Archipielago

PRIMERO ENCUENTRO, DESPUÉS BUSCO                    

By Jesús Marchante Collado 

El título del texto comporta muchas cosas, o muchas razones. Sobre todo, habla del azar, de la casualidad, de la magia: en última instancia, del principio de causalidad múltiple espinosiano; me explicaré.

En esos dispositivos (los móviles) que, como tantos otros, gobiernan inteligencias artificiales, aún en un estado bastante embrionario de su propio desarrollo, hace unos días me encuentro una reseña, en un periódico decano catalán, cuya lectura, afortunadamente para mí, está en abierto, y no me exige que pague una suscripción para poder seguir leyendo. Enseguida soy consciente de que, la información que ofrece la periodista sobre un cierto libro, va a atrapar mi atención, sin ninguna duda. Y no lo va a hacer solo por el título del libro, que, tal vez, podría ya dar una cierta pista sobre la materia; tampoco por el personaje a quién está dedicado el texto, que también es ya lo suficientemente sugerente como para querer echarle un ojo. Lo hace, sobre todo, por lo que da origen al libro, sobre lo que la periodista ofrece algunos datos.

Inmediatamente, como para tantas otras cosas, me lanzo sobre internet, en mi ordenador; no en el móvil, pequeño y más abstracto. Se trata de buscar ese libro que, imagino, siendo de reciente publicación (este mismo año), no voy a tener el más mínimo problema en encontrarlo. Lo hago, como en otras ocasiones, con libros raros, antiguos, o descatalogados, en un portal donde, prácticamente, siempre he encontrado todo lo que he buscado: Iberlibro. No me duelen prendas hacerle publicidad a la página; es más, animo a los lectores a sumergirse en ella para descubrir las infinitas y, casi, inagotables posibilidades.

Lo encuentro, en pocos segundos, nada más teclear el nombre del libro. Me alegra, además, descubrirlo en una vieja librería situada en un barrio con mucha solera, Argüelles, de la ciudad donde vivo: Madrid.

El título castellano, elegido por los editores, no es para tirar cohetes, que digamos: En busca de Dora Maar: una artista, una libreta de direcciones, una vida. No puedo evitar que me venga a la cabeza la vieja película de Susan Seidelman (de 1985), titulada en castellano: Buscando a Susan desesperadamente, bajo mi punto de vista mejor traducida del inglés que el libro (en francés) en cuestión, en la que aparece una jovencísima “Madonna”, haciendo de Susan, en la que suena: Into The Groove, como tema principal de la película, que es una de las canciones que aparece en el primer álbum, Like a Virgin, que acababa de grabar la cantante. En aquel momento (hace ya tanto: tal vez, en otro mundo), también me precipité a comprar el LP. Fue todo un descubrimiento para alguien, el que escribe, cuyos intereses musicales, en principio, estaban muy alejados de ese tipo de música. Ahora, mientras escribo, lo tengo delante de mis narices: me provoca una cierta sonrisa ver la pegatina de la tienda donde compré ese disco: Celso García, unos grandes almacenes que pasaron, hace ya mucho tiempo, a mejor vida. Dejo sonar alguno de sus temas en mi giradiscos. Yo, todavía, uso esas cosas: sobre todo, porque tengo una no desdeñable discoteca en formato vinilo. De otro modo, esas grabaciones, quedarían, para siempre, en el silencio más absoluto. No lo puedo permitir. Incluso, voy a decir que tengo el privilegio de contar con, prácticamente, todos los sistemas de reproducción del sonido: Gramófono, reproductor de vinilos, reproductor de cintas y, por supuesto, lector de CDs.

La digresión, necesaria, no hubiera existido sin el título castellano del libro sobre el que quiero escribir. Mucho más acertado, dice más de él, una vez que se ha leído, cuando lo abro y veo el título original: Je suis le carnet de Dora Maar, de la periodista y escritora francesa, de origen judío, Brigitte Benkemoun. Lo de ser judía lo he destacado porque tiene su importancia dentro del texto que ella ha escrito; también, porque ella así lo dice de sí misma.

