Archipielago

THE BEATLES: GET BACK by Jesús Marchante Collado                       

Escribir sobre The Beatles no es una ocurrencia original; Lo sé, por supuesto. Sin embargo, viendo el documental del director neozelandés, Peter Jackson, artífice de la magnífica trilogía: El señor de los anillos, me vienen unas inmensas ganas de hacerlo. Además, el grupo de Liverpool, es, sin ninguna duda, mi preferido. Lo es desde que, siendo yo aún un infante, me colé en alguno de los “guateques” (sin chicos) que hacía mi prima (adolescente) con sus amigas. Allí sonaban canciones “ye-ye”: The Supremes; The Mamas & the Papas… y, claro está, The Beatles. En discos sencillos de 45 r.p.m., con las canciones de: With The Beatles, y las de: A Hard Day’s Night, que eran las que ellos acababan de grabar. Recuerdo que me fascinaba la carátula del último disco que he citado, con la cubierta dividida en veinte fotogramas con las caras de ellos, sobre un fondo azul celeste. Es verdad, que en el otro “single” que editaron (con más canciones, de la película del mismo título) el fondo era de color rojo: ese, también lo tenía mi prima en la colección de discos que poseía.

La música que inundaba la habitación, en la cual las adolescentes  movían sus esqueletos, enfundados en falditas y vestidos (muy a la moda) muy cortos, salía del humilde altavoz del tocadiscos, de la marca Philips, que mi prima poseía. En aquel tiempo, no había un giradiscos en todas las casas. Ella, de familia algo más acomodada, lo tenía; por ese motivo, invitaba a sus amigas, en los cumpleaños, y cosas así, a escuchar la nueva música. Eso sí, como he dicho antes, sin chicos. El único, escondido en un rincón de esa habitación, era yo, su primo; así qué, no corrían ningún peligro. Además, contaba cuatro años menos que ellas: por lo tanto, nada que hacer o proponer.

Ese, desde luego, es mi primer acercamiento a una música, la de The Beatles, que seguiría cautivándome desde aquel momento hasta este, en el que estoy escribiendo. Andando el tiempo, acabaría comprando todos sus discos (los LPs., algún “single”, y un E.P.: Magical Mystery Tour.

Mientras escribo, saco todos esos álbumes y puedo comprobar, algo sorprendido, que las tiendas donde los iba comprando llevan aún los sellos y pegatinas originales: Galerías Preciados (los grandes almacenes, ya desaparecidos, cuya propiedad, en parte, pertenecía a la señora del dictador, Carmen Polo) y Cortydix, la tienda de discos, de El Corte Inglés.

Entremos, ahora sí, en ese documental de Peter Jackson, de casi siete horas de duración, que he visto por dos veces.

Lo que consigue el director neozelandés, en un ingente trabajo, es construir, con las más de 60 horas de filmación existentes y 150 de sonido grabado, una obra excepcional.

La filmación, que se abre al inicio de 1969, está dirigida por el director de cine, y de teatro, Michael Lindsay-Hogg, hijo (según afirma en su autobiografía, publicada en 2011) de Orson Welles, que había acabado reconociendo que era su padre.

Habría que hacer algunas consideraciones, que considero de interés, antes de meternos de lleno en todo el meollo del documental.

La primera es qué, tanto Lindsay-Hogg, como los miembros del cuarteto de Liverpool, en ese enero de 1969, no llegan a los treinta años. Debemos exceptuar, no obstante, a otros personajes importantes que aparecen en la filmación, que son algo mayores: Yoko Ono, que tiene ya 36 años; Mal Evans, el gestor (en tantos sentidos) de conciertos del grupo, de 34 años; y, por último, George Martin, el productor musical, y artífice del grupo, que pasea con elegancia sus 43 años.

La segunda es qué, Brian Epstein, el descubridor y manager del grupo (considerado el quinto Beatles), había fallecido en 1967, con solo 33 años.

La tercera es qué, en 1966, el grupo había decidido dejar de dar conciertos en vivo.

