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ESTACIONES DE MUJER (PRIMAVERA) by Juanmaría G. Campal

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PRIMAVERA

Al único que se la podría contar es a él. Pero él jamás preguntó ni pregunta. Y además él me conoció de puta. Y no me quiso puta para él, ni con él. Y me quitó de puta. Y esta de ahora, sí, esta es toda para él. Y él me llama mujer, su mujer. Y yo lo llamo hombre, mi hombre. Y él lo es todo para mí, y él dice que yo lo soy todo para él. Y bien es cierto, que qué hermoso es ser su mujer. ¡Qué caray!… y su puta. Pero esto no lo sabe él. Aunque, en verdad, yo tampoco lo sé. Que no le finjo. Y no sólo no le finjo, sino que su gloria es mi gloria, y mi pena su pena. Y como que me ocupa el tiempo, y como que me preocupa, y como que… ¡Cómo temo que esto se acabe! Que algo falte. Que algo falle.

Él trabaja en el bar de enfrente. De camarero de esos que no miran nada pero lo ven todo. Yo bajaba todos los días a mi tardío madrugar a tomarme el desayuno almuerzo, que es una cosa así como la merienda cena de la decencia solo que más temprana y más bien del puterío, la golfería y eso otro más fino que llaman bohemia. Bajaba todos los días menos “los domingos se cierra para descanso de la clientela”, que dice el cartel que cuelga tras la barra. Esos días yo los resistía a leche y bollerías. Y no trabajaba por cosas del pueblo y de casa y de que ya que no honraba a padre y madre, al menos, sacrificar las fiestas. ¡Uy Jesús! ¡Santificarlas, santificarlas!

Al principio, como ya dije, no hacía nada más que mirarme con disimulo, cuando él, inocente, creía que yo no le veía por-que no le miraba. Parco en palabras siempre. Su pregunta: ¿qué desea, señora? A mis gracias al ser servida su: de nada, señora. A mi, ¿cuánto es?, su lo que fuese, y señora. Nunca un comentario de más. Nunca una palabra de menos. Y siempre, su señora.

Una mañana me mejoró el vino del plato del día, sin empeorar el precio. Se lo comenté con extrañeza. Que había sido como ponerle paz al plato retirar el peleón. En vez del de la casa, le he puesto el que yo me tomo en casa –contestó, no sin cierto azoramiento–, pero si no es de su gusto le vuelvo al mismo, señora. No, no –le dije con agradecimiento–, para mí es un placer, pero… Para mí una alegría y… no hay más que hablar, señora, no se preocupe usted por eso. Y no me preocupé. Bueno, no me preocupé hasta que un día, un lunes, al darme la vuelta del pago, y con su mayor discreción y mi mayor sorpresa, él dijo y yo escuché: ¿Podría recibirme el domingo, por la mañana? No me lo creerán, pero me sonrojé. Y aún no sé por qué. Quizá por su delicadeza. Quizá por lo inesperado. Dudé unos segundos. Pero y por qué negarme, al fin y al cabo, yo era lo que era y él trabajaba el resto de la semana de noche a noche. No antes de las doce –le contesté en voz baja– ¿sabe la dirección? Es… La sé, la sé –me cortó–, no se preocupe, a las doce y media estaré allí, señora, y muchas gracias.

La sé, la sé… Hice memoria. Pero no, nada. ¿Muchas gracias? Comprobé que no le había dejado propina. Y, como siempre, no, nada. Que un hombre que me pidiera cita lo hiciese con gratitud y me la constase anticipadamente, no era experiencia ni propia, ni ajena, ni conocida que yo sepa. Sin duda, sus muchas gracias, eran cosa de entre amabilidad y corteza. Era imposible que sus muchas gracias tuviesen otra miga.

Con el primer cigarro en casa olvidé la cita. Pero cada día me la recordaba, no él, sino el brillo de sus ojos. Y así cada día hasta el domingo, en que todo era olvido. Tanteaba la leche en la nevera cuando sonó el timbre. Entremiré el reloj y pasaba media hora del mediodía. Y en ese momento me vino él, que ya estaba en la puerta, a la cabeza. Yo descansaba, así que si me veía, más que gustarle, le asustaría. Comprobé por la mirilla por si… Pero no, nada. Allí estaba. Entre flores y papel, asomaba. No sonreía, ni nada. Estaba al otro lado de la puerta y, sin embargo, como que me miraba. ¿La verdad? Me jodió no estar arreglada… Abrí:

–Perdona mi aspecto… acabo de…

–Casi lo prefiero así. Además, está en su casa.