No es nada fácil escribir sobre una artista, extraña y poco convencional, como siempre me ha parecido Dora Maar. Brigitte lo demuestra a lo largo de su texto. Sin embargo, hay un elemento fundamental, a su favor, que se le viene encima, sin esperarlo, y que es, también, el hecho que motiva que ella escribiera este libro.

El marido de la escritora, alguien que pierde cosas de manera habitual (según ella cuenta), extravía una vieja agenda de piel, de una marca, en principio, no accesible a cualquiera: “Hermès”. No obstante, un objeto de este tipo, aún siendo de esa prestigiosa casa de modas francesa, especializada en accesorios de cuero, si lo es: sobre todo por la información que da la propia autora.

Se pone a buscar por Internet, en eBay y, como tantas veces ocurre, encuentra lo que buscaba: misma marca, misma medida, misma piel, o casi. Precio: 70 euros. Como antes decía, asequible.

La escritora abre su libro con dos citaciones: una, supuestamente atribuida a Picasso, que es, también, el título de mi texto; y otra, de la propia Dora Maar.

Lo de: primero encuentro, después busco, es algo que cualquier coleccionista, que se precie, sabe. Es lo que hace todo sujeto que se zambulle en esa obscura, no obstante, muy placentera, profundidad, que es coleccionar. Es lo que me hace vibrar, cuando leo la recensión del libro en el periódico al que hacía anteriormente referencia. Lo que encuentra Benkemoun, es una agenda de direcciones (postales y telefónicas), oculta en el bolsillo interior de esa agenda encontrada, que el vendedor había vendido vacía, una vez retirado el recambio anual, claro está, del anterior propietario, donde estarían anotadas sus direcciones, citas y demás.

Enseguida, en el prólogo, dando cuenta de este asunto, hace una afirmación que es ya toda una declaración: “la obsesión es una enfermedad contagiosa…”

Cuando empieza a ojear esa libreta vieja, de 1951, porque al final de sus hojas, aparece un calendario del año siguiente, 1952, no da crédito a lo que ven sus ojos y a lo que leen sus labios: Aragon, Breton, Brassaï, Braque, Balthus, Cocteau, Chagall, Elouard, Leiris, Signac, Staël, Tzara…Más de veinte páginas donde están todos, y todas, los que eran, han sido, y serán… No obstante, echa a faltar en esa libreta de direcciones, aún anónima, a cuatro o cinco grandes del siglo XX: Picasso, Matisse, Dalí y Miró… De lo que no hay duda es, de que nadie de los que aparecen en la libreta puede, lógicamente, ser el propietario o propietaria de ella. Sin embargo, tiene que tratarse de alguien muy importante para tener ese listado de direcciones; ¿pero de quién se trata?

Consigue una agenda de teléfonos, en un anticuario, del año 1952. Ahí, puede comprobar que, las direcciones y teléfonos anotados por ese misterioso, o misteriosa, propietario, o propietaria de la agenda, son reales y correctos.

En una de las entradas de la agenda hay una dirección de alguien de la localidad de Ménerbes. Entra en internet y, por descarte (ella poseía una casa en esa población, regalo del pintor), sabe inmediatamente que la propietaria de esa agenda, no puede ser otra que la fotógrafa, y artista surrealista, Dora Maar. Sí, la musa y amante de Pablo Picasso.

A pesar de las investigaciones que lleva a cabo la escritora, para averiguar quién había escrito todos esos nombres con tinta marrón y lapicero, es consciente de que: “sería más honesto admitir que yo no decidí nada. No escogí esa agenda; fue una irrupción, se impuso, se me impuso… Por supuesto; vuelvo a decir que, eso es algo que sabemos todos los que coleccionamos libros, objetos, cosas, etc.: Ellos nos encuentran a nosotros, no nosotros, a ellos, como, de forma ilusoria, podríamos osar pensar. Primero nos encuentran, después buscamos… Valga, como ejemplo, este libro: él me halla. Yo estaba a otras cosas: leyendo y pensando sobre asuntos muy alejados de Dora Maar, sobre la que ya había leído algunos textos años atrás. Sólo aceptando, con humidad, esta verdad irrefutable, podemos llegar a entender muchas cosas. De lo contrario, estaremos siempre confundidos, ofuscados, desorientados.

