narrativa

Un encuentro casual. by Carlos Usin

Era un viernes de un caluroso mes de julio, lo que, unido a las vacaciones estivales, provocaba una gran afluencia de gente en el aeropuerto, con sus maletas y sus bártulos, algo que contribuía a esa sensación de bochorno, de ahogo, de masificación. Además, los controladores aéreos se habían puesto en huelga y habían conseguido que el espacio europeo fuera un caos, provocando retrasos en todos los vuelos y un estado de ansiedad y crispación en todos los afectados.

Se había quitado la chaqueta y se había aflojado la corbata, pero aún así, no podía sustraerse al calor, a la humedad y al nerviosismo, aunque esto último, tenía menos que ver con la atmósfera que le rodeaba y más con el motivo que le impulsaba a hacer aquel viaje, que marcaría el futuro de su vida.

Mientras esperaba la llamada de su vuelo, intentaba aplacar su ansiedad paseando de un lado a otro, con pasos cortos, como un animal salvaje enjaulado, a la espera de que hubiera algún asiento libre.

Después de estar paseando unos cuantos minutos, las sucesivas llamadas por los altavoces a los pasajeros de los diferentes vuelos y sus destinos, provocó que hubiera algún sitio para sentarse, algo que aprovechó de inmediato. Además, el asiento tenía detrás una columna lo que le permitió apoyar la cabeza. Se encontraba algo cansado.  Después de una jornada laboral, sólo había tomado un sándwich y una coca como almuerzo y entre eso, el calor, la tensión y el cansancio de toda la semana, estaba algo cansado y somnoliento. Por un momento cerró los ojos e intentó tranquilizar su respiración y relajar sus tensos músculos. Entonces le asaltaron un montón de imágenes del pasado, de recuerdos, de vivencias que hacían aún más difícil apuntalar la decisión que había tomado. Fueron sólo unos segundos y al abrirlos pensó que había visto a un ángel.

Era rubia natural, con unos inmensos ojos azules como el cielo, entorno a metro cincuenta o cincuenta y cinco, pero muy atractiva, con una cintura estrecha y piernas bonitas. Lo suficientemente hermosa como para despertarle de su vuelo imaginario. Estaba morena por el sol y se notaba que era una chica con clase y dinero. La clase la demostró por el modo en que se movía y el dinero por los complementos que llevaba que eran de firma.

Debía tener alrededor de los veinticinco. La descubrió paseando por el lugar, delante de él, como él había estado haciendo hasta hacía unos minutos, y sus miradas se encontraron casualmente un par de veces, tal vez más. Vestía de manera informal pero elegante; llevaba una camisa transparente, muy ligera, de lino, en un tono hueso, una falda por encima de la rodilla haciendo juego y unos zapatos cómodos y elegantes, de diseño italiano. De pronto, se sentó a su lado.

Al cabo de poco tiempo ella le preguntó algo sobre algún vuelo, o si había retraso. Una excusa para romper el hielo y entablar una conversación.

Comenzaron a hablar de cosas intrascendentes: el calor, la huelga de los controladores aéreos franceses que colapsaba el espacio europeo, el retraso de los vuelos como consecuencia directa, las vacaciones.

Era una chica abierta y simpática. Hablaba con un acento casi imperceptible. Su voz era suave y se notaba que estaba acostumbrada a viajar y a tratar con personas muy diferentes. Hablaba con soltura y un poco deprisa. Era educada, entusiasta y siempre miraba a los ojos, lo cual era una delicia.

Se fijó en sus labios: eran gruesos y rojos; sus dientes eran blancos y su sonrisa amplia y sincera; su perfume no lo pudo descifrar, pero era ligero, fresco y muy agradable. Pensó que esa chica debía tener miles de pretendientes alrededor. Lo tenía todo.

Mientras charlaban descubrieron que los dos tenían el mismo destino y además en el mismo vuelo. Una coincidencia más.

Los altavoces anunciaron la salida de su vuelo y juntos se encaminaron hacia el finger. Él albergaba la esperanza de que el azar siguiera jugando a su favor e hiciera coincidir sus asientos. Así podrían continuar con su animada charla. Al entrar en la nave y a pesar de las circunstancias, comprobaron que el vuelo no iba lleno y había algunas plazas vacías, lo cual, aprovecharon para sentarse juntos.

Se llamaba Marina, un nombre que hacía juego con sus bonitos ojos. Era medio italiana, medio española, de ahí que tuviera ese leve acento. Sus padres estaban separados desde hacía tiempo y ella iba a pasar unas vacaciones con unos amigos: «seguramente daremos una vuelta a las islas Baleares en barco. Ya lo hemos hecho otras veces y es estupendo». Le gustaba mucho el mar y todo lo relacionado con él: navegar, nadar, el sol, la playa… También le confesó que venía de asistir en Italia a un campeonato de Aguas Bravas, en el que falleció un medio novio que tenía y venía a reponerse del batacazo e intentar olvidar un poco.

Fue entonces cuando ella le preguntó cuál era el motivo de su viaje. Sin saberlo, estaba a punto de convertirse en la primera persona de este planeta que escucharía de sus labios esa frase:èPara decir a mi mujer que nos divorciamos.

—Su rostro acusó la natural sorpresa.¿Ella sabe algo? – preguntó atónita después del bombazo.

—No, no sabe nada.

—¿Tampoco se lo imagina?

—No.

—¡Pues vaya noticia que le vas a dar! ¿Y tú cómo estás?

—Mal.

Mientras el vuelo seguía su ruta ellos continuaron con su charla y fueron compartiendo más intimidades. Hablaban en voz baja. Él no quería que se notara que se acababan de conocer y la gente pudiera pensar que intentaba ligar con ella. La verdad es que cualquier observador medianamente avispado, se habría dado cuenta que, en todo caso, la que estaba ligando, era ella. No era que la chica no mereciera la pena, es que él no tenía el ánimo para esas cosas en ese momento.

El avión finalmente tomó tierra. Ninguno de los dos había dejado de hablar desde que se encontraron en el aeropuerto. Fueron juntos a recoger los equipajes. Mientras esperaban la aparición de las maletas, él se sentía muy incómodo, pero Marina no era el motivo. La razón era que tenía que enfrentarse con su hasta entonces esposa y no le apetecía nada. Sin embargo, sí le apetecía mucho ver a su hijo.

Las maletas aparecieron y no tuvo más remedio que despedirse de Marina. No le pidió el teléfono ni ningún dato personal. Sabía que había sido un encuentro casual, de esos con los que la vida te regala a veces. Se dieron un beso de despedida, se desearon suerte y se alejaron.

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