narrativa

El Caso Olvera By Ana Laura Piera

(Link al blog de Ana)

Una sombra se introdujo en la habitación del enfermo. Olía a una mezcla de medicinas y orines, un olor que por más que se limpiara permanecía acechando todo el tiempo, como un animal.

Tiempo atrás, como una flor marchita que se deshoja en el viento, Francisco Olvera había empezado a soltar sus más oscuros secretos. Afectada su psique a causa del daño causado por diversas enfermedades debilitantes, salieron a la luz infidelidades sin fin y el hecho de tener, oculta, a otra familia.

A pesar de la oscuridad, la sombra se movió con precisión, pues conocía el dormitorio de memoria tras mucho tiempo de entrar y salir de él llevando alimentos, ropa limpia, medicinas y productos de aseo.

Él siempre aparentó ser un hombre intachable y exigió esa misma rectitud a los de su casa. Reaccionaba exageradamente ante cualquier falta, por nimia que fuera, y le hacía la vida imposible a su mujer, Clara, celándola al extremo, temiendo que quizás ella también era capaz de lo mismo que él. Sintiéndose traicionados, y sin poder reclamarle nada, pues Francisco ya no los reconocía, sus dos hijos se negaron a volverle a ver.

La sombra sacó del armario una almohada y se acercó al espantapájaros que dormía en el lecho. Colocó la almohada sobre el rostro que adivinaba enjuto y aplicó toda la fuerza de que era capaz para impedirle la respiración. El hombre comenzó a moverse, pataleó e intentó con débiles esfuerzos quitarse aquello que lo ahogaba.

Mientras aquella boca vomitaba los escabrosos detalles de su doble vida, Clara se perdía en preguntas sin respuesta: ¿Por qué ella no había sido nunca suficiente? Recordaba cuando él regresaba de alguna de sus continuas ausencias, siempre buscando la menor excusa para acusarla de deslealtad. Y después, cuando tenían sexo, ¿estaría él pensando en alguna otra mujer? A veces, asqueada, dejaba de atenderlo con el esmero que siempre había puesto desde el momento en que cayó enfermo, hacía ya varios años.

En minutos, el cuerpo quedó laxo. Cuidadosamente, la sombra devolvió la almohada a su lugar y salió para dirigirse a la cocina donde se preparó un té. Por primera vez en mucho tiempo Clara sintió paz. Ahora solo faltaba organizar el funeral.

Al cesar el flujo de información, la detective Greta Sánchez se tambaleó y tuvo que apoyarse en la reja del jardín, que crujió ante el embate de su cuerpo, que además de alto, cargaba algunos kilos de más. Clara, la viuda, pensó que aquella enorme mujer que se había presentado como una nueva vecina se estaba sintiendo mal y le ofreció agua. Greta siempre se mareaba cuando leía en los ojos de las personas y todo tipo de datos comenzaban a llegarle de la nada, como si su mente fuera una antena. Los ojos cansados y tristes de Clara le habían revelado muchas cosas. Clara insistía que pasara al interior de la casa y tomara un poco el fresco. En vez de eso, Greta se despidió precipitadamente y retornó a su diminuto y caótico departamento, donde se puso a calentar comida congelada, que acompañó con varias cervezas mientras rumiaba sus pensamientos. Con la información que tenía no sería difícil hacer confesar a la viuda.

Esa noche a Greta le costó mucho trabajo conciliar el sueño. ¡Francisco se parecía tanto a su propio padre! Un hombre vil y mentiroso que siempre antepuso su placer a su propia familia. Recordó a su madre y todas las penas sufridas a causa de su marido.

Al otro día se entrevistó con la mujer que la había contratado: Luz Olvera. Era un personaje desagradable y nervioso, con cara de halcón, que no paraba de pasar unas llaves de una mano a la otra.

—Y bien detective… ¿Qué pudo averiguar? ¿Lo mató la perra de mi cuñada verdad?

Greta fingió repasar las notas de su libreta, luego se pasó la mano por su melena corta y descuidada y en la que ya se asomaban algunas canas, después miró fijamente a su interlocutora, tratando de que su «antena» no captara nada, esto requería a veces de un gran esfuerzo, pero era necesario para no enloquecer.

—Lo siento, no encontré nada extraño, su hermano murió de un paro respiratorio, tal como lo determinó el médico de la familia.

Luz hizo un mohín de disgusto y decepción y sacó su cartera para pagar los honorarios de Greta. Mientras lo hacía, esta pensaba en que debería de dejar los sentimentalismos de lado, su negocio como detective síquica no marchaba bien y este tipo de cosas no la ayudaba. La mujer salió de su oficina dando un portazo pero Greta se sintió aliviada. Su mano buscó en un cajón de su viejo escritorio y sacó una botellita de whisky, le dio un trago largo y pensó: «mañana será otro día».

Autor: Ana Laura Piera

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