Me encuentran, incluso, dos libros más: El viejo catálogo del año 1995 (de la exposición comisariada (aún en vida de la artista) por la historiadora Victoria Combalía, sobre la obra fotográfica y pictórica de Dora Maar: “inencontrable”, según sus propias palabras, vertidas en el prólogo de otro libro sobre la artista, escrito por Mary Ann Caws, del año 2000, que también ojeo ahora. En aquel momento, puedo dar testimonio de que fue imposible encontrarlo, o de que él me encontrase. El otro libro que me encuentra, es una biografía de la propia Combalía, sobre Dora Maar, de 2013.

Volvamos, no obstante, al libro de Brigitte Benkemoun, que me atrapa y que devoromen tres días. La escritora, haciendo de Agatha Christie, va recomponiendo gran parte de todo ese elenco de artistas e intelectuales que aparecen anotados en la agenda de Dora. Sin embargo, de tanto en tanto, le asaltan dudas, para seguir su cometido de rastreadora de la artista. Hay una que, a lo largo del libro, no deja de perseguirla y de “casi” disuadirla de continuar con su investigación. Se trata de algo que viene a saber de la mano de un galerista, que no aparece en la agenda, porque en 1951 sólo contaba diecisiete años: Marcel Fleiss, que es quien consigue ir a verla a su apartamento 6 rue de Savoie, cuando quiere organizar, en su galería, una exposición sobre ella, en 1990. Es en ese preciso momento cuando el galerista sabe que ella sigue existiendo: tiene 83 años y sigue residiendo (aislada del mundo) en esa calle.

Cuando Brigitte se pone en contacto con Fleiss, éste le comenta que: “ese libro”, el Mein Kampf, estaba en la biblioteca de Dora, a la vista de todos. Ni escondido, ni disimulado, ni olvidado, por alguna extraña casualidad, en un anaquel de su librería.

¿Cómo es posible que, alguien como Dora Maar, militante (en los años treinta del siglo XX) de un grupo de extrema izquierda, Contre-Attaque, junto a su amante Georges Bataille, Breton y el resto de los surrealistas, pueda haber llegado a tener en su librería ese “maldito” libro? Briggitte no encuentra otra razón que la de que se hubiera convertido en antisemita. No obstante, también se encontraba en su biblioteca otro libro, muy alejado de ese que le inquieta a Benkemoun: El libro rojo, de Mao Tse-Tung.

Leyendo su apasionante relato, no dejo de pensar en que existen más posibilidades que la de que Dora Maar haya abrazado (en un determinado momento de su vida) esa odiosa ideología que causó tantos millones de muertos durante el período en el que estuvo en el poder, en Alemania, el NSDAP: el partido nazi.

Pienso en mí mismo, y en algunos libros que aparecen en los anaqueles de mi biblioteca. Por ejemplo: Hitler me dijo, de Hermann Rauschning, publicado en España, en 1941, sin pie de imprenta, tal vez porque al régimen franquista no le interesaba pasar por ser demasiado filonazi. En él, Rauschning (jefe del gobierno de Danzig), en conversaciones que mantiene con el Führer, en los años 1932, 1933 y 1934, sostiene que el Mein Kampf: “es un “libro amorfo escrito para las masas…” y que en las conversaciones: “aparecen los verdaderos designios nacionalsocialistas de Hitler y su auténtico proyecto político…”

También tengo otro libro del mismo Rauschning: La Revolución del Nihilismo, aparecido en Buenos Aires, Argentina, en 1940, en una magnifica traducción del escritor español (que hacía esos menesteres en su exilio, para sobrevivir), Francisco Ayala.

