narrativa

Eternidad by Quirico Molina

—¿Qué haces si los médicos te dicen que te quedan cuatro semanas de vida? Según la opinión de la mayoría: resolver los asuntos pendientes, «ajustar las cuentas» —utilizando una jerga mafiosa—  antes de que sea demasiado tarde. Por eso hemos venido aquí, un paseo al lado del agua nos calmará.

El corazón le da un vuelco a Paula, detiene los pasos, su mente escarba frenética entre las capas de recuerdos ¿Qué ha sucedido realmente, qué ha olvidado? Pero lo que surge es otra pregunta distinta.

—¿Cómo pueden estar tan seguros? ¡Cuatro semanas es nada! —exclama ella, y reanuda el paseo, las hojas crujen bajo sus pies.

—Las cantidades no importan, Paula, son relativas. La calidad de vida equilibra la cantidad de años vividos.  Si dices un mes, uno solo, entonces el tiempo parece aún más escaso y vertiginoso en su devenir; en el lenguaje de los calendarios veintiocho días ya parece otra cosa, si lo expresas en horas, 672 ya es una pequeña fortuna, y en segundos son millones, exactamente: 24.474.240 latidos, toda una eternidad.

—Sí, claro, visto así tienes razón, pero… —detiene de nuevo los pasos y escucha el aleteo de las hojas que comienzan a agitarse bajo una leve brisa—. ¿Para qué hemos venido aquí? ¡Podrías habérmelo dicho en casa! ¡Podrías haberme dejado acompañarte al médico para recoger los resultados de la revisión anual ¿Qué no era nada? ¡Nos hicieron unas malditas pruebas bastante molestas y intrusivas para asegurarse de que todo estaba bien!  Y ahora hablas de cuatro meses ¡No debiste habérmelo ocultado, soy tu esposa!

Una lágrima desciende por su mejilla y Roberto la recoge con el dorso de la mano. El viento incrementa su fuerza, ya no es un susurro ni un coro melódico en las copas de los árboles, silba y sopla con ráfagas violentas que zarandean las ramas y doblegan las hierbas que bordean el sendero.

—Hemos venido  aquí, a este camino junto al río, entre alisos, abedules y fresnos, para que  el murmullo del agua se lleve la aflicción, es bueno que el fruto no sea amargo, la amargura estropea el dulzor de la vida especialmente si echa raíces en el corazón, eso nos transmite la longevidad de estos gigantes amigos —le responde él, abriendo los brazos hacia la masa arbórea en un achuchón invisible, y sonríe.

El vendaval se ha convertido en un animal furioso que aúlla y manifiesta todo su poder, toda su violencia: quiebra ramas que se lamentan y chasquean antes de caer al suelo,  mutila a un viejo abedul y derriba un álamo seco que recuerda a un candelabro, un alno es partido por la mitad dejando a la vista su madera color calabaza; las hojas en su paroxismo se agitan espasmódicamente aferrándose a los tallos.

Ella ha entendido, es una celebración, extiende los brazos en cruz con las palmas abiertas al cielo y gira, y ríe mientras grita con todas sus fuerzas.

El viento danza en círculos convertido en una espiral envolvente y, en un último giro,  arrebata a  los árboles hojuelas amarillas, rojas y naranjas que lanza al aire convertidas en una nube de mariposas.

Paula se acerca a Roberto, se funden en un abrazo y se miran a los ojos. El aire cesa súbitamente, el tiempo también, las hojas detienen su caída y permanecen suspendidas en un espacio sólido y cristalino.

—Me gusta la palabra ’Eternidad’ —dice Paula.

—A mí me gusta más la palabra ’Instante’, ¿bailamos?

Los pies inician un ritmo, las hojas comienzan a caer sobre sus cabezas.

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