Y la cuarta (para mí, tiene cierta relevancia) es qué, habría que tener en cuenta que, en ese enero de 1969, aún humean los rescoldos del “mayo francés”, con lo que esa sublevación, en toda regla, ha supuesto para la política a nivel mundial. De hecho, en Italia, las cosas se van a ir complicando, cada vez más: dando lugar a lo que yo llamo el “largo mayo italiano”, que durará hasta finales de 1979.

Añadamos qué, la Revolución cultural china (la Gran Revolución Cultural Proletaria), se sigue extendiendo desde 1966, y no finalizará hasta 1976.

Y, por último, qué, en septiembre de 1970, en Chile, Salvador Allende, ganará las elecciones presidenciales. No obstante, en 1973, un golpe de estado (financiado y apadrinado por los EE.UU., de Richard Nixon y Henry Kissinger), a manos del general Augusto Pinochet, acabará con la experiencia democrática y socialista de la Unidad Popular de Allende.

Éste, para mí, es el marco histórico en el que estos jóvenes músicos, algo disruptivos, tras la desaparición de Epstein, van a afrontar el proyecto de grabar catorce canciones y un concierto en vivo para la televisión.

Una pequeña observación final, política, importante: tengo para mí, que la interrupción, o destrucción, violenta, de los procesos históricos colectivos, es un acto criminal y terrorista.

Comienzan los ensayos (y por tanto la filmación) en los estudios de cine Twickenham, en los que, casualmente, Ringo está haciendo un film en el que tiene un papel como actor.

Desde el principio, la presencia de Yoko Ono, se hace notar. Está “pegadita” a Lennon, sentadita en una silla, a escasos centímetros del músico. Hace ganchillo, toma notas y hojea libros: está claro, lo ama con una profundidad que no deja de impresionarme.

Un Hare-Krishna, amigo de George Harrison, está sentado en uno de los extremos del estudio. Las cámaras lo graban en alguna ocasión.

Las melenas que lucen los cuatros son increíbles. Paul McCartney, porta una barba bastante interesante. Fuman todo el tiempo: Paul, incluso, puros habanos. Mientras ensayan, aparecen sentados en sillas de roble macizo (el color miel de esa madera es inequívoco), diseño años treinta del siglo veinte.

Improvisan un montón de canciones, que más tarde serán super conocidas. No obstante, en los sucesivos ensayos, se escuchan, aún, muy verdes. Mal Evans, va anotando, a mano, en grandes folios, las letras de las canciones. Tacha, y ordena, lo que ellos le van indicando. Luego, se las va poniendo delante, en los atriles, a la hora de comenzar a tocarlas.

Empiezan a discutir (con el director de la película y su equipo) sobre la posibilidad de hacer un concierto en vivo, en un antiguo anfiteatro romano, en Libia: en medio del desierto. Sin embargo, Paul, dice que nadie les sacará de Londres. En eso, se mantendrán inflexibles.

Cada miembro del grupo, en sus casas, compone sus propias canciones por separado. Cuando se reúnen en los estudios, tratan de hacerlas canciones de The Beatles. El bueno de Mal, les lleva todo el tiempo café, bollos, etc.

En un cierto momento, Harrison, que aparece siempre algo ensimismado, le comenta a Paul que le queda fenomenal la barba. Comenta, en voz alta (quejándose), que a Benjamin Britten, el conocido compositor británico, de música clásica contemporánea, la EMI le daría todas las facilidades técnicas; mientras que, a ellos, el equipo de grabación de ocho pistas, que han solicitado, no les acaba de llegar.

La colorida vestimenta que lucen, a diario, los cuatro Beatles, contrasta con la iluminación, también de colores, de las paredes de los estudios cinematográficos.

Improvisan One After 909, que John Lennon había compuesto con tan solo quince años. Se divierten, también, tocando el tema principal del film de Carol Reed (de 1949), El Tercer Hombre. George Harrison, improvisa All Things Must Pass, y se la ofrece a sus colegas.

Durante toda la filmación, muy a menudo, Harrison aparece como un músico independiente, autónomo, menos sumiso, como antaño, a Lennon-McCartney.