Y, para finalizar, también poseo las memorias del arquitecto del “Reich”, Albert Speer. ¿Acaso me he convertido, como sugiere Brigitte, respecto a Dora Maar, en un antisemita nazi? Para nada. Estoy mucho más cercano a una organización como Contre-Attaque. Supongo que es más sencillo, al menos, para mí, pensar en la posibilidad (curiosidad intelectual) de conocer los dictados y planteamientos políticos del enemigo. Si bien, si seguimos a Rauschning, el Mein Kampf, poca información puede darnos sobre dichos proyectos políticos.

Me parecía necesaria, de nuevo, esta digresión, para plantear otras hipótesis sobre la duda que persigue, durante todo el libro, a la escritora judía. No obstante, dicho esto, entiendo y comprendo las prevenciones de Brigitte Benkemoun.

En su maravilloso libro, uno descubre cosas y, sobre todo, a personas sobre las que desconocía casi todo. Por ejemplo, las hermanas Lamba: Jacqueline, que se casaría con el “Papa” del movimiento surrealista, André Breton, y su hermana Huguette, mucho menos afortunada que Jacqueline. Jacqueline (pintora) era una de las más antiguas y grandes amigas de Dora Maar. Se habían conocido en 1926, cuando Maar tenía diecinueve, y Lamba, dieciséis. Las dos leían a Marx, Engels, Freud y, Breton, por supuesto. Más cosas en común, con esas dos artistas, me digo a mí mismo.

Cuando Lamba estaba ya casada con André Breton, y Maar era la amante oficial de Picasso, se solía escapar al estudio de la 6 rue des Grands- Augustins, para mostrarle sus pinturas al genio. Eso sí, según Benkemoun: “debía ir con cuidado con el pintor, puesto que tenía las manos largas y convenía no subir escaleras delante de él… Lo segundo, bajo mi punto de vista, pertenece más al terreno de las fantasías masculinas. No obstante, no seré yo quien rompa una lanza, en ese aspecto, sobre un artista al que, desde el punto de vista pictórico, admiro sin límites.

Jacqueline Lamba conocerá a León Trotsky, en Coyoacán, ciudad de México, cuando viaje con su marido, André Breton, a visitarlo. De ese encuentro saldrá el famoso manifiesto, redactado, en 1938, por Breton y Trotsky (al que luego se adhiere Diego Rivera) sobre un arte revolucionario independiente.

Lamba no adjurará jamás de sus convicciones izquierdistas-trotskistas. De hecho, firmará el Manifiesto de los 121 por el derecho a la insumisión en la guerra de Argelia. Más tarde, en mayo de 1968, se manifestará junto al líder de la Ligue Communiste Révolutionnaire, Alain Krivine. También Huguette fue siempre izquierdista. Sin embargo, Dora, con el paso del tiempo, parece que se fue olvidando de su militancia radical.

Evidentemente, a la escritora, le viene en mente la otra “Dora”; esa del famoso caso analizado por Freud en los inicios del siglo XX. Lo señala, sobre todo, porque cuando en 1945, Dora Maar, sufre un ataque psicótico derivado de la depresión que le ha causado la ruptura, no querida, con Pablo Picasso, el médico que la va a tratar es otro de los amigos que aparecen en la libreta de direcciones: Jacques Lacan. Me sorprende, o, mejor, diría que me gusta el hecho de comprobar a lo largo del libro que “todos” estaban con “todos”. Incluso se pasaban las parejas de uno a otro: el mismo Lacan se había casado con la ex mujer de Bataille, la actriz Sylvia Maklès.

