narrativa

EL POLVO

By Javier Caballero Bello

Polvo. Cuantas cosas quiere decir esta palabra.

Según el estado de cada uno, su mente divagará por un sitio u otro, picando por todos los significados y connotaciones.

Desde la cosa más etérea como el polvo cósmico, a la más mundana, como una relación física rápida.

En un primer lugar y según de lo que se esté hablando, lo primero que nos viene a la mente es el hecho mismo del acto sexual. “Echar un polvo” comenzó a popularizarse cuando estaba de moda que los señores esnifaran rapé, el tabaco hecho polvo, allá por el siglo XVIII; y que cuando se cansaban de estar con las señoras en los actos sociales, salían de los salones para esnifarlo, enseguida se hicieron tertulias de señores que, con la excusa de “echar un polvo” dejaban a las damas solas. Poco a poco, esas salidas fugaces se convirtieron en escapadas para amores furtivos, con el significado que ha llegado hasta nuestros días. Pero ahí está, la palabra “polvo” en el polvo del tabaco.

Pero no es este al polvo al que me refiero. Es al polvo común, al corriente que esta por todas partes. Ese que a nadie le  gusta, al que combaten todos. Me refiero al polvo doméstico, al que esta en las casas, el que todo lo tapiza. Se posa en todas partes, sitios altos o bajos; todo tipo de superficies, lisas o rugosas. Da igual lo que se haga, los medios que se empleen para desterrarlo. Siempre vuelve como un pariente incómodo.

Hay una similitud con la jungla húmeda, amazónica o ecuatoriana; cuando los entendidos dicen que no se la puede mantener a raya, que por mucho que el hombre se afane en robar terreno a la selva, ya sea a golpe de machete, de exfoliantes o de incendios, en cuando se descuida, la selva recupera lo suyo, como un monstruo de tentáculos verdes sediento de terreno.

Pues algo así ocurre con el polvo de las casas; se puede estar limpiando continuamente, utilizando todo tipo de productos de limpieza, máquinas aspiradoras modernas y costosísimas. Da igual, unos pocos días bastan para que el polvo se adueñe de la casa o de la estancia más impoluta.

Pero, ¿qué es el polvo y de qué esta hecho?

Pues en realidad, es complicado. No hay un polvo universal, tampoco hay una composición nacional o geográfica. En realidad está compuesto de nada importante; son minúsculas cosas que están por allí, a nuestro alrededor que está formado de lo que nos rodea e, incluso, de parte de nosotros mismos.

Sí; el polvo tiene algo de humano, incluso se podría decir que tiene mucho de nosotros.

En su composición depende de la estación del año, del lugar geográfico donde se viva, zonas agrícolas o urbanas. También lo formamos nosotros los humanos o las mascotas con las que cohabitamos en una pequeña parte: restos de pelos, caspa, escamas de piel muerta o secreciones secas; residuos que transportamos como fibras de ropa. También micropartículas de arena que lleva el viento y se nos mete en las casas con las corrientes de aire. Y un sinfín de cosas más. Tantas que no sabemos en realidad de qué esta formado. Los alérgicos al polvo y los médicos especialistas que los tratan saben del “dermatophagoides”, ese ácaro microscópico, y sus deyecciones que son las responsables de tantas alergias y que viven en y del polvo de las casas.

Ya lo dice la Biblia, libro sabio por excelencia: “Entonces el Señor formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz el aliento de vida “ y “polvo eres y en polvo te convertirás” o “Y haré tu descendencia como el polvo de la tierra”, también  “Porque Él sabe de qué estamos hechos, se acuerda de que somos sólo polvo”. Por citar algunas frases y versículos ya que no es mi intención extenderme sobre este contexto.

Basta decir que el polvo tiene algo de humano, nos pertenece, es algo nuestro y tiene alguna de nuestras  características.

Lo que sí es cierto es que forma parte de nuestra vida, de nuestro entorno y de nosotros mismos. Se podría decir que tiene una personalidad y carácter propios en el sentido más psicológico del término.

El polvo tímido sería aquel que no le gusta desplazarse de su sitio, que se posa siempre en los mismos lugares o que tiene preferencia por determinados muebles o superficies, dejando otros lugares completamente de lado, impolutos, como si tuviesen un repelente.

Otro polvo sería más extrovertido, más viajero; que le gusta relacionarse con otros acúmulos de la casa. Sería el que forma los pelusones, esas marañas de pelos y masas algodonosas grises que siempre están en los mismos lugares. Parece que les gusta estar juntos, y que como íntimos amigos se guardan el sitio o se esperan en lugares concretos, siempre los mismos: detrás de determinada puerta, en un rincón muy concreto de una habitación, debajo de tal cama. No están en cualquier sitio. Sin que se sepa qué corrientes telúricas hacen posible su reunión. No importa que nos afanemos en limpiar, siempre, siempre aparecerán esos acúmulos en los mismos lugares.  Como fieles tertulianos en una mesa concreta de un determinado café.

También estaría el polvo cósmico, el hermano mayor del polvo doméstico, formado por lo que Dios desechó al crear el Universo y que como masas etéreas y fantasmales, vagan alrededor de las galaxias buscando un mueble, una superficie o el rincón de una casa donde posarse y descansar.

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