narrativa

El viaje Capítulo dos. by Carlos Feijoó Dacal

            En un breve destello de luz a su derecha, surgió una cifra mágica, apenas un instante, tras el cristal polvoriento se ocultaba el coche dos, junto a la puerta que anhelando pasajeros permanecía abierta, también permitía que penetrara el frío en el descansillo del vagón. Un complemento fundamental para una estación es  el ambiente que propicie la despedida, tiene como componente básico una gélida corriente procedente de ninguna parte, cala hasta los huesos e impulsa el deseo para que la partida del convoy, temple los pensamientos y elimine la nostalgia hacia lo que dejamos atrás.

            Se adentró por el pasillo, arrastrando un poco los pies, contando asientos mentalmente, hasta descubrir la ilógica certeza, que unas pequeñas placas de metal señalaban, parecía del todo desierto hasta alcanzar la posición 17 V y cuando asía con fuerza la manilla de la puerta, le descubrió sentado al fondo del departamento junto a la ventanilla, leyendo.

            -¡Vaya un viejo con boina y un amplio arsenal de batallas incorporadas en la cabeza, lo que me faltaba! ¡Seguro que ronca como un cerdo! ¡Mierda de taquillera, vieja de los demonios, lo habrá hecho a mala leche!¡Todo el tren vacío y me adosa junto a éste!

            La puerta se deslizaba con suavidad incluso con demasiada ligereza, acabó golpeando contra los topes. El viejo hombre giró la cabeza, atisbando sobre las gafas, en busca de un cruce de miradas, o quizás de un posible reencuentro, saludó con voz grave:

            –Buenas noches, me permite que la ayude??

            –¡No, no, contesto rápidamente repuesta de la impresión, ya puedo yo sola, no se moleste! Tomando impulso elevó la maleta con destreza y la dispuso sobre el estante que la acogió con un lastimero chirrido desde lo alto del compartimiento.

            Soltó la maleta en medio de una sacudida inesperada que la lanzó de bruces a los brazos de su compañero de viaje. Acogiéndola con suavidad la sujeto firmemente por la cintura impidiendo que en un imprevisto descenso a los infiernos de la vergüenza, rodase hasta el suelo.

            Me llamo Víctor, exclamó  sonriendo, aquel hasta ese instante un desconocido compañero, mientras la abrazaba sin pudor, como si fuera algo habitual abarcarla cómplice y constante, aprendido durante mil noches de vida en común. Ella intentó recuperar la compostura, alzándose y recolocando su ropa y extendiendo la mano a modo de saludo cortés y frío. En un gesto para marcar distancias; cuando de nuevo otro embate proveniente de la maquina la hizo recaer contra el mismo abrazo salvador, contra la misma sonrisa y contra el mismo calor, allí se dejo estar relajada, durante unos segundos

            Este hombre tiene cálido el pecho, huele como a antiguo cuero, pensaba para sus adentros, mientras notaba como absorbía la  energía, en forma de humano calor alrededor de su pecho aterido. Transcurrido un largo rato, desde que abandonará la sala de espera el frío calaba la blusa veraniega que traía puesta, ahora sentía como templaba sus brazos y ascendía hasta el cuello.

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