narrativa

LA NOCHE DEL PUB by Javier Caballero Bello

Habíamos quedado un grupo de amigos, era a finales del verano y solíamos celebrarlo ya que no nos veríamos hasta el año siguiente. En esta ocasión formábamos un grupo bastante dispar y de lo más variopinto, un par de parejas que habíamos visto en una ocasión, tres o cuatro singles, algún vecino que se había quedado despistado y el grupo de parejas habituales.

Yo no tenía muchas ganas de acudir, había roto hace poco con mi novio y odiaba que me mirasen con cierta condescendencia; me animó saber que habría gente nueva y que el plan no sería nada serio.

Habíamos quedado a tomar unas tapas a última hora en un chiringuito de la playa y luego acercarnos a unos discopubs de moda de la zona.

Así fue, pero resulto un pequeño fiasco, mi mejor amiga y su novio que eran el alma del grupo no pudieron acudir por un imprevisto y otro chico que conocía tuvo que adelantar la vuelta.

Así que allí estaba yo, rodeada de gente extraña en la terraza, pasando calor y bebiendo tinto de verano para mitigar el tedio que preveía.

Pero de pronto algo cambió. Apareció él con su chica; era un chico muy atractivo, bronceado, alto y bien proporcionado, con facciones clásicas, el pelo oscuro y un poco largo para la moda, con una barba descuidada y los ojos negros muy vivos. Hablaba y se reía sin parar, contaba las anécdotas del verano con mucha gracia y enseguida se hizo el centro de atención. Bromeaba con todos, incluso conmigo que no le conocía de nada. Me gustó su sonrisa.

La cena terminó y fuimos paseando por la playa hasta la zona de copas. Él iba haciendo arrumacos con su novia una chica mona pero muy sosa que no le dejaba ni un momento y le tenía agarrado como a una lapa.

Una vez que llegamos al pub y pedimos los combinados enseguida nos pusimos a bailar y a hacer el ganso. Yo me había animado bastante y no paraba de moverme y provocar con gestos insinuantes a todos los chicos del grupo, estaba lanzada y notaba como me miraban unos con deseo y otras con envidia; la verdad es que las armas de mujer que la naturaleza me ha dado siempre he sabido usarlas.

En algún momento de la noche terminé a su lado y notaba su mirada y su proximidad. Empezó a gustarme mucho, sentía su calor y el roce de su cuerpo me excitaba; le miraba sus brazos largos, su piernas torneadas, su culo apretado y lo bien que le quedaban las bermudas.

En ese momento de embeleso ocurrió. A la vez que le acariciaba el culo con la mano noté como me cogía y me aproximaba por la cintura; y en ese preciso instante, como por una conjunción de los planetas o del destino, en ese momento, se fue la luz en el pub y, al parecer, en toda la calle. La oscuridad era total y absoluta a pesar de que estábamos cerca de la puerta, ninguna luz entraba en el local ni se distinguía claridad alguna por fuera.

Instintivamente y sin darnos cuenta de nada nos abrazamos. Nuestras bocas se comían con auténtico frenesí, notaba como sus manos fuertes me cogían por el culo, la espalda y me apretaban contra él, notaba mis pechos y mis pezones aplastarse contra el suyo. Mi boca buscaba su lengua, mordía su cuello, mis manos se deslizaban por su espalda y por su entrepierna. Lo notaba duro. En mi interior crecía un deseo, notaba unas ganas locas de poseer ese cuerpo, de tener a ese hombre.

“Salgamos fuera” me susurró al oído, mientras me sacaba en volandas del local. A tientas dimos con la salida; la oscuridad de la calle era completa. A los pocos metros de la esquina había un parking y entre dos coches nos abrazamos y nos fundimos; noté como me subía la camiseta y me chupaba los pezones mientras se bajaba el pantalón y yo me subía la falda. Estaba excitadísima, no tuvo problema en penetrarme inmediatamente, mi lubricidad era mi cómplice. No podía respirar, no me llegaba el aire a los pulmones. No lo necesitaba, solo quería sexo, ser penetrada profundamente. En esa postura era difícil, los dos de pie y mirándonos las caras. Me di la vuelta y me puse boca abajo sobre el morro de un coche; al momento noté toda la plenitud de su miembro en mi interior, con cada envite  notaba un placer inmenso, sublime; a los pocos segundos mi corazón y mi respiración se desbocaron, oleadas de placer me subían hasta la garganta desde mi entrepierna, notaba los espasmos vaginales del orgasmo a la vez que sentía el calor  de sus fluidos en el interior de mi cuerpo. Perdimos la noción del tiempo, seguíamos abrazados, besándonos, sonrientes y jadeantes.

En un momento nos compusimos la ropa, y cuando nos dirigíamos de nuevo al interior del pub, como por arte de magia, volvió la luz y a la vez la música y el bullicio. La gente había empezado a salir de los locales y había cierta confusión en la calle. Nadie se percató de nuestra ausencia.

El resto de la noche la pasamos mirándonos con una sonrisa boba y mandándonos mensajes con los ojos y con las manos. Todo eran gestos.

La noche terminó, yo me marchaba al día siguiente muy temprano para no pillar calor y evitar los atascos y no volví a saber de él, aunque guardo un grato recuerdo de aquel momento.

FIN

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