El médico, presionado por Elouard y Picasso, no internó a Dora en el hospital psiquiátrico de Sainte-Anne, donde corría peligro de tener que convivir con los alienados que gritaban y deliraban. La llevó a la clínica Jeanne-d’Arc de Saint-Mandé. Ese hospital privado, situado en la periferia parisina, lindando con el bosque de Vincennes, tenía la ventaja de ser un lugar más tranquilo, menos brutal, y abierto a terapias nuevas. Victor Hugo llevó allí a su hija Adèle; Cocteau recalaría, también, para desintoxicarse del opio…

En algunos cafés parisinos, corría la voz de que le habían aplicado electrochoques: nada extraño en aquella época donde la psiquiatría los consideraba como una terapia milagrosa. El propio Lacan estaba a favor. Sin embargo, sin anestesia, esas sesiones eran de una violencia inaudita. De hecho, cuando trataron a Antonin Artaud, los médicos tuvieron que interrumpir el tratamiento debido a los terribles dolores que sufría en la espalda. Tal vez, fueron Elouard y el propio Picasso, los que hicieron que saliera de esa institución antes de lo que Lacan había prescrito. Les aterrorizaba la idea de que tuviera que pasar por las sesiones de electrochoques. Eso sí, Dora Maar “volvió más lenta y confundida a su casa”: pasó de ser maravillosa a apagada; incluso le había cambiado la voz. Dora ya no gritaba, ya no se resistía más, había abandonado las armas. A partir de ese momento, Lacan le ofreció psicoanalizarla: el pintor pagaría las sesiones; tal vez, con algún cuadro.

En esa época, los años cuarenta del pasado siglo, el joven Lacan seguía otros métodos, algo distintos a veinte años después, cuando se convirtió en una estrella. Dora no conoció las hileras interminables de pacientes, en la rue de Lille, que esperaban horas en la escalera para que, a veces, los despachase en dos minutos.

Lacan recibía, algunos domingos, a Dora, en su castillo de Guitrancourt. La consulta estaba en el edificio anexo: una habitación inmensa, de techos muy altos, con una biblioteca en el altillo presidida por el retrato de Sigmund Freud. Sería también allí arriba donde, a partir de 1955, escondería El origen del mundo (quizá, bajo mi punto de vista, uno de los cuadros eróticos más grandes de toda la historia del arte, a pesar de su minúsculo tamaño) de Gustav Courbet, detrás de otros cuadros menos importantes.

El tema de la religión debió ocuparles varias sesiones. Lacan le diría que a él lo habían criado los curas. Algunos amigos de Dora Maar siempre se sintieron sorprendidos por la deriva mística y religiosa de ésta. ¿Cómo una mujer tan inteligente y escéptica, en otros momentos, podía haber sucumbido a la superstición y el dogmatismo? El psicoanalista respondió así al pintor André Masson: “no tenía elección, era Dios o la camisa de fuerza…” Todavía en 1951, el año de la famosa agenda, lo visitaba varias veces por semana o lo llamaba. Por lo que cuenta la escritora, al margen de todo esto, al referirse a Lacan, dice qué: “le costaba controlar los eructos ruidosos que su organismo emitía”; me deja un poco estupefacto.

Lacan debía asociar este caso al “otro caso Dora”, el de su admirado Freud. Igual que Dora Maar, aquella joven austriaca presentaba los síntomas de un tipo de histeria. Como Dora Maar, sentía fascinación por un padre todopoderoso y despreciaba un poco a su madre. Sí, pero Ida Bauer, la “otra Dora”, ni era artista, ni se codeaba con la intelectualidad vienesa, como si hacía Maar con la parisina. Es más, acabó sus días (para sobrevivir) dando clases de “bridge” a damas aburridas. Eso sí, su hermano, Otto Bauer, fue un dirigente socialdemócrata importante en Viena: un intelectual en toda regla: leía a los clásicos en versión original: Homero, Platón, Sófocles Tito Livio, Virgilio, Tácito, Horacio, Cicerón, Ovidio y Julio César; ahí es nada. Karl Kautsky había dicho de Otto: “Es como imagino al joven Marx…” No obstante, añado yo qué: Kautsky estaba bastante confundido, porque el joven Marx, el de la: Crítica de la crítica crítica (la Sagrada Familia), o el de La ideología alemana, es tan radical y revolucionario como el Marx maduro o el viejo Marx. Ni Kautsky, ni Otto Bauer, lo fueron nunca. De ahí las funestas consecuencias que vinieron a raíz de la “Gran Guerra”, por esas políticas reformistas y anti revolucionarias. Sigo pensando que la socialdemocracia alemana tiene aún pendiente el pedir perdón, por haber provocado, con sus políticas, el advenimiento del mal: la llegada al poder del NSDAP: el partido nacional socialista.  Sin embargo, todo esto sería también otra historia. Como sería, también, otra historia el hecho de que Ida, dio a luz a un hijo que llegó a ser un importante director de orquesta: Kurt Herbert Adler. Todas estas referencias sobre los Bauer, están entresacadas del excelente, y maravilloso, libro de Hannah S. Decker: Freud, Dora y la Viena de 1900.

