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AL ATARDECER… by Felicitas Rebaque

Pintura de Robert Hagan

FRAGMENTO DEL RELATO: SIMPLEMENTE JULIA DEL LIBRO LA LIBÉLULA

… se acercaba al puerto a esperar con las gaviotas la vuelta de los barcos de pesca. Se sentaba en el muelle y entretenía la espera contemplando cómo el sol hacía guiños rojizos en el agua hasta que veía aparecer las primeras embarcaciones que llegaban con las bodegas repletas de pescado. Le gustaba aspirar ese particular aroma de olor a mar y a pescado fresco.

Cuando las barcas quedaban dormidas en el muelle, se alejaba de allí para tomar un bocado en cualquier sitio. Después bajaba de nuevo a la playa y esperaba a que la luna apareciera tras el horizonte y que las estrellas se fueran esparciendo, por millares, formando una bóveda de inusitada belleza.

Esperar, un lujo que no podía permitirse en su vida profesional. Una norma y hecho común en su vida personal.

A sus cuarenta y seis años se sentía cansada y vieja. Para todos era una mujer afortunada. Su pluma ácida y certera había levantado ampollas en numerosas ocasiones. Su columna contaba con un gran número de fieles seguidores que aumentaba cada día. No tenía problemas económicos, era independiente y libre. Deseada por los hombres y envidiada por las mujeres. Apenas se sabía nada de su vida privada, pues ya se encargaba ella de mantenerla en el más absoluto secreto. Después de su desconcertante divorcio no se le conoció ninguna otra relación, hecho sorprendente en una mujer tan atractiva. Más de un hombre lo había intentado, pero siempre topaba con un muro lleno de cortesía y amabilidad que no dejaba traspasar en ningún caso su intimidad; los más afortunados lograban contar con su amistad incondicional.

Esa mañana se levantó más temprano que de costumbre y, apenas amaneció, subió hasta el acantilado. El mar estaba vivo, dejaba oír su voz, y el quejido de las olas al estrellarse contra las rocas semejaba un desgarro.

Se sintió nostálgica. Perdió la mirada en la espuma de las olas al romper en las piedras y dejó libre su imaginación. Rápidamente los recuerdos la envolvieron y la melancolía y la tristeza, que dejaba detrás de la barra de carmín que enmarcaba su sonrisa y del rímel de sus pestañas, asomó a sus ojos y a su cara. El recuerdo de una presencia se hizo tan fuerte que hasta le pareció poder aspirar su perfume y sentir el calor de sus brazos protegiendo su cuerpo.

Se levantó y sacudió la cabeza para romper el hechizo. El grito estridente de las gaviotas en un cortejo de apareamiento le llenaron los ojos de sal. Se sintió muy sola. Esa soledad que, cuando llegaba sin ser invitada, la calaba hasta la última célula de su cuerpo.

Para alejar la melancolía que la había acompañado durante todo el día, dejó la tranquilidad del hotel y decidió buscar distracción para aliviar su decaimiento. Cogió el coche y se acercó hasta el pueblo cercano. La actuación de un grupo de jazz la animó a salir de su enclaustramiento interior y mezclarse con el mundo.

blog de la autora: https://felicitasrebaqueblog.wordpress.com

https://www.editoriallxl.com/tienda/La-libelula-Felicitas-Rebaque-p146066593

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