Paul lleva un suéter naranja increíble. George, luce un jersey amarillo de cuello cisne. John, va de fucsia. El color, siempre el color. Las paredes de los estudios, iluminadas, siempre, de rojo y de verde. Hablan, ahora, de Ray Charles.

Paul no para de hablar y de sugerir: lleva la voz cantante. En el estrado donde está plantada la batería de Ringo Starr, hay un búcaro, lleno de flores amarillas, de largas varas verdosas, que no pasa desapercibido.

“Me asusta ser el jefe; llevo dos años haciéndolo, pero yo quiero dejaros tocar…”, comenta Paul. George, le dice: “Hare lo que quieras que haga; si quieres, toco; o, si no, no toco. Sin embargo, no creo que sepas, realmente, cuál es el problema…” Lennon y Starr se mantienen en silencio.

Otro día, hablan de que Brian Epstein les imponía una cierta disciplina… McCartney, va de amarillo; Harrison, de verde manzana.

Cuando se ponen a improvisar Maxwell’s Silver Hammer, Mal Evans, en una fase de la canción, golpea con el martillo un yunque que han adquirido.

De algunos comentarios, se extrae la evidencia de que ven la TV.; sobre todo, la BBC2. George les toca I Me Mine. No obstante, nadie reacciona. Ante esa situación, Harrison dice: “si no la queréis, me la suda…”.

MAL, lleva un jersey verde hierba, super bonito. Ringo, endosa una casaca azul cobalto, preciosa. John y Yoko, bailan. Paul, en esta ocasión, va todo de negro.

Cuando Lindsay-Hogg, le pregunta a Paul sobre cómo debería ser la estética del escenario para la audición televisiva, le contesta: “Pregúntaselo a Lennon y Ono, ellos saben de eso, son artistas…”. Hablando sobre ese asunto, se menciona, de pasada, a Stanley Kubrick.

Dice Ringo, refiriéndose a Paul, que está sentado al piano Blüthner: “Podría estar horas escuchándole, porque es genial…”.

Aparece, por primera vez, Linda Eastman: un delicadísimo ángel rubio. Paul, improvisa, al piano, Another Day, composición de Linda y él mismo.

Le dice Linda, a Lindsay, el director: “Me siento muy relajada con Ringo…”. Él, asiente.

Paul improvisa, de manera increíble, la música de: Across the Universe; mientras va creando la letra, MAL la va anotando. Linda hace fotos con su cámara fotográfica: tiene una mirada muy especial.

Durante la grabación de la película, se suceden en Londres manifestaciones de índole racista y contra la inmigración. The Beatles, convierten la letra de: Get Back, en un alegato contra el racismo.

Yoko y Linda, departen con muy buen rollo. Mientras están ensayando algunas partes de Get Back, Harrison, de repente, suelta la guitarra y se levanta: “me voy del grupo, buscaros un sustituto…”, les espeta. No le gusta, en modo alguno, la manera que tiene, siempre, Paul, de dirigirse a ellos.

Después del almuerzo, los tres restantes, vuelven a los estudios, sin George, como si nada hubiera pasado. Yoko, aúlla al micrófono: todo se desmorona.

Aparece una morena misteriosa, de mirada penetrante: es Maureen, la mujer de Ringo. Si no aparece Harrison, contratarán a Eric Clapton.

Deciden reunirse, en casa de Ringo (con Yoko y Linda, incluidas), con George. Sin embargo, la reunión no sale bien.

En la segunda parte del documental, que ha montado Peter Jackson, en la primera sesión de la misma, sólo aparece Ringo Starr: vacila con los miembros del equipo de rodaje. Durante el rodaje, Ringo, jamás se pone nervioso, ni aparece estresado. Nunca protesta o regaña a nadie. En realidad, lo que ha captado Linda es absolutamente cierto. Un rato después, aparecen Linda y Paul. El “bassman”, así reza la pegatina en el estuche de su bajo, refiriéndose a Lennon (que no ha llegado y está ilocalizable), afirma algo así como que tendrá que elegir entre Yoko Ono y The Beatles: “no tendría que traérsela a las reuniones; si bien, esa, es una decisión suya…” continua con una especie de monólogo al que Ringo es totalmente ajeno. “Antes, cuándo estábamos juntos, en el mismo hotel, componíamos mucho más…”.

