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OBSERVADORES PERPETUOS DESDE SU MUNDO PERDIDO by Reyes García Doncel

Imagen facilitada por la autora.

Reyes García-Doncel

Imágenes descascarilladas de santos, planchas viejas, ruedas oxidadas y discos rayados esperan, llenos de polvo, sobre las mantas o las viejas mesas de cocina que hacen de tenderetes, ser comprados por algún curioso que recorra la calle Genovés. A Ana le gustan los espejos antiguos con manchas negras por las esquinas; sobre todo los de tocador, pues en ellos resulta muy fácil imaginarse como una dama romántica del XIX, una prima donna de la ópera italiana, o incluso una duquesa rusa antes de la revolución. Los domingos por la mañana, padre e hija mantienen el ritual de desayunar churros con chocolate en la Plaza del Mar, rodeados por puestos de carnosas flores y alegres pájaros, leer un periódico él y un tebeo ella, para luego bajar paseando por el variopinto rastro donde quien quiera vender algo, desde un cachorro hasta piezas irreconocibles de un electrodoméstico, tiene cabida. 

            —¡Mira, mira lo que he encontrado! —Su padre la llama entusiasmado, en su voz hay auténtico brillo de felicidad; le enseña una pequeña caja de lata como si fuera un tesoro, mientras desliza el dedo entre el batiburrillo de ambarinos, celestes o negros, grandes o chicos, parejos y desiguales, ojos de muñecas—: ¡Qué maravilla! ¡Justo lo que andaba buscando!

Ana palmotea también por el hallazgo. Con ellos, su padre adornará las piedras que recogen en la playa. Ella sabe elegir las que recuerdan vagamente a un animal, para que luego, tras ser pintadas y pegarles un ojo, aquella materia inerte cobre vida y se convierta en un terrible dinosaurio, o similar pariente antediluviano, en un precioso pato de plumas azules, o en un pez con la boca abierta en el último resuello. Le fascina el poder transformador que esas pupilas, redondas y negras en vidrio coloreado, les dan a las piedras; tienen la medida vital para que colocadas en las estanterías del estudio, se conviertan en observadores perpetuos desde su mundo perdido. Y su padre es el gran creador de esa magia.          

Fragmento de la novela En el río trenzado

Reyes García-Doncel

3 respuestas »

  1. Una idea muy original, me encanta el relato. Había oído de personas que buscan piedras con formas que «recuerden» a algo, otras, más especializadas buscan un tipo de rocas pulidas y con agujeros que asemejan rostros humanos o ídolos prehistóricos, lo de los ojos de muñeca es nuevo para mi, y me ha sorprendido gratamente.

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