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LA HUCHA by Marcelo Oscar Barrientos Tettamanti

Imagen facilitada por el autor. Marcelo Oscar Barrientos Tettamanti

 Mi padre tenía un don, podía rescatarte del infierno y llevarte al cielo con una sonrisa y una simplicidad que siempre me pareció mágica. La tristeza a su lado duraba poco: siempre un caramelo, una broma… incluso el abrazo a tiempo y su mirada, que me decía: “estamos juntos y te quiero”. Le gustaba hacerme bromas, y aunque a veces no me las tomaba yo muy bien, siempre a solas las recordaba y me reía.

Coleccionábamos todo tipo de cosas, pero nuestra debilidad eran unos pequeños muñecos del espacio, y mi anhelo era poder comprar la gigantesca nave espacial que completaba la colección. Me quitaba el sueño, sobre todo porque era verano, y – sin colegio- no hacía más que pensar en ella. Mi padre siempre usaba cualquier pretexto para enseñarme algo nuevo. Para lograr mi objetivo se presentó con un hermoso cerdito de arcilla  – Esto es una hucha- me dijo. -Meteremos en él poco a poco, las monedas que nos sobren. Me habló de paciencia, algo que de niño no entendí; de que tardaríamos, pero era el camino más seguro a mi nave. “Seguro” y “mi nave” fue lo único que quedó dando vueltas en mi cabeza.

Pasaban los días, las semanas y los meses, sacudía aquella hucha que aumentaba su peso poco a poco y preguntaba a mi padre cada poco: – ¿ya, papá?. – Aún no – decía él. Toda la familia colaboraba con su moneda que iba a parar a la barriga de aquel cerdito, al que yo le cogía cariño y me preguntaba si tendría el valor de darle el golpe de gracia.

Empecé el colegio y nada.

Fue el primer día de vacaciones de Navidad, cuando por la noche mi padre me llamó. En la mesa de cocina, sobre unos papeles de periódico, estaban la hucha y el martillo. Jamás he vuelto a sentir aquella emoción, nervios desbordados, alegría y felicidad. Me puso unas gafas de seguridad, me señaló un punto y me dijo: – ¡Adelante, hazlo! Contrario a lo que me esperaba, ni una sola moneda había en el cerdito. Nada. Me quedé un momento inmóvil, con los ojos enormes mirando la hucha destrozada y vacía. Miré a mi padre y comprendí que era otra de sus bromas. Me abrazó mientras reía y me llevó en volandas hacía su habitación. Sobre la cama había una gran caja y mi hucha intacta.

Con el tiempo comprendí que aquella noche me enseñó el valor de ir paso a paso, moneda a moneda, tras tu sueño. Y que a veces, lo que esperas que ocurra y das por sentado, no ocurre; como al romper aquella alcancía vacía. No volví a meter monedas en aquella hucha, ni la rompí. La guardo como recuerdo del hombre que siempre me llevaba al cielo. Que me hacía bromas llenas de amor. Cada vez que miro la hucha con forma de cerdito, sonrío pensando en él.

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