Cuando llega Lennon, salen a comer juntos los dos, menos Ringo. El equipo de rodaje ha instalado micrófonos ocultos en el restaurante. Conversan sobre cuál es el problema que tienen con Harrison. Expresan una cierta autocrítica. John le refiere a Paul que hubo un tiempo en el que ninguno de ellos podía criticar los arreglos que hacía él: no lo admitía. Deciden hablar con George. Sin embargo, no será posible: se ha ido a Liverpool.

En los estudios, Ringo le pide a MAL “anfetas”. Paul y Ringo se divierten tocando el piano a cuatro manos.

Durante todo el tiempo, las cámaras con las que filma Lindsay-Hogg son de la marca Arriflex. Me viene a la cabeza, enseguida, que son también las cámaras con las que rueda sus películas Stanley Kubrick.

En un determinado momento, McCartney, que está hablando con el director, hace alusión a Jean Luc Godard. En ese preciso momento, aparece por Twickenham, el actor Peter Sellers. Da la impresión de que, hasta ese día, nunca los había visto. Se sienta con ellos, todo tímido. Me sorprende, sobre manera, que Clare Quilty, el personaje al que da vida Sellers en la Lolita de Kubrick, con esa perspicacia destructiva que descoloca al, en el fondo, inocente Humbert Humbert, interpretado por el actor James Mason, se muestre aquí tan confundido, perdido e intimidado, en la presencia del ahora trío de Liverpool. Incluso, que el personaje excesivo de Lionel Mandrake, al que da vida Sellers, en la también película de Kubrick, Dr. Strangelove…, aparezca aquí, tan sin saber cómo comportarse. Películas que ya ha realizado años atrás, antes de encontrarse con The Beatles. Se va enseguida, algo aturdido, sin saber, siquiera, por dónde debe salir: me produce una enorme ternura.

Harrison, sigue sin aparecer. Los tres Beatles conversan y dicen paridas de continuo. Se divierten como niños. Lennon es todo un actor. Pone voces distintas, hace bromas, etc.

Concluyen volver a reunirse con Harrison. La reunión, esta vez, sale bien, y es muy constructiva.

Deciden cancelar, definitivamente, el proyecto inicial de actuar en directo en una transmisión televisiva. Además, se van a trasladar a los nuevos estudios de la compañía Apple, en Savile Row (la calle de las sastrerías a medida, muy cerca de Piccadilly Circus) para seguir grabando canciones allí.

El último día en Twickenham, mientras MAL y otros recogen todos los trastos, Paul improvisa al piano: Oh! Darling. Durante el fin de semana, instalan todo lo necesario en los nuevos estudios.

Lennon y Yoko, llegan en un impresionante Rolls Royce de color blanco; Harrison lo hace en un Mercedes, espectacular, también blanco; Ringo llega en un coche algo menos llamativo. A Paul, se le ve llegar a pie. Se sienten felices de haber dejado atrás los estudios cinematográficos, donde, en ningún momento, a decir verdad, se han encontrado cómodos.

En el exterior, los cámaras entrevistan a dos fans femeninas que también habían estado, montando guardia, en los exteriores de Twickenham. Sólo aspiran a verlos cuando entran o salen; nada más.

Harrison ha empezado a dejarse algo de barba; Ringo, siempre con su mostacho; y Lennon, completamente rasurado. Todos están en su salsa en Apple. Mientras sigo viendo el documental, tengo la extraña sensación de que, si quisiesen, podrían empezar a hacer música atonal. Incluso, llego a pensar, que estoy entre colegas.

Improvisan continuamente; se intercambian los papeles: Paul, a la batería; Ringo, al bajo. Deciden meter en los estudios un piano eléctrico. “Si Beethoven viviese hoy, tocaría en un piano eléctrico…”, dice alguien, al que no enfoca la cámara.

