joyas para leer

SUEÑO 3. ¡MÁTALA! by Paula Castillo Monreal

Noches de vómitos, ansiedad e insomnio, eso es lo que nos espera durante los próximos meses. Rompimos el trato: estamos embarazados. Elisa, que lo quería, no lo lleva muy bien. Yo, reacio a perder nuestra libertad, prefiero no creérmelo del todo.

 Me imagino un niño en medio de nuestras vidas, vigilándonos, juzgándonos. Nosotros, ocupados solo en mantener sus necesidades. Nosotros, sin mirarnos. Nuestras conversaciones reducidas a comentar sus progresos. Para las nuestras, tendremos que aprender a cuchichear. Y los fines de semana: cursos para ser buenos padres.

Hasta que llegue el día, creo que seguiré sin creérmelo.

Aún no estoy preparado para la paternidad, todavía visito al psicólogo porque no puedo olvidar a mi madre haciendo el amor con mi padre y gritando obscenidades.  Me costó reconocerla cuando saltó sobre él y comenzó a atizarle. Me fui dando tumbos y dejé de pensar que tenía un padre. Iba a verlos todas las noches, me quedaba en el pasillo frente a la puerta abrazado al arlequín de trapo, regalo de mi madre, y del que no podía desprenderme aunque fuese cumpliendo años. A mi padre, dejé de mirarle a la cara, y mi madre continuó dejando la puerta abierta. Siempre me hizo creer que yo podía mirar sin ser visto.

La última noche de soltero que pasé en la casa de mis padres, me entretuve un poco más contemplando la escena.  Me imaginaba a Elisa, entonces mi novia, montada sobre mí usando el látigo.  Y en mi ensoñación, en ese lugar privilegiado del pecado, me sorprendió mi madre exhibiéndose ante mí desnuda. Estaba guapísima, y la besé. «Soy un degenerado, estoy enfermo» le dije al terapeuta. ¿Cómo puedo dejar de pensar en la escena del beso?

Con los ojos cerrados para serenarme un poco, una luz fluorescente golpea sobre mi cara impidiéndome pasar a un sueño más profundo. Trato de desviar la mirada, pero el muñeco de trapo que aún conservo, me sigue. Su sonrisa blanca y sus ojos de botones negros no dejan de mirarme. Se quedan pegados a mi retina los colores brillantes del traje de rombos que le hizo mi madre. Cada vez que quiero deshacerme de él, mueve la cabeza haciendo sonar los cascabeles del sombrero, y da un salto para esquivarme. Tiene la agilidad de un gato. Solo deja que se le acerque Elisa.  

–¡Shhh…silencio! –le digo cuando comienza a sacudir la cabeza– vas a despertarla.

Y de un salto se sube al techo y comienza a caminar boca abajo sin dejar de observarme. Alarga el cuello y su cara queda casi pegada a la mía. Mueve la nariz chata y me sonríe, aunque descubro en los labios perfilados en rojo, una expresión de amargura que reconozco. En ese mismo instante, como una tortuga, retrae el cuello que esconde dentro del traje, y con la boca abierta saca su lengua de serpiente de cascabel para decirme:

–¡Mátala!

–¡Shhh! –le digo.

–¡Mátala o ella te matará a ti!

–¿Quién me matará?

–La niña. –Señalándome la cama junto a la mía.

Al mirar, compruebo que está vacía; la colcha estirada, los cojines en su sitio. Elisa no está allí. No existe ni una arruga en la que se intuya su presencia.  La llamo, primero con un hilo de voz. Nada.  Después aúllo. Nada.

–¿Dónde está? –Reclamo mirando al muñeco piojoso.

–¡Búscala! –me dice riéndose–, en cualquier sitio del mundo puede haber un escondite.

Recorro cada habitación de la casa intentando olvidar su desagradable presencia. Enciendo las luces que encuentro a mi paso y las paredes dejan de existir. Toda la casa es ahora un jardín amplio y agradable con olor a eucalipto. Veo a Elisa sentada sobre el césped, el pelo rubio le cae cubriéndole la espalda. Sin parar de crecer, el césped se convierte en trigo. He de dar un salto para que no se enrede entre mis pies. Elisa tiene la espalda encorvada y, con ambas manos alrededor de la boca, lanza un grito sobre la grieta que se abre ante ella.

–¡Elisa! –grito yo también estremeciéndome.

–Ya estoy aquí –me dice al aparecer por la puerta, demacrada–. No he parado de vomitar en toda la noche.

–Túmbate a mi lado. Ya verás como se te pasa –le digo intentando no parecer asustado.

El demonio de trapo, con su traje multicolor, espía nuestras conversaciones desde su rincón de siempre en la estantería. Quieto, piensa que puede mirar sin ser visto.

Continuará Lunes Próximo

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