joyas para leer

Un cuento chino By Paula Monreal

¿Por qué la niña sale siempre del colegio con los zapatos en la mano? Nadie lo sabe, nadie nos responde, tampoco la niña que nos mira con sus ojos de agua esmeralda y levanta los hombros y, con la boca casi cerrada, su boca pálida nos dice: «se me han hinchado los pies». Tampoco nos dice nada sor Aurea, que no nos mira de frente y tendiéndonos los zapatos nos grita: «¡Habrá que comprarle a Mercedes unos mas grandes!» Solo, Lian, la joven que cuida de la niña sonríe cuando le preguntamos, y contesta: «se le pasará, seguro». Es ella quien cada mañana le pone los zapatitos a la niña con los calcetines blancos bien estirados hasta la rodilla y le vuelve el elástico hacia abajo, como a Merceditas le gusta. Le ata los cordones con dos lazadas para que no se le suelten y le intenta estirar al máximo la goma que llevan bajo la lengüeta. Esa goma que impide que la niña se los pueda volver a poner. Anoche estuvimos pensando en cortarla, pero el zapato quedaría desarmado.

            –Merceditas, ¿quieres que te compremos otros zapatos que no te aprieten?

            La niña levanta los hombros, «bueno», nos dice.

            Nos acercamos a la zapatería Ferrocarril en la calle Toledo, nos han dicho que son especialistas en zapatos de confort para personas con pies delicados como Merceditas. La dueña, después de estudiar detenidamente los empeines de la niña, le dice sonriendo:

            –Mira maja, te voy a traer unos zapatos que se llaman como tú, con la piel suave como la de tus piececitos y con la hebilla dorada como tu pelo.

            –Bueno –le dice Merceditas levantando los hombros.

            Se los probamos varias veces, primero la dueña, agachada sobre el pie de la niña, metiéndolo con mucho cuidado, después su madre, con fuerza, de una vez, sin mimo, como hay que actuar con los niños a veces; sin miramientos. Eso que solo saben hacer las madres. Y, por último, Merceditas, que aprende a ponérselos sola, cerrando la hebilla en el primer agujerito para que no le aprieten.

            Al día siguiente sentimos una excitación insólita al ir acercándose la hora de recoger a la niña del colegio. Salimos de casa cogidos del brazo, caminamos despacio imaginándonos la cara de sor Aurea al ver los zapatos de Merceditas: «¡este no es el modelo exigido por el colegio!», dirá.  Y, sobre todo, nos sentimos felices de que la niña pueda salir caminando con ellos puestos. Al entrar en el vestíbulo, nada más vernos, los altavoces comienzan a gritar: «Mercedes Carranza, la esperan en portería». Los dos asentimos, los dos sonriendo, los dos estirando las comisuras de los labios. Yo sujetando el sombrero en una mano, la madre cambiándose el bolso de brazo. Merceditas y Sor Aurea apareciendo en portería. Todo ocurre a la vez. En una de las manos de sor Aurea, la mano de la niña, en la otra los zapatos nuevos. En la mano derecha de la niña, la mano de sor Aurea, en la izquierda, los calcetines blancos junto con unas vendas largas que arrastran por el suelo. La voz de sor Aurea que alarga las eses al preguntar:

            –¿¡Ustedes se han vuelto locosss!? ¿¡Esto, se lo han puesto ustedesss!? –escupe mientras nos agita las vendas delante de los ojos.

            Volvemos en silencio, desolados. La niña, de la mano entre los dos, va dando saltitos con sus zapatos puestos, holgados, sin gomas que le aprieten los empeines, sin vendas ni calcetines blancos. Me las he guardado enrolladas en el bolsillo y las aprieto con todas mis fuerzas, por la rabia.

Cuando los otros chicos metieron los pies en la fuente del patio, Merceditas quiso hacer lo mismo. Se armó un revuelo al ver que la niña llevaba vendas en los pies. Sor Aurea se las arrancó de un tirón. Nos dijo que los dedos estaban amoratados y el empeine hinchado.

            –Merceditas, ¿quién te pone las vendas en los pies?

            –Es un juego –nos dice la niña

            –¿Y a ti te gusta ese juego?

            –Bueno –nos dice encogiéndose de hombros.

            –Tenemos que hablar con Lian –dice la madre llorando.

            –¿Quieres que hablemos con Lian, hija?

            –Bueno.

            Pero no hablamos con ella porque no queremos que nos mienta. Hemos decidido espiarla, esperar a que se quede sola con la niña. Lian es una joven estudiante china, que nos paga el alquiler de la habitación pequeña, cuidando a la niña y ayudándonos con pequeños recados. Cocina muy bien y le ha enseñado a mi mujer a preparar Pato Pekín y Rollitos Primavera. Se lleva de maravilla con Merceditas, le ayuda a leer a la vez que ella va perfeccionando nuestro idioma. Le ha regalado el libro de los Ocho cuentos chinos, del que la niña no se despega. ¡Qué país tan atractivo y diferente al nuestro! Nos tiene encandilados con sus historias y las de sus antepasados. El otro día nos contaba cómo a su bisabuela, la mayor de tres hermanas, le comenzaron a vendar los pies a la edad de siete años. Si conseguían que sus pies no sobrepasasen los doce centímetros, podría casarse con un hombre rico y nunca en la vida tendría que limpiar o trabajar.

            Escondidos en el aseo cercano al salón, con la puerta entreabierta escuchamos cómo Merceditas le pide a Lian que vuelva a leerle el cuento de Pies de Loto mientras se va envolviendo ella misma sus piececitos de apenas diecisiete centímetros.

            Nos fuimos a la cama tristes y preocupados. Esta mañana hemos ayudado a Lian a preparar su maleta encerrando en ella el libro de los Ocho cuentos chinos. No hemos querido preguntar nada más a la niña, que no deja de mover los pies mientras la madre le pone como el príncipe del cuento, sus zapatitos de cristal.

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