De cualquier manera, quería señalar que, tanto en un caso, como en el otro; tal vez, incluso algo más, en el del judío vienés, los dos médicos ayudaron a esas mujeres más de lo que las historias convencionales, e interesadas, relatan.

Como puede suponer el lector o lectora, el libro está atravesado por disquisiciones (alguna ya la hemos referido) sobre el artista malagueño. Más allá de cualquier evidencia, está claro que cuando Picasso conoce a Dora Maar, el pintor se da cuenta, enseguida, que se está metiendo en una zona peligrosa, que es incapaz de controlar. La mujer que retrata una y mil veces, no llora o está triste por un cierto “sadismo” del artista. En cualquier caso, Picasso se enamora profundamente de ella: “qué si Dora piensa”, “qué si Dora dice”, “qué si Dora cree…” Siempre la tenía en la boca cuando no estaba ella presente.

Es importante, llegados a este punto, señalar algunas cuestiones de orden político. Fue ella la que le mostró las fotografías del bombardeo de Guernica. Y, también, quién lo animaba a ponerse del lado de los republicanos españoles. Incluso, fue ella quien le encontró el estudio en la rue des Grands-Augustins: ese viejo caserón, medio destartalado, donde además del estudio, acabó instalando su residencia. Por lo tanto, Dora, en aquel momento, seguía siendo una militante izquierdista, muy alejada de Dios: tal vez, porque vivía con él.

Hay otros personajes de la agenda de la misteriosa esfinge, que son todo un descubrimiento; al menos, para mí. Me quiero referir, por ejemplo, al artista André Marchand. Al inicio de la entrada que le dedica Brigitte a este nombre, dice: “a veces tengo la sensación un poco descabellada de que ésta agenda   me ha escogido a mí en vez de haberla encontrado yo a ella…” Bueno, lo que ya he dicho yo anteriormente. No obstante, la escritora parece haber tardado en caer en la cuenta: estamos en la página 152 de su libro.

Decía que Marchand, para mí, era un auténtico descubrimiento. En la época, era considerado un representante de la “nueva escuela de París”, alabado por Matisse, Braque o Bonnard. Incluso la crítica más atrevida lo presentaba como el sucesor de Picasso. ¡Casi nada! Sin embargo, como la misma Dora, se fue apartando del gran mundo de la pintura. Dice la escritora que era muy irascible y que no soportaba la menor crítica, debido, tal vez, a la poca autoestima que poseía. Veo su obra en internet: es interesante; si bien, tal vez, demasiado apegada a esos artistas que lo alababan. Benkemoun se siente fascinada por él; tanto que, decide hacer averiguaciones y olvidarse, por el momento de otros nombres de la agenda: Braque, Balthus, Aragon, Giacometti…

Descubre que el odio, mutuo, que se profesaban él y Picasso, tenía que ver porque Marchand pensaba que el pintor español le había robado a su novia, Franςoise Gilot. Qué ésta era su modelo y su amante, antes de que la llevara a visitar el taller de Picasso, en el ático de Grands-Augustins. Parece que Gilot lo utilizó, al principio, para darle celos a Picasso, haciendo que éste pensase que tenía novio: Marchand se lo creyó del todo. Pobre Marchand, pienso; no obstante, su historia no es nada original. ¿Cuántos, a lo largo de la historia, habrán sido utilizados, o utilizadas, en las conspiraciones amorosas?

