narrativa

CUATROCIENTAS PALABRAS by José Luís Serrano

Ilustración de J.L Rodriguez Beltrán

«Cuatrocientas palabras», dijo aquel hombre desde su poderoso lado de la mesa. Y empezó la fiebre. Un apretón de manos acentuando el «cuente con ellas» y, al salir del despacho, los primeros síntomas: el vértigo del folio en blanco, el miedo a una jugarreta del diccionario y no poder… 

Llegó a casa y la encontró distante y sin las correspondencias cotidianas. Tal vez un café y un cigarrillo ayudarían a poner las cosas en su lugar. Se vio desde el espejo del cuarto de baño explicándose lo que  ya sabía: Esperaba un encargo similar desde hacía tiempo y se había preparado concienzudamente para el momento en que surgiera. Había emborronado miles de cuartillas con cuentos, poemas y relatos. Había ensayado cientos de formas de contar un amanecer. Multiplicaba con soltura adverbios por sustantivos y obtenía etéreas metáforas de la lluvia. Circulaba con pericia por el extrarradio de la semántica y ahora se encontraba perdido entre un folio en blanco, un cenicero superpoblado, una jarra de café medio vacía y un eco entre las sienes: Cuatrocientas palabras…/… Repasó ávidamente sus escritos de los últimos años y hasta aquellos de los que se sentía particularmente satisfecho le resultaban insulsos, en el que no faltaba un adjetivo sobraba una cursilada…, éste está como sin acabar…, éste… ¡Qué sé yo! Estaba siendo duro, muy duro, con textos que eran buenos, pero había levantado el listón hasta el límite del miedo, donde una desazón incontable le viajaba por las venas hasta estrangularle el aliento y calificar sus mejores párrafos como los de un principiante carente de talento y de las agallas necesarias para enfrentarse a un editor que archivara sus páginas en la papelera.

Su Duende Bueno se mostró eficiente cuando, al encender el enésimo cigarrillo, tuvo la tentación de acercar la cerilla a todos sus papeles en una danza de fuego purificador que pusiera fin a tanta palabrería estéril amontonada en aquellas carpetas donde se había ido desgranando día a día desde veinte años atrás. Decidió aceptar el consejo del duende  y se fue a intentar dormir con la promesa azul de la siguiente mañana.

Amaneció esperanza sobre el folio desierto. Miró el calendario: «Día tres y tengo que entregar el cinco». Se le encendió la lamparita: «Ya sé –se dijo–, el tercer y el quinto artículo de cada carpeta». Apresuradamente extrajo lo que había decidido y se aprestó a llevarlo al despacho del editor con el deseo de que aún no hubiera llegado y dejarle los folios sobre la mesa con una nota para que él decidiera. O los tirase, ya se vería.

Regresó a casa y se dispuso a iniciar su trabajo de todos los días. El teléfono permanecía en silencio y a cada hora que pasaba crecía su convicción de que aquel montón de artículos estaban ya camino del reciclador de papel.

A las nueve y media de la noche sonó el teléfono y él sabía quién llamaba. Dudó por espacio de cinco o seis timbrazos.  Al fin se decidió a contestar y escuchar la sentencia, pero había decidido que no se hundiría en ella. La voz del editor se oyó clara en el auricular: «No vuelvas a hacerme esto. Te pedí un artículo de cuatrocientas palabras y me has traído un montón de cosas. No he podido hacer nada más en todo el día que leerlas. Son buenas. Las publicamos todas. Mañana a las ocho te quiero en mi despacho». 

2 respuestas »

  1. ¿Qué sensación de alivio al leer las últimas frases! Está muy bien el cuento. En la novela «Pregúntale al polvo» de John Fante, Arturo es un pobre escritor a quien le falta inspiración. Le manda una carta a su editor para explicarle las circunstancias de su actual crisis de falta de creatividad. El editor responde que eliminará de la carta el saludo final, pondrá un título y la publicará.

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  2. Muchas gracias, Denis, por tu comentario y el dato que me das.
    Me parece un halago extraordinario aunque mi intención al escribirlo no era inquietar a nadie.
    La mitad del texto es exactitud biográfica, la otra mitad le da soporte literario. Como bien has apreciado, es la tensión que se produce cuando para aquello que te has estado preparando, estudiando, entrenando…. alguien desde su poderoso lado de la mesa te dice “¡adelante!”
    Los músicos y los actores lo llaman miedo escénico y no desaparece con el tiempo sino que se alimenta de la expectación que sabes o crees que generas y, por unos minutos, te hace desear estar en otra parte, tal vez esperando el contrato que ahora te permite salir a escena. Con un más que amigo llevamos tiempo dilucidando, aun sabiendo que no hay solución, si esta cosas son paradojas o parajodas.
    No conozco la novela que citas, he preguntado a san google y no diré que me sorprende pero que haya influido en Bukowski, y este después prologase otra edición, no es mala carta de presentación. Procuraré hacerme con un ejemplar y buscaré la película.
    Saludos
    JL

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