Ringo, con camisa floreada, en los límites de lo hortera. Otro día, todos van vestidos de verde, en distintos tonos de ese color que fascinaba a Cezanne.

Hablan de tocar, al aire libre, en Primrose Hill: una especie de colina verde, en el extremo norte de Regent’s Park. Aparece, para saludar, un viejo conocido, Billy Preston, algo más joven que el cuarteto. No sabe que buscan un teclista para el piano eléctrico. A los pocos días, está ya grabando con ellos. Billy, cuando es captado por las cámaras, no para de sonreír; tiene una sonrisa especial, contagiosa.

Yoko Ono improvisa, desfasando, gritando. Lennon, vestido todo de blanco, ensaya: On The Road To Marrakesh. MAL toca la pandereta como un niño pequeño. Le ha traído una pajarita morada a George. Exclama, Paul: “Todo cambia con una pajarita…”

Las cajetillas de Kent se vacían una y otra vez. Es la marca de tabaco que suelen fumar.

Aparece, por primera vez, la mujer de Harrison, Pattie, enfundada en un abrigo largo muy “déco”. Ringo saca una modernísima (para la época) cámara para filar en vídeo, de la marca Sony. Yoko dibuja caligrafías negras, sobre papeles blancos, fijados sobre las paredes de los estudios.

Al final, no se puede hacer el concierto previsto, al aire libre, de Primrose Hill.

Están filmando todo en 16mm., porque el proyecto era para una grabación televisiva: podrían hacerlo en 35mm., porque ahora será una película.

Quedan sólo dos días, por lo que será difícil encontrar un lugar para el concierto. Alguien del equipo de rodaje propone hacerlo en la terraza de los estudios. Deciden subir para otear el paisaje desde arriba. Me resulta curioso ver ese Londres, gris y feo, que se percibe desde el tejado de ese edificio. Es la misma época del Londres de Blow-Up, de Antonioni, película de 1966. Y aún siendo verdad que, en el film, al principio, cuando el grupo de mimos recorre, en un todo terreno, una cierta zona del centro de Londres, es también gris y fea, la ciudad es, todavía, maravillosa. Casi la misma maravilla que yo descubrí, en mi primer viaje, en el otoño de 1977. Era, aún, ese mismo Londres: el de 1966, y éste del documental de 1969.

 Me sorprende ver que la puerta de entrada a los estudios de grabación, en los sótanos del edificio, es antigua, de madera, con fondo en cuarterón, rompiendo la estética del conjunto. Es como una bofetada en plena cara.

Llegan Linda, Paul y Heather, la hija pequeña de Eastman y su anterior pareja. La pequeña, interactúa con todos: aprovecha para peinar a su “papi” adoptivo.

Aparece Harrison con un estrepitoso traje a rayas rosas, debajo del cual endosa una camisa, con chorreras, morada. MAL, muy elegante, con traje gris y corbata roja; Ringo viste camisa roja con lunares blancos. Linda Eastman, lleva una faldita estampada y calcetines altos, color hueso, como una inocente colegiala: me parece bellísima.

George Harrison quiere unos zapatos de cuero negro de una zapatería particular de Bond Street, una de las calles principales de Londres para hacer compras. Está relativamente cerca de la zona de los estudios Apple. Le pide a MAL que se los traiga.

Hace su entrada Lennon, con una especie de cachivache electrónico, un sintetizador de mano, de la marca Stylophone, que parece un órgano por el tipo de sonido que emite. John comenta que lo había visto anunciado en la televisión. Todos quieren manipular ese teclado, con el puntero que lleva adosado a él. Preston toca una canción de Harrison, Old Brown Shoe, que aparece en el extraño álbum recopilatorio del grupo: The Beatles Again, que luego se llamaría también, Hey Jude. Siempre me ha parecido inquietante esta composición musical de Harrison. En cualquier caso, los dedos de Billy Preston hacen magia con ese sintetizador, casi de juguete: se puede reconocer perfectamente esa música de Harrison.

