narrativa

UN DIA CUALQUIERA EN UNA CIUDAD DE MAR —02

By Paula Castillo Monreal

DIA 2

            Las luces de la noche todavía alumbran la bahía que no se deja ver detrás de las grúas. Recuerdo a mi padre cuando oigo el toque de corneta que llega desde la Base Naval del puerto. Siempre nos contaba que como sabía tocar la armónica, le hicieron corneta al comenzar el servicio militar. «Es todo cuestión de soplar con ritmo», decía.

            La casa es grande para mí. La recorro cada mañana con tiento, esperando que aparezcas y descubro tres continentes diferentes. Me asomo por la ventana del dormitorio naranja; nada. Los cielos despuntan malvas, los fotografiabas siempre. Continúo con sigilo la ronda por este hogar abierto que mira al mar. Desde la ventana del dormitorio verde, la silueta de la montaña de Guía perfila un cielo morado que se hunde en el mar. Nada. Termino en la nuestra y, sin hacer ruido, miro las nubes que entran con furia por Las Coloradas. En cualquier momento el cielo se cubrirá de gris como cualquier día de julio.  Me da miedo girarme y no encontrarte. Nada. Paso de largo por la puerta de espejo siempre entreabierta, como él me observa, no me atrevo a cerrarla. Miro, sin embargo, la fotografía que reposa sobre la cómoda del hall junto con los cachivaches que traje de Marruecos, y parece que me sonríe. Los dientes blancos y el pelo que le reposa en la ceja; un rizo de caracol negro sobre la frente blanca, lisa. Sale del mar, varias gotas de agua tiemblan sobre las pestañas. Al fondo se distinguen las olas de septiembre. Derrocha futuro. El olor que desprende el cuarto de los espejos es el suyo. Lo cierro y lo abro, lo cierro y lo abro. Lo dejo abierto. El espejo me devuelve el gesto extraño. Me miro y salgo huyendo. El entrecejo fruncido, los ojos saltones. Imposible escapar de las ojeras que me envuelven. «Estoy lista», le digo a mi reflejo amoratado. Llego tarde a la cita que no es más que un puro invento. Hoy, el camarero de negro no me ha derramado el café. Tengo ganas de salir de esta atmósfera de incienso. Es mi hora sagrada, siempre lo fue. Después del beso, me escabullía y salía a escondidas para llenarme del día. Amaba los viernes, por el bullicio. Hoy es viernes y el bullicio me es ajeno. Cuando volvía a casa ya se había perfumado. Tomábamos aliento antes de besarnos. Ahora solo huele a iglesia y a muerto.

Nunca pensé encontrarme con él después de tantos años.

            Yo, no es que crea en los espíritus, pero esta noche me ha levantado la mano. «Eso sí que no, viejo estúpido» le he gritado. Encendí la luz y salió huyendo. Me ha dejado descompuesta. La primera vez que lo vi, acababa de llegar del tanatorio. Llevaba abrazadas en el pecho las cenizas de Laura. No creo que sea posible tanta tristeza. Las dejé sobre la cómoda junto al paquete de Marlboro y las otras cosas que aún guardo. Me tumbé y cerré los ojos por si podía verla. Pero allí estaba él.

Apareció de pronto en el umbral del dormitorio, con sus anchos hombros encogidos y la cabeza erguida, me preguntó dónde dormía. Estaba tan abatida y decepcionada por la imagen, que le dije que si no hacía ruido se metiese en la cama conmigo. Me abroché hasta el último botón del pijama y crucé las manos sobre mi garganta. Fue la primera vez que lloré.

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