narrativa

LA ULTIMA MERIENDA by Mercedes Freedman

Cómo han cambiado las sobremesas en las vacaciones de verano en esta casa. Nuestros hijos y nietos han ido de encendidas discusiones a permanecer, como hoy, sentados en el patio, luciendo lúgubres y hablando en susurros.  Manuel y yo, siempre sentados aquí a la sombra de la pérgola, hemos oído, año tras año, cómo debaten sus ideas a vida o muerte. Bueno, a vida o muerte tal cual no porque nunca se derramó sangre.  En fin, ahora, aparte del revoloteo de las moscas, no hay nada por oír. 

—La familia lleva horas hablando en voz baja. Si no quieren que oigamos lo que dicen, está claro que sólo tienen un tema del que hablar, e imagino que habrán llegado a una decisión —dice Manuel.

Ya lo decían muchos por ahí. Los ancianos debimos haber actuado antes de que este armadillo del Amazonas nos metiera a fondo en una nueva pandemia. Qué ciegos y sordos fuimos al no ver que los mayores de 80 años eran aislados e inspeccionados como haría el control de calidad en una fábrica: funciona bien, se queda; no sirve, fuera. Seremos aniquilados como moscas. Peor aún será cuando, con los dos padres vivos, los hijos tengan que decidir cuál de ellos muere primero.

—Angelina, ¿sigues pensando que optarán por que tú partas antes que yo?

—Sí, Manuel. Estoy segura de que después de mi muerte dirán que tú no puedes cuidarte solo. Te meterán en quién sabe qué sitio y pronto decidirán tu ida. Como te conozco, morirás poco después de yo morir y quedarte solo. Si soy yo la que quedo viva, la familia sabe que, por mucho que te extrañe, no me moriré fácilmente y que tendrán madre para rato. La verdad, Manuel, es que te extrañaría mucho si me quedara sola, como sé tu me extrañarás si yo muero primero.

 Hemos quedado en un silencio que Manuel rompe.

—Al menos, al yo morir cuando quede sin tu compañía, tú habrás sido el único muerto en las manos de la familia.

—Una vez se tiene un muerto en las manos, dos o diez más, ¿qué importa? Lo difícil es el primero, pero si el caso obliga a más de uno,  es mejor cometer el crimen de un solo tiro. No me refiero a un tiro de escopeta, que pocos tienen y saben manejar, aparte del ruido que hace. Ya sabemos que hay otras maneras.

—Qué fastidioso es esto de que alguien decida por nosotros cuando nos llegó la hora de morir —dice Manuel.

—Sí. Qué difícil le ponen a uno las cosas si lo que se quiere es, simplemente, seguir viviendo —digo yo, y sé que Manuel me entiende.

—Siempre tuviste ideas geniales, Angelina.  Mira que recordar que teníamos en la bodega aquel pesticida que se le puso a la viña hace un tiempo y que llevó a que los animales terminaran con los mismos síntomas que causa el virus del armadillo al atacar el sistema digestivo —dice en voz baja. 

—Y no se salvó ni uno. Eso me recuerda que debo servir la merienda. Anda, acompáñame a la cocina. Menos mal que, como tú y yo tenemos la edad que tenemos y no nos está permitido el azúcar,  el pastel será todo para la familia. Ya haré muchos otros para ti y para mí, Manuel.

Mientras camino a la cocina, digo en voz alta —¡Familia, hora de merendar!­— En cuanto saco el pastel de la nevera, una mosca de verano pegajosa surge de la nada y se posa en él.  La dejo allí unos segundos mientras la contemplo, pero no vuelve a moverse. La llevo a la basura y comienzo a servir la merienda.

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2 respuestas »

  1. Un tema que abre la puerta a infinidad de opiniones. La mía, como ya he escrito, es que esta pandemia y las que vienen tienen por objeto eliminar gente que sobra en el planeta Tierra. Somos demasiados y vivimos mucho. No hay espacio ni comida para todos.

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