Pronostican buen tiempo para el concierto en la azotea. Mientras están hablando todos: Glyn Johns, el técnico de grabación; George Martin, el productor musical, etcétera; Ringo comunica que se acaba de tirar un “pedo”. Dice, como si nada: “me parecía mal no decirlo…” Paul, reacciona: “voy a encender un puro…”.

McCartney empieza a poner trabas al concierto en la azotea. Sin embargo, Lennon acaba imponiendo su criterio, que es el del resto.

El director del film considera que es una cinta de dar vueltas y vueltas, a la que le falta una historia. Lennon, un poco al margen, dice que están muy cansados y por eso sólo tienen siete canciones, en lugar de las catorce previstas.

Paul, a un día vista del concierto, sigue sin querer subir a la azotea. Harrison, Starr y Lennon, quieren tocar como grupo. McCartney, en cambio, cree que están siendo presionados por el equipo de filmación, George Martin, etc. En ese momento, aparece el hermano de Paul, que lo rescata para llevárselo a comer.

George Harrison comenta que quiere hacer un álbum, con un montón de canciones que ha compuesto, para quitárselas de encima. A John Lennon, le parece estupendo. George insiste en una idea que ha puesto, en otra ocasión, encima de la mesa: estaría bien hacer cosas, por separado, al margen de The Beatles.

Improvisan canciones: Paul y John, tararean las letras entre dientes, sin abrir la boca, con los dientes muy apretados: uno se da cuenta de que suenan igual de bien que cuando las cantan normalmente.

Para el concierto en la azotea, el equipo de filmación instala hasta diez cámaras: una de ellas en el edificio de enfrente a los estudios. Otras, filmarán, a pie de calle, lo que vaya sucediendo. Una, incluso, está oculta, en la recepción de APPLE.

En el sótano, Glynn Johns y George Martin están ya listos para grabar el sonido que llegue desde la azotea; mientras tanto, The Beatles, están reunidos en una habitación sin saber aún ( a pesar de que es el día “H”) si quieren, o no, subir al tejado a tocar.

Hay un sol tímido, y hace bastante frío, claro está. Por fin, el grupo sube a la azotea. Van todos super abrigados. Ringo luce una especie de impermeable rojo, bellísimo. Paul, completamente de negro, lleva sólo chaqueta y una camisa de rayas bastante desabrochada, como si el clima londinense no fuera con él.  Salta sobre los tablones (una especie de tarima, que hace de suelo del tejado de los estudios), y se mueven: no pasa nada; es solo un tímido intento para hacerse con el espacio. Las chimeneas, de color barro, características de Londres, imponen su presencia sobre el escenario del concierto.

A McCartney, el más escéptico hasta ese momento, se le ve radiante, sonriente. Empiezan a ensayar alguna de las canciones: la música suena a todo volumen. La gente, abajo, en la calle, mira hacia un lado y hacia otro, tratando de averiguar de donde proviene ese estruendo que los pilla por sorpresa: no entienden nada.

Los ojos oscuros de la mujer de Ringo, me impresionan: emiten una especie de tristeza muy bella. La voz de Paul McCartney, en la primera canción que tocan, Get Back, se impone sobre las terrazas cercanas: en la calle, abajo, estupefacción. El piano eléctrico que aporrea Billy Preston, suena muy bien. Los pantalones verdes que porta Harrison contrastan, con fuerza, con el entorno grisáceo: cada vez hay más nubes y sopla el viento. Se les ve contentos, mientras siguen tocando. Un sénior, que me recuerda al Jacques Tati de las Vacaciones de Mr. Hulot, que también fuma en pipa, avanza por los tejados, con las manos metidas en los bolsillos de su gabardina, oteando al grupo en la azotea de los estudios.

Maureen, la mujer de Starr, se mueve feliz al ritmo de la música. Sus ojos tristes se tornan sonrientes. Por supuesto, Yoko Ono, también está en la azotea. No obstante, mantiene siempre ese semblante serio, como distante.

