Archipielago

Fluorescentes para una noche rota by Paula Castillo Monreal

2da Parte (y final)

Imagen de Pinterest

El miedo y la cobardía deciden nuestras vidas. Yo me enamoré de Julia sin pensar. La conocí hace mucho tiempo, en su época oscura, como le gusta decir. En mi oficio se conoce a mucha gente oscura, nos movemos en un mundo peligroso y lóbrego. La conocí siendo Julio, sin transformación ninguna, y ya me gustó. Yo no soy de remilgos, me siento bien con alguien, y lo demás sobra. Después de unos años, empezó a gustarme mucho más. Nos reíamos. La vida nos había tratado parecido. A ella peor, pero Julia puede con todo. Nos comprometimos cada uno en lo más íntimo sin mencionárnoslo. Ese era el plan: sin compromisos. Y ahora poco a poco, sin saber cómo, se le fue el amor.

Me distrae la moneda que cae por los intestinos de la rocola y, con tanto giro, se me revuelve el estómago. El roce de la aguja sobre el vinilo detiene el tiempo y un halo de esperanza nos envuelve a los tres, quietos ahora, en el interior de la luciérnaga. Los tres esperando que empiece el espectáculo: Tony se quita el gorro estúpido de marinero, el hombre del traje gris vuelve cojeando, y yo decido aflojarme la funda sobaquera de la PPK que lleva veinticuatro horas de servicio oprimiéndome el corazón.

“Que no se rompa la noche por favor que no se rompa”

Nos miramos; sorprendido yo, sonriéndose él.

–Marrero –se presenta el cojo ofreciéndome su mano.

–Víctor –me presento acercando la mía al ala del sombrero que aprovecho para quitarme.

–Aquí estamos, rompiéndola –dijo señalando la rocola que continuaba cantando sin tener en cuenta nuestras presentaciones.

“Porque guardo un mundo de inquietos deseos”

–A mí ya me la rompieron –le contesto aburrido de tanta charla.

“Mañana por la mañana, si no se rompe la noche”

–Tome otro trago –dice, invito yo. Esta noche estoy contento, ¡cante conmigo!

“Haremos locuras nuevas con el amor que nos sobre”

–El último y me retiro, gracias. Cierro los ojos y sin saber por qué le hago caso y canto. No me oigo, pero canto. No sé si afino o chillo, pero canto.

“Que tengo que amarte mucho, que tengo que amarte tanto…”

Abstraído, siento cómo su mano tibia roza mi espalda vencida de nuevo sobre la barra.  La mano fuerte de Julia, manos de hombre ensayando a ser de mujer. Puedo oler a Poison; el mejor perfume para el aturdimiento. No quiero abrir los ojos ni enderezarme por si es un sueño. No quiero saber dónde estoy ni si estoy borracho. Continúo cantando, muevo los labios esperando la letra.

“Porque guardo tanto, tanto que…”

Y al abrir los ojos veo a Julia que pasa de largo. No deja su mano sobre mi espalda ni se inclina a besarme. Mis labios continúan moviéndose. Estiro los brazos intentando atraerla hacia mi, pero son cortos y no consigo alcanzarla. «Julia, Julia» –digo sin emitir sonido. No me quedan palabras, las derroché con la música.

–¿Qué pasa, travestón? –le pregunta Marrero. Has tardado más de la cuenta– le dice golpeado con el dedo índice la esfera del reloj.

Se me queda atravesada la palabra y compruebo instintivamente que la pistola sigue ahí, enfundada en la sobaquera que ahora desabrocho.

–¡Eh, mamón! –grito.  Pero hace rato que me dejé de oír. Nadie parece oírme. Los gritos resuenan en mi cabeza. Una boca abierta que no habla.

Julia rodea la espalda de Marrero con sus brazos y le besa, no parecen importarle sus palabras, está acostumbrada a los insultos. Vomito el último trago que me arde en la garganta. Lenguas de fuego respondiendo por mí.

–Aquí ando Marrero, con la noche rota –le contesta Julia encendiéndose un pitillo. Apoyada en su costado parece cómplice de sus palabras, de toda una vida de palabras.

–Eso te pasa por puta –le contesta Marrero. Más palabras. Heridas que se abren, cicatrices sin cerrar. Yo se las curé para que otros las abran. Bocas derramándose sobre los labios que no paran de moverse. Julia tragándoselo todo.

Ahora sí, mi cuerpo estalla. Me levanto con esfuerzo del taburete apoyándome en la barra, solo veo blanco. Los ojos fijos en Marrero, la mano derecha protegiéndome el corazón. «He de sacar a Julia de esta urna podrida de cristal. Protegerla de tipos como éste, de la luz exagerada, las humillaciones y los golpes. Tengo que conseguir calmar mi respiración, ¿fue Julia siempre así? Monstruo de dos cabezas». No puedo parar de pensar, de gritar. Todo por dentro.

 Ajena, mi mano desenfunda la PPK y dispara. Primero a Marrero que cae al suelo sin hacer ruido. Después a la rocola que ya estaba muda. Tony que no para de fregar, también se lleva lo suyo. Al rato todos estamos muertos mientras la luz del faro continúa girando. Los ventanales, manchados del vestido rojo de Julia que saltó por los aires. Uno, dos, tres y cuatro. La urna de cristal mirándonos.

Es agradable la quietud de las mañanas oscuras cuando se retiran los fantasmas.

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