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Una segunda oportunidad. By Carlos Usín

Si todo divorcio es siempre un duro y amargo trance para cualquiera, para una persona como ella, con sus firmes creencias religiosas, practicante y convencida de que su matrimonio sería para siempre, supuso un auténtico trauma.

Ser la esposa de un notario de Madrid era lo más cercano a poseer un título nobiliario. De ahí que, para Pilar, -una mujer atractiva, inteligente, culta, con carrera, con clase, de familia bien y consagrada a criar y mantener la familia del notario -, supusiera un especial fracaso. Era un brusco giro para lo que la vida no la había preparado.

A pesar de que su abogada consiguió sin demasiados esfuerzos, una cuantiosa asignación mensual que cubría con creces las necesidades tanto de ella como de los niños, Pilar, tras su divorcio, se sumió en una profunda depresión que intentó superar a base de alcohol, principalmente, y sustituyendo las visitas a su confesor, por las del psicólogo. No había mucha diferencia entre ellos, si exceptuamos que el primero trabajaba gratis y el segundo, recibía unos nada despreciables emolumentos.

Superar su divorcio, aunque fuese a duras penas, fue duro. Lo de su nueva afición al alcohol, eso ya era harina de otro costal, pero recordaba una frase que leyó en alguna parte y que encajaba perfectamente con su estado de ánimo: «El sueño, es el refugio del pobre».

Sea como fuere, Pilar fue soltando lastre y se fue despojando de un montón de principios. De todos esos principios que, según le habían inculcado, si los seguía, sería feliz. Ella fue fiel a esa formación y un día se encontró con que estaba en mitad de la vida de otra persona y desde luego, no era nada feliz. Así es que, a partir de ese momento, como mujer inteligente que era, decidió seguir los principios de Albert Einstein quien decía: «No hay nada tan estúpido como pretender que las cosas cambien, haciendo lo mismo de siempre». Y Pilar se puso en marcha, se echó la manta a la cabeza y cambió.

A través de uno de esos portales de citas que se autodenominaban “para gente con clase”, contactó con un hombre, de edad madura, – como ella -, divorciado – por supuesto – y proveniente de una larga y gloriosa familia de militares, lo que le proporcionaba una sensación de robustez, de solidez, de seguridad. Para él su divorcio también supuso un duro trago, tanto a nivel personal como familiar. Se encontraron dos náufragos en mitad de una tempestad e intentaban salvarse el uno al otro.

Esa nueva relación tuvo un efecto muy beneficioso para Pilar. Le proporcionaba una seguridad económica y sentimental. Se sintió nuevamente útil, deseada, y como consecuencia, su auto estima volvió a donde solía. Abandonó la bebida y dedicó su nueva vida a su nuevo amor. Vació todas las botellas de alcohol en el fregadero y las dejó expuestas en la cocina para enviar un mensaje nítido a su compañero. El mensaje le llegó y puso las suyas vaciadas junto a las de ella. La vida le había concedido una segunda oportunidad y no iba a desaprovecharla. Se dedicaría a él todavía con más ahínco que en su primer matrimonio. No estaba dispuesta a perder otra vez. No se lo podía permitir. Su divorcio había provocado ya bastantes disgustos en sus seres más allegados. Podía decir, por fin que, otra vez, era feliz.

Un día mientras ella estaba en la cocina preparando la cena para ambos, escuchó un estruendo en el salón que hizo que diera un respingo del susto. Acudió espantada al lugar preguntándose qué podría haber originado ese espanto. Su grito desgarró el silencio del domingo en el bloque de viviendas, provocando que algunos de sus vecinos se presentaran en su puerta llamando al timbre para interesarse por lo ocurrido. En el salón, sentado en el sofá, yacía muerto, él. Había cogido su arma reglamentaria y se había pegado un tiro en la boca, esparciendo la sangre y los sesos por toda la habitación.

Cuando la policía entró en la vivienda tirando la pesada puerta blindada abajo, encontró dos cadáveres. Los dos con sendos disparos en la boca.

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