Abajo, en la calle, entrevistan a un señor mayor, que porta una gorra de visera: “creo que le dan algo de vida a Londres: me gusta su música, es muy agradable…”.

Cuando el equipo de filmación pregunta a los viandantes, que deambulan algo perplejos por la calle, si saben de qué grupo se trata, todos responden que: “¡The Beatles!”. Hay ingleses en los tejados que solo llevan un suéter como prenda de abrigo: como si el frío no fuese con ellos. Otro señor, en la calle, dice que: “esa música está bien en su sitio adecuado; sin embargo, es una imposición ponerla a ese volumen en el exterior, porque altera la dinámica de los negocios de la zona…” Mientras, una señora vestida de rojo, muy elegante, comenta: “¡Ah, son The Beatles, es fantástico…!”

La fachada amarilla del edificio colindante al de APPLE, rompe el gris y el ladrillo marrón oscuro de éste.

La música suena cada vez mejor, incluso con mejores resultados que en el estudio. Tan es así, que alguna de las piezas que tocan en la terraza las incorporarán al LP, Let It Be.

Aparecen dos “Bobbys” (miembros de la policía metropolitana de Londres), con su uniforme elegante y sus guantes de cuero negro, como si fuesen un talismán, en las manos: quieren entrar en el edificio de APPLE. Sin embargo, por un momento, dudan. Un señor, tocado con bombín, protesta por el estruendo. Los “polis”, por fin, llaman a la puerta, aporreándola. El mayordomo de los estudios, les abre la puerta. Les comunican que han tenido más de treinta quejas, sólo en media hora. Están alterando el orden y, si no bajan el volumen, van a tener que hacer detenciones.

La voz “gritona” de McCartney, en I’ve got a feeling, acalla la chulería del “Bobby”, que de manera insolente está diciendo que va a empezar ya a detener a la gente.

En una pequeña pausa, los miembros del cuarteto se asoman a la calle, desde el borde de la azotea, para ver a la gente allí abajo, y saludarla.

MAL, todo de gris, con una pequeña flor roja en el ojal de la solapa de su chaqueta, está elegantísimo.

Un cura, cuando el equipo de filmación le dice que están dando un concierto para la gente, gratis, comenta: “Está bien tener algo gratis en este país, en este momento…”. Un joven, con pinta de hooligan fascista, exclama: “qué sitio tan estúpido para dar un concierto…” El entrevistador le responde: “¿No le gustan The Beatles…?”. El hooligan, a su vez, contesta: “No, ni un poco, no…”. Una señora, con pinta de ursulina reprimida, exclama: “no me gustan, porque me han despertado de la siesta…”.

Mientras tanto, el mayordomo y las recepcionistas de APPLE, entretienen y “vacilan” a los polis, con respuestas evasivas. MAL, baja de la azotea y trata de mediar con los representantes del orden.

Las minifaldas, en la calle, abundan; también las llevan las recepcionistas de los estudios. Otro señor, con pinta de “political correctness”, en cambio, afirma: “no desapruebo el pelo de The Beatles; ni su estilo, ni, tampoco, su ropa…” El entrevistador lo pone a prueba: “¿Y si una de sus hijas saliese con uno de ellos…?” El tipo ni se inmuta: “No me importaría, porque tienen mucho dinero…”

En un determinado momento, MAL, invita a los polis a subir a la azotea. Me impresionan las patillas que lucen Lennon y Starkey. Unos oficinistas, que están en los edificios de enfrente, gritan: “dales caña…”. John, responde: “tú, también…”

La poli está ya en el tejado. MAL, es un oso de peluche. Departen con él, sin prestar mucha atención a todo lo que acontece en la azotea. Suena, Don’t let me down. Una cámara, durante unos segundos, les enfoca desde arriba.

