Archipielago

‘The Last of Us’ y la caducidad de las obras de arte

La llegada al mercado del último título de Naughty Dog plantea la cuestión de la perdurabilidad en el mundo de los videojuegos

By Jorge Morla Publicado en El País

La gente suele quejarse del abuso de secuelas y precuelas en el ámbito literario y cinematográfico (en el caso del cine, además, remakes y reboots). Lo cierto es que la gente suele quejarse con razón, pues muchas de estas estrategias responden a planteamientos no tanto narrativos como comerciales. ¿Para qué devanarse los sesos buscando nuevas historias o personajes que pueden no conectar con el público si podemos reutilizar historias o personajes que ya lo han hecho? La eficiencia económica acaba muchas veces en pereza creativa: si algo funciona, explótalo hasta que el pozo se quede seco.

En el caso de los videojuegos esto también pasa, pero el medio interactivo tiene una particularidad que funciona como justificación: los videojuegos son iterativos, es decir, las secuelas no sólo expanden la historia del juego original, sino que refinan las mecánicas jugables. En plata: en la cuarta parte de un videojuego de coches se conducirá mejor que en la primera, y en la quita parte de un juego de lucha se peleará mejor que en el original, porque gran parte de la gracia de todo esto consiste en ir introduciendo mejoras que perfeccionen la experiencia del usuario.

Hoy llega al mercado el remake de uno de los juegos más importantes de la última década: The Last of Us, juego de acción posapocalíptica que en 2013 consiguió que toda la comunidad de jugadores se enamorara del mundo zombificado y aterrador que proponía la obra y de los personajes que poblaban ese mundo, con el maduro Joel y la joven Ellie a la cabeza (un escenario y unos personajes, por cierto, que el año que viene serán todavía más conocidos gracias a la serie basada en el juego que está desarrollando HBO).

‘A Short Hike’ (2019), con sus polígonos deconstruidos, o ‘Sable’ (2021), con su homenaje al dibujante Moebius, huyen del realismo en sus gráficos y buscan la personalidad a través de un apartado artístico único.
‘A Short Hike’ (2019), con sus polígonos deconstruidos, o ‘Sable’ (2021), con su homenaje al dibujante Moebius, huyen del realismo en sus gráficos y buscan la personalidad a través de un apartado artístico único.

Hay remakes y remakes. Y es evidente que hay un sentido puramente comercial para este movimiento: este remake de The Last of Us solo está disponible para la PlayStation 5, una consola cuyas ventas fueron torpedeadas por la escasez de chips a nivel mundial, que acaba de anunciar un aumento de precio y muchos de cuyos grandes juegos pueden jugarse también en la PlayStation 4. Es pues una buena excusa para hacerse con la última máquina de Sony. Pero en cuanto al juego en sí, lo cierto es que el nuevo mejora los gráficos del original, pero aparte de eso no introduce ninguna mejora jugable con respecto al de 2013. Es decir: nueva piel para el mismo esqueleto mecánico y narrativo. Entonces, la gran pregunta es: ¿tiene sentido este remake?

El apartado artístico de los videojuegos puede jugar a ser rupturista y con mucha personalidad, sí: hay inolvidables juegos en dos dimensiones, otros cuya fuerza visual se basa en los dibujos animados o en el estilo cartoon, y hay juegos pretendidamente poligonales cuyo apartado artístico jamás caducará. Pero cada vez más los gráficos van apostando por el hiperrealismo (el hiperrealismo al que se puede aspirar cuando sale determinado juego), y esa es una apuesta arriesgada sencillamente porque la tecnología avanza a pasos agigantados: un juego visualmente espectacular hoy puede quedar obsoleto el año que viene, o casi.

Pero más allá de eso, conviene tener algo claro: el juego original salió en 2013, hace casi una década; mucho tiempo en el terreno digital. Entre la PlayStation 3 para la que salió y el presente median dos generaciones de consolas y un mundo en cuanto a calidad gráfica. En el mundo de los videojuegos hay obras que supusieron un parteaguas en, por ejemplo, 1998, pero que hoy son directamente incómodas de jugar y espantan a muchos de los potenciales jugadores que estarían dispuestos a acercarse a ellas.

Cada medio artístico tiene sus particularidades, y en el de los videojuegos la caducidad —la obsolescencia jugable o técnica— es un mal que acecha a la vuelta de la esquina. En ese sentido un remake como el de The Last of Us cobra pleno sentido no como novedad comercial, sino como fondo de armario. Ahí se quedará para quien quiera acercarse cuando toque. Cuando el catálogo de novedades se vaya quedando también obsoleto ahí estará este remake, esperando a quien se acerque para ofrecerle una experiencia de primer nivel en lo jugable y, en lo narrativo, una historia capaz de tocar la fibra de cualquiera. Y si no, solo hay que esperar a que salga la serie: Joel y Ellie llegan (o vuelven) para quedarse mucho tiempo en el imaginario colectivo. Se lo han ganado por derecho propio.

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