Recalemos, ahora, en la sucesora de Dora, en la artista, ¡aún viva! (tiene 100 años); por supuesto, no está en la agenda de Dora Maar: ¡faltaría más…! Sin embargo, la escritora recurre a ella de manera transversal en las notas de los personajes que aparecen en su libro. Cita, como no podría ser de otra forma, el famoso libro: Vida con Picasso (aparecido en 1964), que, digamos de pasada, no escribe solo ella. Es algo que me produce una cierta irritación. En este caso concreto nunca se suele citar el coescritor de esa “autobiografía”, escritor y coleccionista: Carlton Lake. Tampoco se suele citar, casi nunca, cuando se hace mención al famoso Pabellón Alemán, para la Exposición Internacional de Barcelona de 1929, de Mies van der Rohe, a la coautora del proyecto: Lilly Reich. Cosas de la memoria, me digo…

Brigitte Benkemoun, como tantos otros, a lo largo de los años, considera que, en el libro, Picasso, sale muy mal parado: porque pone al “genio” en su sitio. Lamento no coincidir ni con ella, ni con los otros, y otras, que abundan en esa idea. Me he tomado la molestia de volver a releer parte de ese libro. En primer lugar, Vida con Picasso, está dedicado: A Pablo. Creo que ese Pablo no es otro que Picasso. Después, uno se da cuenta de que el retrato del artista aparece con mucho más espesor que en muchas de las biografías oficiales. Se puede descubrir, por ejemplo, cómo el pintor leía a Hegel, a través del galerista Kahnweiler, aunque él no llegara a abrir ningún libro del filósofo alemán. Sin embargo, en cambio, si parece que leyera, por sí mismo, a Kierkegaard, San Juan de la Cruz, Santa Teresa, o Heráclito, entre otros. No obstante, hay algo que siempre me ha dejado perplejo en esa autobiografía: es cuando Picasso se refiere a Caravaggio. Su amigo, y Marchante, antes citado, había vuelto de Milán y le habla a Picasso sobre la exposición que ha visto de ese artista del barroco italiano. Respuesta de Pablo: “¡Oh, Caravaggio!, mala obra. No me gusta nada. Es decadente y…” Sin palabras.

En esta relectura, que hago ahora, me congratula encontrarme con una idea que expone sobre el arte, no sin cierta queja: “Hay formas que se imponen fuertemente al pintor. Él no las elige y algunas veces proceden de un atavismo que antecede a la vida animal. Es cosa misteriosa y profundamente molesta…”

Diré, de pasada, que en el documental de Werner Herzog de 2010: la cueva de los sueños olvidados, sobre las pinturas rupestres de Chauvet (Francia), que datan de hace más de 30.000 años (fue descubierta, por casualidad, en 1994), cerrada al público en general desde su descubrimiento, hay algo que tiene mucho que ver con esa afirmación que hace Pablo Picasso. Al final del documental, cuando han abandonado ya esa parte del territorio francés, una parte del equipo de Herzog, viaja hasta Australia. Allí, uno de ellos acompaña a un aborigen de la isla que acude a una de las grutas donde se encuentran esas pinturas rupestres, monocromas, realizadas a base, solo, de trazos con pintura blanca. En un determinado momento, cuando el documentalista ve que el aborigen está repasando las líneas, casi desaparecidas, de parte de los dibujos, le espeta, muy sorprendido: “Pero, ¿qué es lo que hace usted?” El aborigen, que sigue repasando esos trazos, le responde: “una mano guía mis manos…” inteligente definición de lo que podríamos decir que supone la experiencia artística, la creación. Picasso ya lo intuía, aunque, en ese lamento que expresa en la frase, no acaba de reconocer lo que en realidad sucede.

Dos líneas más abajo del libro que estoy citando, exclama: “Un artista no está libre aunque a veces lo parezca. Sucedió lo mismo con los retratos que hice de Dora Maar. Jamás pude hacerle uno riendo. Porque para mí ella es la mujer que siempre llora. Durante años la pinté en formas torturadas, no mediante una influencia sádica ni tampoco con placer, simplemente obedecí a una visión que se me impuso por sí sola…”

Valga esto para echar por tierra esa visión, que también hace suya Brigitte Benkemoun, sobre la actitud de Picasso hacia Dora: al menos, en el ámbito puramente plástico.