Ya estaba adentro. Yo no daba crédito. Junto a la puerta abierta, con el ramo de flores ya en mis manos, lo miraba. Aún sentía dos besos en mis mejillas y como que estaba colorada. Él con dos bolsas de papel en las manos, allí plantado, esperaba. Pero, sobre todo, sobre todo, me miraba. Con voz de contento, medio sonrió:

–¿Espera a más, o los que vamos a ser estamos?

–Estamos, estamos… en qué estaré pensando…

Cerré la puerta y me debió de notar que no sabía qué hacer con el ramo de flores que seguía en mis manos.

–Lléveme a la cocina y déme un jarrón, ande.

Obedecí mientras intentaba recordar cómo estaría la cocina. No había grandes riesgos, pero ya se sabe que nunca se sabe.

Con qué maestría colocó las flores en el jarrón, con qué ale-gría las manejó dejándolas aún más airosas. Y sobre todo, con qué naturalidad. Con la misma que me preguntó:

–¿Ya te duchaste?

Y aquí, creí yo haber descubierto, al cambio al tú, por fin, un escrupuloso o el indicio de un raro. Por lo que casi tímidamente le dije:

–Pues aún no… Ya te dije que… Pero no tardo nada…

–¿No tardo nada? Será que no tardamos. ¡Ven! Llévame al cuarto de baño. Y me cogió la mano.

Me sentía perdida. Aquello era nuevo. Y él, desde luego, no era el que yo frecuentaba cada día. Me debió de notar el azoro, porque enseguida me dijo que no me preocupara. Y a ello me puse. Pero, claro, cómo conseguirlo cuando a seguido él se puso a desnudarme. Ya lo decía yo, me decía, un raro, una cosa son y otra parecen. Pero no, nada. Apenas sus dedos rozaron mi piel, yo entre que me sorprendía y más me desconfiaba. Cuando se agachó para sacarme las bragas por los pies y tuvo su cara tan allí que sentí su aliento, me dije: “ya está”. Pero no, nada. Se levantó con ellas en las manos, las dobló y las puso sobre el cesto, como si supiera de toda la vida que era el de la ropa sucia. “¿Cómo te gusta el agua?”, me preguntó. “Muy caliente”, le susurré yo la temperatura por ver si ya se dejaba de agites. Pero ni por esas. No sé cómo, se había desnudado. Se metió el primero en la ducha, abrió el agua que pronto empezó a humar. Me pidió la mano, la puso bajo el agua, y al ver que yo la retiraba rápida mezcló agua fría hasta entibiarla. “¿Ibas de farol, eh?”, me sonrió. Volvió a pedirme las manos y me llevó hacia él. “Por fin” –me dije. Pero no, tampoco, nada. Con una suavidad desconocida fueron sus manos esponja para mi cuerpo. No hubo lugar exento. No fue más allá. Yo lo veía embotijado y esperaba, casi al borde del deseo, su arranque. Pero no, nada. Y con igual suavidad fui aclarada. Y todo se llevó el agua, hasta su pujanza, menos mi azoramiento, que además de por su suavidad, desacostumbrada, por el leve frotar, deslizar de la toalla creo que fue en aumento. Mientras me alisaba el pelo, no sé cómo se vistió y allí lo tuve peinada tras mirada, mirada tras peinada, hasta que, incrédula, sorprendida y desconfiada, le es-peté un:

–¿Y ahora qué…?

–¿Ahora qué? ¡Ahora fiesta!

Me arregló la bata que me había puesto, peinó con sus dedos el mechón de pelo que me caía sobre la frente, cogió mi cara entre sus manos, me miró con sus ojos contentos, me cogió de la mano, me llevó a la cocina, me sentó en la encimera. “Estás en ayunas, seguro”, dijo. Me sirvió un vaso de leche. Y comenzó a sacar de las bolsas que había traído cosas y cosas que me parecían comestibles, pero algunas de las cuales yo jamás había visto. Sacó una botella de vino del que me acompañaba últimamente los desayunos almuerzos y la tumbó con gran delicadeza y en un paño envuelta sobre una zona sombreada de la meseta.

–Tú, ahora, observa. Solo observa. Voy a hacerte el amor a mi gusto, a la cocinera.

Y comenzó a silbar, y a mirarme, y a cantar, y a mirarme, y a pelar, y a mirarme, y a cortar, y a mirarme, y a limpiar, y a mirarme, y a salar, y a mirarme, y a freír, y a mirarme, y a especiar, y a mirarme, y a cocer, y a mirarme, y a pizcar, y a mirarme, y a mezclar, y a mirarme, y a extender, y a mirarme, y a hornear, y a mirarme, y a… mirándome:

–¿Eres puta por puta, o por putadas?

–¡Qué caray! ¿Y a ti qué te importa? –me revolví.

