narrativa

LA CARTA

By Paula Castillo Monreal

Les llegó solo a los miembros de la junta. La bodega del Callejón de Asta, la de la Marquesa, iba a convertirse en un Hotel Boutique, y a la Comunidad de Pipistrelos, afincada en ella desde el siglo XIX, se les instó a que se marcharan en el plazo de un mes.   

Hubo una revolución.

Los Pipistrelos llegaron con las primeras uvas a esas tierras de viento y de luz. Las trabajaron a cambio de comida y unas cuantas vigas de madera donde colgarse a descansar. Acabaron con las mayores plagas de mosquito verde y de polilla del racimo, y ayudaron cada año a la polinización de la flor. Al morir la Marquesa, todo cambió.

            El hijo, y nuevo propietario de la bodega, asistió a la reunión. Llegó el último. Iba vestido impecable para la ocasión. Tuvo que limpiarse las gafas un par de veces antes de comprobar que, sobre la tierra albero, unos individuos que parecían ratas se sostenían de pie, chillaban agitados y pataleaban mientras el jefe pedía silencio levantando el ala.

Vestían con traje, al igual que el Marqués. Recostado sobre una cuba, intentaba escuchar lo que decían y no caer presa del aburrimiento.  Dejó pasar el tiempo y se le empañaron las gafas con el aroma del vino. Dejó de ver.

            Los murciélagos se quitaban la palabra y peleaban por contarle al Marqués las batallas vencidas. Las numerosas derrotas también. Anécdotas de sus vidas arriesgadas en la lucha contra las plagas. Frío y hambre, y orgullo también. Derramaron lágrimas y

abrazos, tomaron vino que extrajeron de las cubas con las antiguas venencias, y el

Marqués recuperó la vista. Reconoció su valor y les prometió no tocar ninguna de las vigas que se habían ganado con su trabajo y abnegación.

Delante de ellos rompió la notificación del desahucio y volvió a ver borroso.

            Los Pipistrelos lo celebraron durante semanas, se emborracharon y durmieron la mona colgados boca abajo de las cerchas de hierro que sostenían el tejado. Con la lengua fuera sin ningún pudor, emitían pequeños sonidos que rebotaban en el espacio, y mantenían despierta a la ciudad.

            Hasta el día que entraron las orugas y derribaron el tejado.

            Dicen que en la huída llevaban al marqués entre los cuatro más jóvenes, y que lo han visto colgado boca abajo de las vigas del campanario.  

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