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EL RÍO SOSEGARÁ EL FUEGO by Mercedes Freedman

Jafar se despide del policía que llegó a su casa un rato antes. Pasos lentos le encaminan al comedor, donde sus ojos se detienen sobre los preparativos para cenar cuando Hadi llegue de la universidad. Da vueltas alrededor de la mesa y, poco a poco, su caminar se acelera. Mañana, Jafar se da cuenta, deberá acostumbrarse a comer sin la compañía de su hijo.

Cuando comenzó el día, su vida parecía seguir un camino tranquilo bajo la palidez de un cielo de azul blancuzco. Ahora, ese cielo es de un gris oscuro que le impide ver el camino al frente, más aún su dirección. Repentinamente siente el ya reconocible dolor que se anida, como una pesada lápida, en el centro del pecho. Sin embargo, debe apresurarse para tener todo listo cuando Hadi llegue a casa. Es lo único que sabe con certeza que debe hacer. Respira de manera lenta y profunda, y sale del comedor.

Aquel es el mismo dolor que sintió, como un latigazo en el pecho, el día que partió de la casa de sus antepasados. Los rumores sobre la opresión política que Khomeini traería con su llegada a Teherán desde París unos días más tarde andaban de boca en boca. Jafar aceptó la oferta de trabajo de su primo en Londres y le dijo a su mujer Anahita que preparase lo necesario para el viaje.  Jafar, el río repleto de agua que Anahita, la diosa del agua, proveía, iniciaron con el hijo recién nacido el viaje que dejaba todo atrás. A partir de entonces, el color y el aroma de las granadas en el frescor de la sombra del patio existirían únicamente en sus sueños.

Jafar, Anahita y Hadi lograron escapar del disturbio político del país donde habían nacido, pero no hubo escondite para la agitación política del país de acogida. La diosa del agua, Anahita, se evaporó un día con el fuego de una bomba del Ejército Republicano Irlandés. Anahita partió para siempre dejando a Jafar con un dolor ahogante en el pecho más intenso que nunca y, más inquietante aún, un hijo con una madre muerta. 

Desde aquel día, Jafar ve la creciente llama de fuego surgir de debajo de los pies de su hijo para justificar su nombre persa. A menudo, Jafar oye a Hadi decir, bien despierto, bien dormido: ´Poner una bomba donde hay mucha gente debe ser fácil. El Ejército Republicano Irlandés lo hace con bastante frecuencia.´ Entonces recuerda las palabras de Anahita: ´Yo soy el agua que provee el caudal de Jafar el río. Necesitamos fuego para nuestro recorrido juntos. Hadi será el nombre para nuestro hijo.´ A pesar de sus intentos por apaciguar aquel fuego, aún se mantiene en pie.

Jafar regresa al comedor y se sienta en su silla de siempre. La visita del policía le ha hecho, por fin, comprender cómo calmar aquella llama ardiente. Cuando Jafar vio el uniforme de la policía en la puerta de su casa, solo alcanzó a oír, en primer lugar, las palabras silenciosas agitadas en su cabeza: ´Sé porqué está aquí. Dígame cuanto antes lo que tenga que decirme.´ Permaneció en silencio esperando oír que su hijo estaba muerto o que se le sospechaba de participar en la explosión en el concierto en Manchester que los programas noticieros llevaban horas informando. En medio del tumulto de sus pensamientos, surgió una laguna de silencio para oír al policía decir que el nombre de su hijo aparecía en papeles encontrados entre las pertenencias de los responsables de detonar la bomba en Manchester, aunque no se le consideraba participante del acto terrorista.

Jafar no cesa de mirar el reloj. Hadi debería llegar en cualquier momento. 

—La policía estuvo aquí preguntando por ti —dice Jafar al ver a su hijo entrar al comedor.

—¿La policía? —dice Hadi casi en un murmullo.

Jafar recoge en su respirar suficiente aire para aliviar el peso en el pecho, repite lo dicho por el policía y espera a que Hadi hable.

—Me dieron instrucciones para participar en el ataque de hoy, pero me negué. No pude hacerlo. Tengo testigos que pueden decir donde he estado todo el día y demostrar que no estuve en Manchester —de manera más agitada, Hadi continúa— quiero que me creas, ¿me crees?, ¿me crees?

—Sí, Hadi, no dudes que te creo.

—No lo pude hacer. Soy un cobarde.

—Negarte a participar muestra tu valentía. Eso no es ser cobarde. Hadi, oye bien lo que voy a decir. La gente que tiene tu nombre en esa lista de posibles actuantes en ataques terroristas te ordenarán para un próximo ataque que hagas lo que te negaste a hacer hoy. Y no te darán órdenes de manera amable.

Jafar coge los papeles que al entrar al comedor puso sobre la mesa.

—Aquí está tu pasaporte y un pasaje para volar a Teherán esta noche. Además, preparé tu equipaje y todo está listo para partir.

—Pero ¿qué dices? —Hadi pregunta con ojos muy abiertos y un suplicio en la voz.

Jafar repite lo que ha dicho en voz firme y más alta, y Hadi entiende que no hay nada que pueda hacer para evitar aquel viaje.

—Mi primo te llevará a coger el vuelo y habrá parientes esperándote en el aeropuerto de Teherán.

—Pero, ¿y tú? ¿y nosotros, qué pasará con nosotros?

—Yo me reuniré contigo en Teherán en cuanto pueda —responde Jafar con voz débil. 

Después de despedirse de Hadi, Jafar regresa al comedor. Dobla sus brazos sobre la mesa y deja que su cabeza descanse sobre ellos. Siente el agudo dolor en su pecho como si un cristal roto arremetiera contra su corazón. Su boca es un paisaje árido que clama agua y el cansancio se adentra en todos los rincones de su cuerpo. Los párpados pesados bajan lentamente sobre sus ojos, como una cortina al culminar la obra de teatro. Anahita está sentada en el patio, a la sombra, y le promete saciar su sed con el jugo encarnado y dulzón de las granadas que, de los árboles a su alrededor, caen como gigantescas gotas rojas de lluvia.

(Versión en español de

 Fire in the water,

Masticadores India)

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