joyas para leer

Orígenes: UN PAISAJE DE LEYENDA. Por Mercedes G. Rojo

El Teleno (Picu Talenu, en la denominación tradicional cabreiresa) es una montaña española, la más elevada de los montes de León

Uno de los recuerdos que tengo de mí misma es el de una niña profundamente enamorada de las historias que se sucedían a mi alrededor contadas primero por la voces profundas de mi padre y de mi abuelo materno, y luego desde los libros de los que, por fortuna, pude rodearme desde pequeña. Una niña a la que le gusta observar el paso de las nubes en el cielo, con un continuo trasiego de seres y formas que aparecían y desaparecían con la misma velocidad del viento, e imaginar las vidas de los personajes que un día podrían haber discurrido entre los históricos edificios que conformaban el entorno más cercano en el que mi día a día se desarrollaba. De alguna manera siempre me he preguntado de dónde me viene esta afición a escribir presente en mi vida yo diría que desde que tengo uso de razón porque, aunque no siempre las palabras acabasen en el papel, siempre me recuerdo fantaseando con ellas, imaginando diálogos con seres reales pero también imaginarios, tejiendo respuestas que a menudo quedaban abortadas en mi mente, explicando(me) circunstancias que a veces veían la luz y otras quedaban diluidas en la timidez de una niña que siempre fue un tanto ajena al mundo que la rodeaba.

Esa afición a emborronar cuartillas crecía en mí paralelamente a mi afán lector, pero también al placer de escuchar las muchas y diferentes historias que algunas de esas personas más cercanas a mi vida (como mi padre, heredero de una tradición de filandones) me regalaban día a día y que recibía con el mayor de los placeres. Así que sí, mis orígenes como escritora están sin duda en la tradición oral que me acompañó durante los primeros (muchos) años de mi vida, en mi apetito voraz por los libros que quedaban al alcance de mis manos (algunos –la mayoría- no aptos precisamente para mi edad) y, aún más allá, en los paisajes que me rodeaban y que dieron alas a mi imaginación desde mi más tierna infancia, y a los que sigo acudiendo a menudo en busca de la inspiración o de la tranquilidad para arrancar mis afanes literarios.

He repetido muchas veces que crecí bajo el influjo mágico del Monte Teleno, el monte ya sagrado desde épocas inmemoriales, donde moraron los dioses de épocas prerromanas, extendiendo su halo de misterio sobre el territorio y sus gentes. Por mi cuerpo corre sangre maragata, sangre de una estirpe de gentes que iban de aquí para allá recorriendo caminos y recogiendo historias. Y, además, crecí entre juegos bajo la atenta mirada de la misteriosa presencia de Pedro Mato, personaje del que a día de hoy no se conocen más que datos de leyenda pero no de realidad, que vigila siempre silencioso desde las torres de la catedral, junto al palacio de ensueño que un mago de la arquitectura nos regaló un día y en el que tantas horas jugué perdiéndome entre el foso seco que lo circunda, bajo la mirada adusta de unos seres siempre vigilantes desde la altura; junto a la casa del poeta que hablaba de versos pero también de misterios; entre calles por las que discurre el Camino de Santiago, con ecos de gentes que llegan de todos los lugares, también cargadas de historias que las mueven entre realidades y búsquedas; en fin, en una ciudad cargada de leyendas que nos llegan desde las épocas más remotas… Realidades todas ellas en las que la palabra siempre ha tenido un peso muy específico.

Y en esa rica y compleja realidad, me enseñaron a observar desde bien chica, y esa observación despertó en mí la curiosidad por saber que se escondía más allá de lo que veía, buscando respuestas a las preguntas que me surgían momento tras momento,  para buscarlas -si no las encontraba- en las que yo misma creaba para ellas. Y con el tiempo me llegó la necesidad de compartir aquello que hallaba o recreaba y, como no siempre me resultaba fácil encontrar el momento para ser escuchada, acabé volcándome en la escritura, a sabiendas de que aún a través de ella me quedarían siempre demasiadas cosas por decir. Seguramente de ahí venga el origen de mi andadura por los caminos de las letras, tan variados como variadas son mis inquietudes.

5 respuestas »

    • Sí, Mercedes, tienes toda la razón. Cada persona es un mundo y hay muchas experiencias intimas y no compartidas nunca tras las pieles arrugadas de cualquier anciano. Me encanta escucharlos y descubrirlos. Las mismas pasiones que sabe reflejar un poeta o escritor las siente cualquier persona anónima. Me refería, a que hubo un tiempo en que la transmisión oral era la que estaba al alcance de las clases sociales más desfavorecidas, estaba la memoria colectiva, y luego siempre había algún aporte individual que enriquecía la memoria comunitaria, o identidad del grupo o clan. Recuerdo la generación de mis padres, escuchando la radio en corrillo cuando la tv no existía, igual que antes se narraban historias al lado del fuego. Luego en según que sociedades se ha perdido, no ya la transmisión oral, sino la propia comunicación.
      Lo triste del asunto, bueno, no es tristeza exactamente, es una especie de velo de melancolía, es ser consciente de que a menudo, al igual que la flor solitaria de un cactus en el desierto, florece sin que nadie pueda contemplar su belleza ni sentir su perfume. Pero lo hace sin propósito, es su naturaleza inevitable. Así, muchas historias no han sido contadas, pero no quita que hayan existido y hayan sido vividas. A veces algunas se salvan del olvido, como las que cuenta Mercedes, y de alguna manera pasan a formar parte de nuestra propia historia y vida. Nunca hay encuentros insignificantes.

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