En la puerta de entrada a la azotea, una chica (desconocida) lleva un vestido azul muy corto y botas altas blancas: me gusta. Llega el jefe de la policía a la sede de APPLE; quiere subir al tejado donde están tocando. Una de las recepcionistas, le vacila: “cuidado, se podría hundir por exceso de peso…”. El bueno de MAL, empieza a desconectar del equipo de sonido la guitarra eléctrica de George Harrison: el músico no entiende nada. Tampoco la de John Lennon se escucha. John, flipa. Harrison, la vuelve a enchufar. De nuevo, suenan todas. Tocan, con todas las ganas, por segunda vez, Get Back. Paul improvisa estrofas contra la policía, sin nombrarla expresamente: salta sobre la tarima del tejado. La canción cierra el concierto en la azotea. Se acabó: será la última actuación pública de The Beatles.

El director de la película toma diferentes planos. Los polis se marchan; en la calle, como suele suceder siempre, haciendo aspavientos con las manos, le dicen a la gente que circule…

Abajo, en el estudio, los músicos y el equipo, hablan sobre la absurdez de la tesis policial: lo del desorden público. Lennon dice: “Mañana, actuaremos sobre el tejado del Hilton, con el sonido a toda potencia…” Harrison, le sigue, y afirma: “todos los grupos de rock tocando en los tejados…”

Linda y Maureen, sonríen, mientras escuchan lo que han grabado del concierto en el tejado. Yoko, siempre seria, mira sin mirar. La sombra azul, de fondo de ojos, sobre los parpados, que suele llevar Lennon, me parece increíble. Deciden seguir grabando, al día siguiente, en el estudio, las otras canciones que aún les faltan.

A modo de epílogo:

Lo que Peter Jackson nos lega, para siempre, es algo más que un film-documental. Bajo mi punto de vista, es una especie de relato en forma de imágenes: la filosofía, la dialéctica, materializándose en una pantalla. Lo cual, nos permite reflexionar sobre un sinfín de cosas. Al mismo tiempo, queda claro que la leyenda de la ruptura de The Beatles, es eso, una leyenda. Ni Yoko, ni Paul, ni Linda, ni nadie, supusieron el elemento material, y empírico, de una ruptura que, al final, no fue tal. Estaba claro (Harrison lo dice, en un determinado momento) que la evolución natural de los cuatro enormes artistas, con impronta propia, haría que cada uno siguiera su propia evolución creativa personal y autónoma. The Beatles había supuesto, supuso, un gran experimento colectivo que elevó la música, llamada ligera, a cumbres inimaginables. Retengo que fue algo único: que sus canciones, que son tantísimas, tienen una calidad que supera todo lo esperado en un grupo de rock.

Un último apunte sobre alguno de los personajes que aparecen en la pantalla, que le dan un cierto toque dramático a todo el mosaico.

John Lennon, como todo el mundo sabe, es atravesado por la tragedia: cae abatido por las balas de un “enajenado”, once años después, en 1980, en New York. George Harrison desaparece demasiado pronto, en 2001. Linda Eastman, en 1998, aún más joven que George.

Sin embargo, lo que me conmociona, fuertemente, es conocer el final trágico de Mal Evans, el bueno de MAL: que fue muchas cosas para The Beatles, prácticamente desde la época de “The Cavern”, en Liverpool.

La policía, alertada por la vecindad, acude a la casa de los Ángeles, donde vive MAL. Parece que ha discutido con un amigo, después de haber ingerido, con toda seguridad, más bebida de la cuenta. Porta una pistola de aire comprimido, inofensiva. La policía (como ha ocurrido tantas veces en la historia de los EE.UU., sobre todo con la población negra o puertorriqueña), sin intermediar palabra, creyendo (eso declararon) que era un arma de fuego, le descerrajaron cuatro tiros, matándolo en el acto: sin comentarios.

George Martin (siempre muy reservado, en el film), productor musical de casi todos sus discos, tiene una larga vida y fallece en 2016.

Paul McCartney, Richard Starkey, y, el director del film original de 1969, Michael Lindsay-Hogg, siguen campando por el mundo, a sus anchas, haciendo de las suyas: como debe de ser.

La fotografía de la izquierda, muestra una mítica imagen del concierto de The Beatles, en la terraza de Savile Row.

La imagen de la derecha, representa un momento de la filmación en los estudios APPLE.

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