narrativa

Vida en cuarentena by Javier Salazar Calle

En cuarentena, así estaba mi vida.

Primero mi enfermedad, que parecía que remitía y que todo iba mejor, pero los médicos dijeron que ponían en cuarentena su diagnóstico para dejar pasar un tiempo antes de sacar conclusiones erróneas.

Luego fue mi novia, que decidió por ella misma que lo mejor para los dos era poner en cuarentena nuestra relación a ver si así mejoraba. Todavía estaba por ver que alguna pareja de esas que se toman un descanso acabase mejorando. Pero como yo estaba enamorado y debía ser tonto, ahí estaba, esperando que mi amada decidiese, de nuevo por los dos, que quería seguir adelante y fuéramos los primeros de una saga de parejas triunfadoras post descanso.

Pronto llegó el maldito virus con su propia cuarentena. Me mantuvo en casa de mis padres, donde me había refugiado “temporalmente” mientras Esther dilucidaba nuestro destino. Allí llevaba dos meses disfrutando de su casi grata compañía y sus casi nada irónicos comentarios diarios a mis casi cuarenta años. Teniendo en cuenta que cuarentena son cuarenta días y que yo era tonto, el debate interior de mi amada sobre nuestro futuro también debía haberse quedado en cuarentena; puesto que el plazo se había agotado hace ya varias semanas y no tenía noticia alguna. Seguía esperando dictamen, pero ya me iba haciendo a la idea del mismo y limpiaba mi cuello a diario para que luciese bonito el día de la decapitación. Cuando fuera que eso ocurriese.

En mi trabajo decidieron que no tenía suficiente y pusieron mi puesto en cuarentena. ERTE lo llamaron, pero allí estaba, con mucho más tiempo para estar en casa de mis padres pensando si me mataría antes la angustia mientras esperaba el no de mi ya no tan compañera de vida o un posible rebrote de mi enfermedad que me rematase del todo. O si sería yo mismo el que pusiese, no en cuarentena si no en modo definitivo, fin a mi vida por no aguantar ni un minuto más los mordaces comentarios de mi madre cada vez que nos cruzábamos sobre si ella ya venía venir lo de nuestra ruptura o los de mi padre sobre si él ya me dijo que me equivoqué de carrera para estudiar.

Al final me cansé de todo y de todos. Me apunté a un proyecto en un pueblo perdido de África y me fui allí a construir pozos, escuelas y hospitales. Sin móvil. Así Esther no podría decirme que volviera, mis padres no podrían decirme lo orgullosos que estaban de mí y los médicos no podrían decirme que la curación era definitiva. Me bastaba con las sonrisas diarias de la gente que me rodeaba y disfrutar de las miles de estrellas que veía cada noche en un cielo tan limpio. Aunque parecía que todos querían poner algo en cuarentena de mí, decidí quitarle la cuarentena a lo único que podía, mi vida. Y resolví ser feliz lo que me quedase. Fueran cuarenta días o cuarenta años.

4 replies »

  1. Asumir y dar respuesta es lo humano. Y la verdad ubicar la iniciativa en un entorno adecuado es relevante. Lo cual puede indicarnos que las decisiones no soportan las cuarentenas, y si se reflejan en la accón.
    Aún no me he desplazado.

    Le gusta a 1 persona

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