narrativa

Frankenstein, de Mary Shelley: la batalla interna entre el bien y el mal

By Paula Emmerich

No soy de leer novelas de terror, pero estaba intrigada por conocer a esta autora, quien a principios del siglo XIX, con tan solo 18 años, escribió esta historia genial. Se cuenta que la escribió a modo de juego, cuando quedó varada en Suiza con su amante y futuro esposo, Percy Schelley, y con Lord Byron una noche de clima inclemente sin más entretenimiento que la conversación y las velas. Los tres se dispusieron a escribir la mejor historia de terror y Mary salió vencedora con esta creación diabólica. 

En el fondo, no me he sentido aterrorizada; para mí es una novela de mayor profundidad que la simple narración de hechos cruentos. Fui inundada por una enorme carga emocional, desde las primeras páginas en que el Creador se obsesiona por culminar su empresa, hasta las últimas, en que se encrudece la batalla entre el bien y el mal. Más que terror, sentí una amalgama de emociones fuertes y negativas a medida que el Creador y la Criatura experimentaban sus sufrimientos: obsesión, desesperación, depresión, resentimiento, odio, repugnancia, culpa, remordimiento… Acabé agotada (aunque soy una persona que evita leer de estos temas por esta razón).

Sin embargo, no se puede esperar menos de una historia en la que un hombre, motivado tanto por su amor a la ciencia como por su ego, se lanza a la búsqueda mórbida del poder absoluto: el de imbuir vida a la materia inerte. Involucrarse con el mundo de los muertos y con el mismo infierno solo puede acarrear una miríada de atrocidades.

A pesar de la fuerte carga emotiva, considero que la trama es brillante. La historia pudo haber sido un absurdo total; sin embargo, resulta convincente y magnética. Aunque el conocimiento científico de la época era limitado, aceptamos la premisa de que es posible crear vida porque la autora va trabajando la idea en nuestras mentes a través de referencias a oscuros maestros, la narración de las dificultades en la aplicación de la ciencia y la obsesión enfermiza del Dr. Frankenstein. ¡Solo un loco podría haber intentado esto!

Quizá dudemos, por un momento, del proceso de aprendizaje de la Criatura, de la facilidad con que adquiere el lenguaje o iguala la inteligencia humana, pero Shelley le concede dos años para observar, imitar y experimentar. Sus maestros: una familia de campesinos. Para darle voz a la Criatura, la autora necesita que la bestia asimile el lenguaje, y qué mejor forma de lograrlo que introduciendo a alguien más que lo está aprendiendo. Inteligente idea; sin embargo, este personaje extranjero que también estudia la lengua llega in promptu a la vida de los campesinos y, para explicar el evento, la autora nos relata una historia larga y compleja, que, aunque resulta muy interesante y podría dar cabida a una maravillosa novela en sí misma, termina siendo solo un accesorio, sin mayor vinculación o importancia para la narración principal.

Aparte de este pequeñísimo detalle, la trama es lógica y consistente. (Compárese con Tarzán: el hombre mono es un autodidacta, que, aunque nunca escuchó una palabra en inglés, lo habla y escribe a la perfección. Ver: https://wordpress.com/post/paulaemmerich.home.blog/495).

Además de la magnética trama, esta novela es de una gran profundidad y nos plantea complejas cuestiones morales y humanas. Frankenstein no es un libro de terror, sino de filosofía.

Uno de los grandes temas es el de la ambición del hombre por reinar sobre la naturaleza y de su obsesión por desafiar la muerte. Es un tema relevante para la sociedad actual que nos urge a pensar en aquellas cuestiones éticas que pueden determinar hoy el futuro de la humanidad. En el último tiempo hemos visto la creación de vida a través de la replicación genética y el uso de células madres; la manipulación de genes, no solo para la erradicación de enfermedades, sino para el perfeccionamiento humano; y la búsqueda obsesiva del secreto de la longevidad y la belleza eterna. 

Aunque nadie duda de que el hombre ha logrado sobrevivir en la Tierra ―al menos por 50,000 años con la evolución de los homo sapiens― gracias al poder de esta ambición y su inteligencia, también hemos sido víctimas de sus desastres, de los Frankensteins modernos: las armas nucleares o bioquímicas, los desastres radiactivos, las drogas que matan o causan deformaciones genéticas, la tecnología que destruye el medio ambiente… El hombre siempre ha jugado con el mundo de los muertos, con brillantes o terribles consecuencias.

Frankenstein nos advierte de estas repercusiones y nos hace pensar en la esencia del corazón humano. ¿Es humana una criatura que nace en un petri dish? ¿Dónde reside el bien y el mal? Si experimentamos el amor, ¿seremos criaturas de amor? Si sufrimos destrucción, ¿seremos medios de destrucción? ¿Podemos elevarnos sobre nuestras tragedias y escoger el bien sobre el mal no obstante nuestra sed de venganza?

Interesantes cuestiones que la autora nos presenta usando tres narradores: un testigo (que da fe de la veracidad de la historia y nos contará cómo termina), el  Dr. Frankenstein y su Criatura. Son voces cruciales para que comprendamos estas interrogantes. Es una novela que no se conforma con narrar eventos perversos. La autora nos da a conocer los mundos del Creador y el de su Criatura, que a primera vista parecen opuestos. Sin embargo, una lectura más detenida nos lleva a percibir los sufrimientos comunes y a preguntarnos quién en el fondo representa el bien y quién el mal.

Esta narración intensa del sufrimiento nos permite desviarnos de la aparente batalla externa, entre el Creador y su Criatura, y vislumbrar la lucha interior en el corazón de ambos. Frankenstein nos invita a reflexionar acerca de nuestras propias batallas y conflictos internos. Por último, nos lleva a cavilar acerca de nuestras creaciones y decisiones en vida, cuyas consecuencias podrían afectarnos y desesperarnos hasta la muerte.

Una lectura magnética y agobiante, con una trama diabólica. 

***

Puedes descargar gratis esta novela (pdf o MOBI) desde https://freeditorial.com/es/books/frankenstein-o-el-moderno-prometeo.

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