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TODAS LAS IMÁGENES DEL ESTUDIO by Reyes García-Doncel

 

Imagen facilitada por la autora

Tus libros de la facultad los guardé en el estudio, dice sin mirarla, y levanta el dedo hacia un lugar impreciso del piso superior como la que ha conseguido olvidarlo. Porque su madre no solo lo cerró, sino que también echó las gruesas cortinas, día y noche, para bloquear la luz. Para bloquear el mundo. 

Ana sube las escaleras poco a poco; en cada escalón una pausa, hasta llegar a esa habitación a la que no ha vuelto desde que se fue a vivir con Lucas. Al poner la mano en el picaporte, se siente invadida por multitud de imágenes, como si hubiera abierto de golpe el álbum familiar y las fotos le golpearan en los ojos: ella con sus lápices y cuadernos para hacer la tarea, adormilada abrazando a Fotón en el sofá de terciopelo rojo, su madre recitando en la tertulia… Todas las imágenes que atesora el estudio, algunas recordadas, otras que no sabe de dónde vienen, se agolpan ahora en el pecho. Cierra los ojos y espera a que el dolor pase; es un viejo conocido, sabe cómo tratarlo.

            La penumbra invade la antigua habitación luminosa. Los caballetes, los tubos de colores, los pinceles sin limpiar, muestran sus contornos difusos; incluso el resto de muebles se mezclan con las paredes, como si la negrura también se hubiera introducido en ellos. Un jaramago se insinúa en el alfeizar entre las cortinas. Siente el impulso de descorrerlas con un golpe enérgico, pero tiene miedo de que la luz la ilumine tanto que no sepa dónde esconderse. No quiere ver la imagen de su padre limpiado los pinceles, ni observando de cerca el objeto que pinta porque hay algo que le hace dudar, ni sonriéndole y preguntándole que tal van sus tareas… Pero sobre todo no quiere ver el cuadro Las olas que fue devuelto dos meses después, con el marco que lució en la exposición de Madrid, y revivir el viento salitroso, las gotas de lluvia golpeando en la ventana, la cara de excitación de su padre mientras lo pintaba, siempre unida a una expresión de irrealidad que nunca entendió, pero que ahora echa tanto de menos. No; no descorrerá las cortinas. Sabe que si ve ese espacio, lo verá a él en cada uno de esos objetos. Prefiere esperar. Coge sus apuntes, cubiertos también del aire enmohecido y polvoriento que se ha colado por los goznes de la ventana. Los aires mohosos son roedores, piensa.  

            Antes de salir se detiene a observar de nuevo la habitación. Sombras y aires viejos, algún día os pararé los pies, promete. Al cerrar la puerta le parece oír un silbido, como si hubieran emitido una larga y lastimosa respiración a coro. 

Fragmento de la novela En el río trenzado

Reyes García-Doncel             

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