Entrevistas

Reseña: EL SUEÑO DE UN HOMBRE RIDÍCULO de Dostoievski by Alicia Trujillo

“El sueño posee una maravillosa poesía,

una exacta facultad alegórica, un humorismo incomparable

y una deliciosa ironía”. Freud

El protagonista que nos plantea Dostoievski es el de un hombre atormentado con la vida, y con la metafísica de ésta – cuyas ideas le llevan a la conclusión más desesperanzadora: El mundo le es indiferente. Nada importa.

 La noche del tres de noviembre, caminando entre la oscuridad de las calles y atravesado por un asfixiante nihilismo -que despoja de sentido a la existencia-, decide que ha llegado el momento: esa misma noche se quitaría la vida.

En cuanto lo decide, como si una fuerza en su interior se revelara (las voces de nuestro intelecto, siempre tan contradictorias), una niña corriendo llega a su lado, le tira del brazo con desesperación y llantos, pidiéndole ayuda. Él da una patada en el suelo para asustarla y se dirige ansioso a su casa. Se sienta en su butaca con el revolver en la mano. Había tomado una decisión. Trata de ordenar sus pensamientos. Pero la emoción se apodera de él. ¿Dónde quedó la indiferencia? Siente rabia. Repito: siente. Le afecta la imagen de la niña, su sufrimiento… Pero si acaba ahora con su vida, ¿no acabara también con el mundo y el sufrimiento?, ¿no es éste una proyección de la consciencia? (Y como lector, me pregunto, ¿qué simboliza la niña?).

En medio de reflexiones, cae en un profundo sueño: coge el revolver, apunta directamente a su corazón y se mata. Pero no todo acaba ahí. Despierta en su tumba. Acepta sin dudar la realidad que se le presenta y asume que en verdad está muerto. Su actitud es como la de alguien sin vida, que ya no tiene nada que esperar. Ante tal resignación, sin saber cómo, se encuentra con un ser que le saca de la tumba y le lleva por un espacio desconocido. Se alejan de la tierra que conoce para acercarse a otro planeta.

Para su sorpresa, en esa nueva tierra, lo único que ve son seres que irradian luz, felicidad, sosiego. Todo aquello que escasea en su alma, y en la pasada vida. Sus ojos no dan crédito: estos extraños seres carecen de deseo, están conformes con lo que tienen; no hay religiones, sin embargo, comulgan con la naturaleza y en comunidad entre ellos mediante cuentos, cantos y bailes que les unen en hermandad. Ni un atisbo de lujuria, celos, rencor, odio… ¿cómo es posible amar sin odiar?, ¿cómo pueden ellos disfrutar sin dolor? ¿Es realmente posible?

Es el paraíso que nunca perdieron. El mismo que él venía presintiendo en algún lugar de su corazón lo confirmaban sus ojos, de los que empiezan a brotar lágrimas de alegría mientras observa fascinado. Para sus adentros se dice lo difícil que es para un progresista de San Petersburgo como él, entender que estas personas no necesitan explicarse la vida. No se hacían ninguna pregunta, aparentaban saberlo todo. Tampoco necesitan de la ciencia, no obstante, poseen un conocimiento más profundo que el sólo intuye más no es capaz de asimilar.

Transcurre el tiempo, algunos sucesos y contratiempos acontecen, hasta que se despierta, con brusquedad de un salto. Se levanta de su butaca. Aún es oscuro, pero ya va a amanecer. Todo está en silencio. El revolver está en su mesilla. Empieza a digerir lo que acaba de suceder, y si bien es consciente de que fue un sueño, no por eso es menos real. (Al fin y al cabo ¿no es la vida otro sueño?). Con una claridad pasmosa adquiere la absoluta certeza de que ha encontrado la Verdad. Y su deber, por supuesto, es predicarla. Predicará sin descanso. Todos se empezarán a burlar de él. Fue sólo un sueño, le dicen. Él se compadece de ellos, ignorantes de la Verdad. ¡Si tan solo la humanidad se decidiese a soñar en conjunto otro sueño distinto al que hemos creado, si todos juntos nos unimos en consonancia con la Gran Verdad! ¿No sería posible reconstruir el paraíso? Así fue como después de la noche del 3 de noviembre, nuestro hombre antes escéptico, rayando en el solipsismo, renace en un hombre conocedor de la Verdad. Cobra vida la esperanza y el sentido que una vez dio por perdidos e incluso inexistentes. Sus continuas divagaciones e inseguridades se han transformado en una imagen que emana seguridad y una respuesta definitiva en la que ya no caben dudas, preguntas ni incertidumbres. (¿Os suena de algo?).

Nietzsche dijo que no hay hechos, sólo interpretaciones. ¿No es acaso la realidad un lugar edificado a base de interpretaciones? El problema podría ser la falta de fuerza que tienen las interpretaciones para sostenernos. No es suficiente. Necesitamos hechos, confirmaciones, cosas tangibles. Un soporte para nuestra innumerables flaquezas y un lugar (o una idea) sólida que nos proteja del desamparo de una existencia indiferente a nuestro dolor.

En medio de los desvaríos de la razón, el sueño como un mecanismo de la psique, ayudó al protagonista de Dostoievski a no darse por vencido. (“…En el sueño se deja de lado la razón para detenerse solo en algunos puntos que anhela el corazón”).  Su anhelo más hondo de supervivencia se encarnó incluso antes, en el rostro de la niña aquella noche, haciéndole tambalear en su decisión de suicidarse.

Dato curioso es que durante la época en que Dostoievski estuvo en Siberia, con trabajos forzados, una niña huérfana, conmovida por su aspecto famélico se acercó a él, le dio unas monedas y dijo: “En nombre de Cristo”.

La última frase de este cuento dice: “Por fin encontré aquella pequeña… ¡Y seguiré adelante, seguiré!

(Interesante el paralelismo, pienso yo).

2 respuestas »

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