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UN DIA EN UNA CIUDAD DE MAR

by Paula Castillo Monreal

Día 1

Los perros son una excusa. Aquí donde estoy amanece pronto. Siento urgencia por atrapar cada minuto del día. Le miro a él, inmóvil me da la espalda.  Nunca le gustó la mañana. A veces, al salir de casa, la sangre mancha la acera, testigo de la noche. Llegan arriba las voces y la riñas. Siempre son por amor.

 Santa Catalina es un invernadero a esta hora temprana. La lluvia imaginaria lo envuelve. Adoro el parque y su despertar, estrenarlo, el primer café.  Ya no es igual que hace veinte años. La primera vez que me desperté con él, con sus palmeras y flamboyanes, sus cactus y sus buganvillas, todo respirando, exhalando vida, se me inundó el corazón de una alegría desconocida, y me convertí en otra. Ahora todo es nuevo. Yo no. También aquí ha llegado el minimalismo. Han cambiado los adoquines por una partida de baldosas baratas. Han bordeado los alcorques de las palmeras con bloques de hormigón para que no puedan acceder los perros. Han sustituido la exuberancia y el desorden natural de la naturaleza por unos cuantos cactus colocados en doble fila. Las terrazas de los cafés ya no tienen su carácter, ni su particularidad. Son todas iguales. Así lo exige el ayuntamiento. Da igual Nuevo Río que Lolita Pluma, te puedes sentar en cualquiera sin saber muy bien en cuál estás.  La mente readaptándose. Siempre preferí el barroco y la ansiedad, las dudas, la melancolía y el grito. Nada minimalista, vamos. Todavía me produce excitación el paseo por el callejón que desemboca en el parque. Una extraña ansiedad me provoca la risa y hace que recuerde aún el primer día que lo descubrí. Corro para no perderme la lluvia cada vez más rácana, y el humo que desprenden las plantas ignorantes de su destino. Todo respirando. También yo; hasta que el camarero, vestido de negro desde por la mañana, me tira el café encima.

Los mercados son de colores y huelen a vida.  Vuelvo a casa con Marisol, que me habla sin parar. Una vida minimalista la de Marisol.  Siempre había oído que tenía tres hijos, una hija casada que vive al lado, y dos hijos más pequeños.  Hoy me he enterado de que, en realidad, Marisol solo tiene una hija. Los otros dos niños son niños prestados. Al mayor se lo prestaron con tres meses, al pequeño a la semana de nacer.  A Marisol le prestaron los niños porque disfrutaba mucho con ellos y todo el mundo sabía que su marido era incapaz. A Rosaura, la madre, que no le gustaban nada, tuvo demasiados. 

Marisol comenzó a llevárselos poco a poco; primero a pasear unas horas y liberar a su madre que estaba muy ocupada en la tienda. «Les doy una vuelta hasta que cierres». Más adelante, el paseo se convirtió en parque y comida, y después de la comida, vino la siesta: «luego te los bajo, que me da mucha pena despertarlos», me dijo que le decía. Y prosiguió su relato.  Como en invierno anochece pronto, y Rosaura no cerraba hasta las ocho, empezaron a quedarse también a dormir y a desayunar. La habitación de la hija convertida en habitación doble. A la madre siempre le pareció bien a pesar de que no sabía ni quien era Marisol ni dónde pasaban los bebés, las horas.  El padre de los niños tampoco puso mucho impedimento, aunque sí le hizo saber a Marisol, que él era el padre, y que tenía que saber si los niños comían, dormían y hacían caca con toda normalidad.  Así que, como al marido y a la hija de Marisol también les pareció bien, no hubo más que hablar; Alberto y Fernando pasaron a ser los niños prestados de Marisol que ahora ya tienen novia y que vienen dos días a la semana a comer con ella.  Todo el mundo lo sabe. Yo no lo sabía, ahora sí.

Me acuesto después que él. Su cuerpo aún conserva el porte que tenía de joven. También el pelo que se le desmorona en rizos sobre la ceja levantada. Cuando veo su cara reflejada en el espejo, ¡coño!, me asusto, pero hasta para ser espíritu es necesaria la belleza.

Los días de ciudad y mercado suelen ser agotadores. Escribo ahora en la terraza mientras el sol se va, y recuerdo que comencé a correr hace veinte años y todavía no he parado.  Fueron el mar y Tritón, el Atlante y el Auditorio los que me ayudaron en la tarea de comenzar.  Mis retos consistían en ir llegando.  El día que subí al Atlante quise gritar. Todavía conservaba las escamas del minimalismo. Era un espectáculo para el corazón mirar la bahía amarilla desde allí, desde esa escultura poderosa elevando los brazos al cielo. Supe que la isla era mi comienzo, que podría rugir con ella y escupir lo que me sobrase.  Así lo hice. Kilómetros, recuerdos, soledades y amor me unen a esta isla que no fue nunca mía hasta que comenzó a serlo. Hasta el día que ella quiera y hasta el día que quiera yo.  No sé cuál es nuestro trato. 

Desde donde escribo veo su montaña majestuosa y muda, potente en su estar, dejándome ser. También se asoma el mar, su mar inmenso y bronco, levantando crestas y haciéndome huir, o invitándome al beso y a ser junto a él.  Amo a los dos.  Así entiendo yo el amor.

Apago la luz y me mira. Siempre le gustó la noche.

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