narrativa

BEBER A TRAGUITOS CORTOS by Paula Castillo Monreal

A la vez que la tarde perdía su luz y recuperaba las sombras, María, sumergida entre un cielo gris y un mar del color del cielo, intentaba mantenerse a flote, en medio de unas olas que empezaban a levantar sus crestas de blanco brillante.  Al mirarlas con algo de reposo, bien podrían parecer una pintura de Guardi, pero María no podía ni debía concederse ningún reposo. Se concentraba mirando al horizonte, al menor despiste podría tragar agua, y el pánico la ahogaría.

Dudó por unos segundos en abandonarse, pero algo más allá que su simple instinto de supervivencia hizo que continuase moviendo las piernas a un ritmo lento y uniforme y a tensar los músculos del vientre, consiguiendo que su boca quedase siempre por encima del agua y así mantenerse a flote.

María había desarrollado una hidrofobia severa unos meses después de perder a su primer hijo.  El embarazo había sido normal. Sin problemas y con muchísima ilusión. Pasaron –ella, y su marido, Manuel– los meses de verano en la casa familiar de La Charca, cerca de Posadas.  Allí estiraban las tardes hasta que veían aparecer la luna con los pies metidos en el agua, y si bien Manuel no hablaba, María lo hacía por los dos.

El niño nació a mediados de septiembre y, nada más nacer, le diagnosticaron una hidropesía con insuficiencia cardiaca y respiratoria.  Tres meses de hospital y soledad para que al final, María tuviese que cerrar los ojos de su bebé. Los ojos que el niño no había tenido tiempo de abrir. Y mientras le arropaba entre sus brazos en un intento por devolverle la vida, no dejaba de oír su débil y ahogado lamento.

La vida siguió su curso, y María y Manuel lograron tener más hijos que les devolvieron la alegría. Pero lo que no lograron ahuyentar, fue el miedo irracional de María a ahogarse. El miedo a morir ahogada. Ella, o los niños. Obligaba a los gemelos a usar salvavidas siempre que iban a la playa, y a beber el agua a traguitos cortos para no atragantarse. En sus peores momentos, y aunque jamás se lo contó a nadie, no se atrevía a ducharse sola y a Marimar, la bebé, la lavaba pasándole toallitas húmedas por si se le escurría en el baño.

Aquella tarde había salido a pasear por la playa con Laura, una mujer varios años más joven que ella, a la que le unía una amistad profunda de pocas preguntas y muchas respuestas.  Se conocían hacía tiempo, aunque solo se veían los escasos meses de verano que María y su familia pasaban en Nerja.  

Las tardes de finales de agosto huelen a melancolía, le había dicho María a Laura. El pueblo se va quedando vacío. La gente olvida antes de partir para sus ciudades, los buenos momentos que han pasado. Coches cargados de maletas, niños y ancianos deseando volver a sus casas. Pero tú todavía no te vas, le dijo Laura, no agües nuestro paseo y cambia esa cara. Hoy vamos a tener la playa para nosotras solas.

La marea estaba baja y una lengua de arena unía las dos calas plagada de gaviotas. María y Laura seguras de que nadie las podía ver, corrían detrás de ellas persiguiéndolas mientras arrancaban en su vuelo con un graznido y estruendo poco común. Y entonces se reían las dos y, con los pies metidos en el agua, olvidaron el tiempo y todo lo que no fuera risa.  Hasta que la marea comenzó a subir.

Laura tiró de la mano de María, pero no pudo arrancarla de su éxtasis. Con los ojos puestos en el horizonte y sin dejar de mover los pies que ya no se apoyaban en la arena, María no quiso hacer caso de los gritos de Laura que se iba alejando hacia la orilla. En pocos minutos dejó de verla.

Erguida, intentando mantener el cuello tieso y la cabeza alta, María comenzó a sentir el agotamiento. Y mucho frío también. Sus piernas ya no se movían lentas y controladas. Las doblaba hacia el pecho quietas, en un intento de descansar, y al hundirse, movía los brazos en círculos.  Por mucho que apretaba el vientre, los músculos dejaron de mantenerla a flote. Se estaba ahogando.

María siente como se afloja, ya no quiere continuar. Abatida, siente náuseas, pánico. Se hunde cada vez mas.

La niña grita y llora mirando a su madre con los ojos ahogados en lágrimas, y la madre sale de su ahogo dando un brinco y sacando a la pequeña del baño. Y mientras la envuelve en la toalla, le seca la cara y besa sus lágrimas, la mira y piensa: otro día más que nos has salvado de morir ahogadas. Y le da el biberón a traguitos cortos para que no se atragante.

Categorías:narrativa

Etiquetado como:,

2 respuestas »

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s