narrativa

Un día cualquiera en una ciudad de mar. by Paula Castillo Monreal

OJOS DE ZORRO

Salí hacia el desierto de Merzouga desde Fez. Me esperaban ocho horas en el autobús nocturno hasta Er-Rachidia, y una hora más de furgoneta para llegar al mismo corazón del desierto. Me habían recomendado que viajara de día, que  no podía perderme subir al Atlas y divisar sus valles, y tomar un café en Ifrán; la pequeña Suiza la llamaban. Y que tenía que ver los bosques y los lagos, y dar de comer a los monos que se ponían delante del autobús para que los turistas les tirasen golosinas. Pero en mi mente solo había una idea; atravesar Marruecos a oscuras –no tenía ningún interés en verlo—, y llegar a  Erg Chebbi al amanecer. Sabía que me daría algo que nunca volvería a tener. Iba sentada en una de las filas de atrás, el autobús estaba casi vacío. Conté: éramos ocho con el conductor. A mi lado una mujer saharaui vestida con una melhfa de color negro, roncaba. Cuando entró en el autobús apenas se le veían los ojos, pero por su mirada despierta, y aunque se movía con dificultad, intuí que no sería mayor. Se quiso sentar junto a mí aunque sobraban asientos. Ignoro si me sonrió al dejarla pasar. Yo sí lo hice, con sonrisa y desasosiego. Se dejó caer de lado mirando a la ventanilla y me dio la espalda. No la distinguía de la oscuridad que nos rodeaba, la negrura de la noche me envolvía entera. Solo podía ver hasta donde llegaba la escasa luz de los faros. De vez en cuando me levantaba y desde las ventanillas del fondo miraba el manto de estrellas que íbamos dejando atrás. El autobús era incapaz de esquivar las culebras.

            Había oído que en  Erg Chebbi se encuentran las dunas más grandes del mundo. Cuentan que las dunas son el castigo divino al antiguo pueblo de Merzouga; mientras se celebraba una fiesta en sus calles de arena anaranjada, llegó una mujer con sus dos hijos pidiendo alimento y auxilio. El pueblo volcado en la fiesta rehusó ayudarles y murieron allí, durante la celebración. Se desató entonces una furiosa tormenta de arena cubriendo al pueblo y sus habitantes. Desde entonces, parece que se escuchan gritos cuando el sol está en su cenit, saliendo de las dunas.

            Mi destino era Khamlia, el pueblo de los negros, así lo llaman. Lo habita la tribu de los Bambaras provenientes de los esclavos del África Central. Tras su emancipación subsistieron como nómadas. Solo trescientos habitantes a la sombra de las dunas de Erg Chebbi tocan el tambor para ahuyentar a los espíritus.

Durante los años que había pasado en Larache había entablado amistad con Sadiq,  mi ayudante. Cuando se enteró de la muerte de Laura, me invitó a pasar una semana bajo el influjo de la música gnawa, su música y su familia. Sadiq no había nacido en Khamlia ni era negro del todo, pero sus antepasados fueron de los primeros nómadas que se asentaron en la zona y él se había convertido en un cofundador de la asociación que mantiene el folclore y las tradiciones. «Su música te curará», insistió. Y allí estaba en medio del desierto sin saber de lo que me quería curar. «Te sanará aunque tú no quieras».

No he vuelto a trabajar desde que murió Laura. Me paso el día en casa mirando al mar, recordando cada cosa que hacíamos juntas, recopilando fotos y persiguiendo fantasmas. Recorro las calles de la ciudad y me siento en los parques con el anhelo de encontrarla. Necesito verla una vez más. A veces me pregunto para qué. Me aprieto fuerte la cabeza con las dos manos y cierro los ojos con la esperanza de que al abrirlos esté junto a mí. Vuelvo a Marruecos –el país que la asesinó– con la esperanza de sacármela de la cabeza para aprender a vivir sin ella. Solo le puse una condición a Sadiq: que no me fuese a buscar al aeropuerto. Llegaría sola en cualquier momento, sin fecha. Arrepentida, le avisé el día que salí de Las Palmas.

            Cuando llegamos a Merzouga, amanece. El pueblo teñido de rojo. La sombra negra pegada a mí. Subimos a la furgoneta la mujer de negro y yo, los otros se quedan esperando a que salga  la excursión en dromedario. Su negro me persigue, se ha sentado frente a mí oscureciéndome el paisaje. No me atrevo a levantar la mirada. Se ha instalado en mí una especie de sumisión que me crea violencia. Las otras ventanillas están pintadas de blanco, cubiertas de arena roja, y solo puedo mirarla a ella, erguida frente a mí. Cuando consigo mirarla, sus ojos me miran atravesándome. No puedo apartar la mirada. Son ojos de zorro del desierto, del color de la tierra. Y según los miro, se agrandan. Ahora son como dos ventanillas abiertas, limpias de pintura y de tierra. Y puedo ver las dunas anaranjadas, unas tras otras, sin horizonte, y los palmerales con tierra roja, y lagos de plata. Y hasta puedo escuchar los tambores de Khamlia y el vibrar de las lenguas escondidas. Las túnicas blancas cubriendo los cuerpos negros que danzan manteniendo la cabeza quieta a la espera de entrar en trance. Veo esconderse el sol y la línea ondulante de las dunas, ahora sí, con su horizonte. Y veo un zorro que se acerca, cada vez más, su hocico afilado me hace retirar la cabeza hacia atrás. Sus ojos detenidos en los míos. Son cuatro ojos mirándome. Cierro los míos pero los sigo viendo: los ojos de la mujer de negro, los ojos del zorro, los ojos de Laura con la pupila ovalada. Son los ojos de Laura. Y algo se me rompe por dentro. Estiro mis brazos para tocarla, pero al abrirlos la mujer tapada de negro no está. Solo Sadiq que ha entrado a por mí.

            Al salir de la furgoneta los tambores anuncian que he llegado.

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