árbol. Y mea.

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