joyas para leer

Kilómetro 200 by Paula Castillo Monreal

Deseaba sobre todas las cosas subirme al coche y salir de Madrid, de esa calle estrecha y oscura, de ese apartamento lleno de reproches y muros imposibles de derribar.  De esa relación apagada ya para siempre.  Salir.

Hice la maleta rápido. La ropa sin doblar, dejándola caer sin pensar: un par de zapatillas, unas sandalias, dos vaqueros, unas cuantas camisetas y el vestido de seda rojo por si acaso un día tuviera que trasnochar.  Seguro que a la semana me arrepentiría, así que tampoco me iba a complicar mucho. «No puedo pensar así cuando todavía no he salido», dije en voz alta. Y una náusea me cubrió entera.

Llovía demasiado, pero no recuerdo haber sido tan feliz.  Los limpiaparabrisas no lograban sacudir toda la lluvia que les caía encima. Velocidad cuatro. A un lado, a otro, sacudiendo el agua, sin aliento. Yo, hiperventilando. Sin poder mirar otra cosa; ni la raya continua, ni la del arcén. Solo la sensación del agua cayéndome encima, como si me limpiasen entera. Sentí mi eternidad, mi momento. Sin ver, y seducida por la excitación, me desvié en el 200 con el propósito de brindar por mí. La soledad es distinta si te la brindas.

Entrar en aquella cafetería destartalada y solitaria con el camarero pendiente de lo que yo quería, me produjo tal placer que me apoderé del mundo. A pesar de considerarme incompetente para la vida, he sido siempre fiel a mis vicios.

¡Qué disfrute de la soledad!  ¡Qué momentos tan mágicos y llenos de poder! Beberme el gintonic de Gordons con la televisión de fondo; la felicidad infinita. Era un no-sé-qué, que me traía la carcajada. Quise atrapar cada segundo, retenerlo, asimilar el placer del atrevimiento, de la emoción y la libertad recién estrenada.  Sabía que ese momento nunca más se repetiría. 

Miré el teléfono que había dejado abandonado encima de la mesa. Marqué y colgué. Era hora de volver.

Ya en el coche saqué la maleta del maletero y la acerqué hasta la puerta del bar. El camarero me miró sin decir nada. Yo levanté la mano y pronuncié en silencio «adiós». Se me pegaron los labios. Nunca me gustó la tónica.

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