–No, nada, por saber…

–Pues a aprender a la escuela, no te jode…

Y yo me enfadé, pero él no, nada. Él dio una palmada y:

–Hala, ya está. Hoy podemos comer la carne. El pescado y la sopa, cuando enfríen los guardas. Estarán mejor mañana.

Comimos sin mediar palabra. Yo lo evitaba, él me miraba. Él recogió la mesa. Yo dije que ya luego todo lo fregaba. Miró la cocina y medio sonriendo dijo que de todas las flores que allí había yo era la que más le gustaba. Yo pensé, ya está, uno al que le gusta la siesta entrepernada. Pero no, nada. “Me voy”, soltó, y cogiendo su chaqueta enfiló hacia la entrada. “Ya llegarás”, me dije. Pero llegó y no, también nada “Y no te enfades mujer, prefiero preguntar y creer que no errar por suponer”, dijo de espaldas. Yo estaba perdida. No le dije nada. Se giró y me miró. Cogió mi cara entre sus manos, besó mi frente, mordisqueó mi nariz y se despidió: “hasta mañana, si es que, con lo que te dejo hecho, algo te falta”. Y se fue. Y allí quedé yo con mi pero, y con mi no, y con mi nada.

Y entre por vergüenza y porque comida aún había y yo ya estaba, el lunes no bajé. El martes sí. Creí que él diría algo. Pero no, nada. Al café le pedí la nota. Al dármela, me pidió cita. Al cobrarme, se la di. A la vuelta le brillaban los ojos.

Aquel domingo me cocinó para hasta el martes. Y hasta el miércoles al siguiente. Al de la otra semana me llegó hasta el jueves. Y al que lo siguió hasta el viernes me alcanzó. El primer sábado que me avitualló, apenas comí, y eso que sobraba. No le había visto en toda la semana, y del domingo dudaba. Pero sí, al café le pedí la cuenta. Al dármela, me pidió cita. Al cobrarme, se la di. A la vuelta le brillaban los ojos.

Yo desesperaba en la cocina, cuando sonó el timbre. Remiré el reloj que había mirado mil veces y había ido tan quedo los últimos minutos. Media hora de las doce pasaba. Comprobé por la mirilla por si… y sí, allí estaba. Casi entre flores y papeles asomaba. No sonreía, ni nada. Estaba al otro lado de la puerta y, sin embargo, como que me miraba. Me jodió no estar arreglada… Abrí:

–Perdona mi aspecto… acabo de…

–Casi lo prefiero así. Además, estás en tu casa.

…Me arregló la bata que me había puesto, peinó con sus dedos el mechón de pelo que me caía sobre la frente, cogió mi cara entre sus manos, me miró con sus ojos contentos, me cogió de la mano, me llevó a la cocina, me sentó en la encimera y como cada domingo:

–Tú, ahora, observa. Solo observa. Voy a hacerte el amor a mi gusto, a la cocinera. Como me gustaría hacértelo todos los días, antes y después de hacértelo como el hombre que más te desea y más te ama.

Y comenzó a silbar, y a mirarme, y a cantar, y a mirarme, y a pelar, y a mirarme, y a cortar, y a mirarme, y a limpiar, y a mirarme, y a salar, y a mirarme, y a freír, y a mirarme, y a especiar, y a mirarme, y a cocer, y a mirarme, y a pizcar, y a mirarme, y a mezclar, y a mirarme, y a extender, y a mirarme, y a hornear, y a mirarme, y a…

–¿Por qué no nos ponemos frescos y a partir de hoy te lo ha-go todo fresco cada día?

Y me llamó apio, y me aró, y pepinillo, y me navegó, y ostra, y me lamió, y almeja, y me besó, y ternera, y me pellizcó, y percebe, y me chupó, y sal, y me sopló, y aceite, y se me deslizó, y arroz, y se multiplicó, y pasta, y se ralentizó, y pechuga, y me besuqueó, y zanca, y se me entregó… y…

Ahora, bajo todos los días a verle después de comer. Y una vez que he puesto orden en la cama. Sigue parco en palabras. Pero dice tanto con sus discretas miradas. Y enseguida silba, y enseguida canta. Y todo, silbar y cantar, y poner y recoger, y preguntar y cobrar y voltear y todo, entre mirada y mirada.

Ahora, a casa, al pueblo, voy poco, casi nada. Y nunca en verano. No vayan a decirme de un siempre, de un refrán, para el que yo no valga y me vengan otra vez las penas y las putadas, y se agoste esta primavera que ya ni soñaba.

Además, estoy tan ocupada. ¿Que ponga qué? ¿Enamorada? Quizás luego. Ahora no, ahora oigo la llave de quien amo, ahora, abre la puerta quien me ama.

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Publicado en “Textos al aire”, Editorial Akrón, 2009.

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