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EL PENÚLTIMO BESO by Beatriz Berrocal

Imagen tomada de Google

¡Menudo día! Sin parar ni un momento. Cae en la cama a plomo, no le quedan fuerzas para más, pero no se puede dormir sin hablar con ella. Un amigo suyo dice que el cable del teléfono es como el cordón umbilical que sigue uniendo a las mujeres con sus madres. Aunque la mayoría de los teléfonos ya no tienen cables el cordón invisible sigue permaneciendo.

            Marca a oscuras los números en el teclado, ha acertado sin verlos, lo sabe porque suena la musiquita esa que tiene cada tecla y la reconoce sin dudar.

              — ¿Qué tal, mamá?

            — ¡Hola, cariño! ¡Qué voz tienes! Se te nota cansada.

            Nadie en casa la nota nunca cansada, aunque la vean, aunque la tengan al lado, nadie se da cuenta, pero su madre, con tres palabras que ha pronunciado, lo sabe.

            —Bueno, ya sabes, mucho ajetreo. ¿Qué tal estás? ¿Se te pasó ya el dolor de cabeza?

            —Sí, sí, ya estoy mejor, hoy no me duele nada, ni la cabeza, ni la espalda ni nada, he tenido un día estupendo. ¿Vosotros estáis bien todos?

              —Todos bien, el niño tiene un poco de catarro, pero no es nada. ¿Terminaste ya de poner el árbol y el nacimiento?

              —Pues…sí, sí, ya casi lo tengo, a ver si les gusta a los niños.

            —Yo también lo puse hoy, no sé para qué si luego no le hacen ni caso, pero bueno.

            —Que sí, hija, que tienes que ponerlo, mientras haya niños en casa tiene que haberlo porque les gusta.

              —Bueno, mamá, voy a ver si duermo un poco. Que descanses bien, mañana hablamos.

             —Hasta mañana, cariño, hasta mañana.

            La madre cuelga el teléfono y se va directa a la caja de analgésicos, ya no puede más con el maldito dolor de cabeza. 

            Por la mañana subirá al trastero a buscar las cajas del árbol y el nacimiento, no le va a quedar más remedio que ponerlo, a su hija le encanta recordar cuando era pequeña, pero a ella le da tanta nostalgia tener que ponerlo sola… Sin unas manitas pequeñas a su lado que le ayuden a sacarlo todo de las cajas, que revuelvan, que rompan alguna figurita, que pongan la nieve en los tejados de las pequeñas casas… En fin, hará un esfuerzo para que cuando vengan esté todo montado, está segura de que si un año deja de ponerlo, no volverá a sacarlo de la caja nunca más, la pereza es mala compañera y la soledad, peor aún.

            La hija cierra los ojos en la cama, está molida. Ha tenido un día lleno de discusiones con todo el mundo. En el trabajo se acumulan las tareas, y en casa, con todos los que son, no se puede ni hablar.

            Los dos pequeños pasan el tiempo peleándose, la niña protesta por todo, el niño rompió el brazo de un pastor del nacimiento, una figura que tenía cuarenta años, por lo menos, y que ahora parece un pastor descuartizado. Fueron con su padre a comprar más accesorios para el nacimiento y lo que trajeron no pega ni con cola, las casas son más pequeñas que las personas, los Reyes, más grandes que los camellos, han puesto dos «niños Jesús» porque no llegaron a un acuerdo sobre cuál de los dos era más bonito…      Aquello parece un cúmulo de imposibles, un mundo al revés en el que el río va hacia arriba, el pescador llena su cesta de peces en plena cascada y los pastores van de manga corta mientras nieva con todas las ganas, pues el hijo pequeño ha cogido el bote de harina y ha llenado de nieve hasta los sofás del salón.

            Tal vez la puede el cansancio, porque dos lágrimas se escapan de sus ojos para refugiarse en la almohada. 

  Se imagina a su madre, sola, sacando de las cajas el viejo portal de corcho y las figuritas antiguas; adornando el árbol con cintas de colores que ya no llega a poner: «Parece que este abeto de plástico haya crecido en el desván—le había dicho el año anterior— pero soy yo la que ha mermado, hija, soy yo la que va para abajo».

            Ella, quejándose de tanto jaleo en la casa y su madre tan sola en la suya.

   Sería mejor apreciar lo actual, valorar el momento, quejarse menos y disfrutar más. ¿Qué importaba si las figuras no entraban en aquellas casas tan pequeñas? ¿Acaso se iban a meter en ellas?

            Daba igual que el pastor tuviese un brazo roto, lo importante era que lo habían pegado, que le habían colocado en un lugar privilegiado de la pradera, donde el musgo estaba más blandito, por si volvía a caerse, y que desde entonces sería el pastor más mimado de todo el nacimiento.

            Importaban los brazos de sus hijos en torno a su cuello, la ilusión de abrir las cajas y sacar los adornos navideños, la magia de hacer algo juntos aunque el resultado fuese un nacimiento un tanto «especial».

            De eso se trataba, de hacer de cada cosa, algo especial.

  Se levantó y fue a dar el penúltimo beso a sus pequeños:

            —Mamá—dijo la niña— ¿Mañana podrá venir la abuela a ver el nacimiento?

            —Seguro que sí— contestó ella— pero además haremos algo mejor, iremos nosotros para ayudarla a poner el suyo, dice que ya lo ha terminado, pero seguro que faltan cosas por hacer.

            — ¿Puedes quedarte un ratito con nosotros?— dijo el niño.

                        Y nunca disfrutó tanto de la estrechez de la litera.

Beatriz Berrocal

4 respuestas »

  1. Antes de que España se convirtiera en un país de abeto y Papa Noel, era un país de Belén y Reyes Magos.
    Belén de corcho, minimalista, casi testimonial.

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