Por cierto, Gilot, en el libro, llega a decir de Maar: “fue una artista que lo comprendió muchísimo mejor que las demás…”

Es verdad que, en la autobiografía, aparecen luego los defectos de cualquier relación amorosa; como si alguien se pusiera a escribir sobre cualquiera de nosotros: qué si para el pintor español las mujeres se dividían en: “Diosas o felpudos”; qué si él albergaba la idea de qué si alguien es cosa preciosa para uno, ese alguien debía ser únicamente suyo, porque todos los contactos accidentales que ese alguien pueda tener con el mundo exterior podrían estropear y empañar ese tesoro…

Algo que no dejar de producirme una cierta sonrisa es cuando, Franςoise Gillot, para referirse al pintor, habla de una vieja fotografía, de 1936, hecha por Man Ray que le había influenciado en lo que para ella debía ser un hombre y dice: “pelo negro, ojos brillantes, complexión cuadrada, robusto…un hermoso animal…” Digo que me produce una cierta sonrisa, por lo de: “un hermoso animal”. Se repite aquí, como en las fantasías masculinas (lo de las escaleras que ya se ha referido) otro lugar común, a mi entender,  en las femeninas, esto es: un macho con estructura algo animalesca.

La verdad es que tampoco acabo de entender el miedo que provocó en él la información de que aparecería ese libro. Haciendo, por ello, que muchos de sus amigos (Michel Leyris, Marchand, para intentar congratularse con él, etc.) firmaran una petición para que se prohibiera su publicación. ¡Absurdo!

Volvamos a Dora y a sus amistades. Aparecen más mujeres en la agenda, aparte de las hermanas Lamba. Marie Laure de Noailles, vizcondesa, amiga por más de treinta años. Una tipa curiosa, porque acababa enamorándose siempre de hombres a los que les gustaban los hombres. El primero de ellos fue Cocteau. Ella estaba casada con el vizconde, claro; no obstante, mantenía relaciones platónicas con jóvenes homosexuales. A pesar de ello, en los años cincuenta se convirtió en la amante del pintor Oscar Domínguez: mal bebedor, afirma Benkemoun; también, feo y mal pintor, copiando siempre a Picasso, según la escritora. Estaba loco, afirma. Domínguez acabó suicidándose en 1957. Me sorprende lo que escribe sobre él. Sobre todo, porque está en el extremo de la defensa que hace de Andrè Marchand, mucho más imitador de Picasso, a mi entender, que Oscar Domínguez.

Otra de esas mujeres fascinantes, era la fotógrafa americana Lee Miller: pareja del pintor, y poeta surrealista británico, Roland Penrose. Fue la única mujer fotógrafo, en el frente, durante la segunda guerra mundial. Viajó hasta Dachau y Buchenwald, donde fue una de las primeras en descubrir el horror y fotografiar lo insoportable. Lee Miller fotografío mucho a Dora Maar, y a otros muchos artistas de la época. Era bellísima, inteligente y libertina: para ella el sexo no tenía nada que ver con el amor; Curioso: de una libertina a un libertino vienés: Arthur Schnitzler, médico y dramaturgo genial, para quien: “El sexo sin amor, no es sexo…” Estoy de acuerdo con los dos, a pesar de la aparente contradicción.

Me conmuevo con Brigitte Benkemoun, cuando hablando de uno de los personajes que aparece en la agenda, el poeta André Du Bouchet, judío como la escritora del libro, afirma: “es a través de Du Bouchet que empiezo a querer a Dora…” Es prácticamente al final del libro. Se me saltan las lágrimas. El poeta afirmaba (refiriéndose a los amigos y a las amigas) que Dora era: “mucho mejor que todos ellos, mucho más inteligente, mucho más integra. Una mujer violenta y pura. Tenía una energía inmensa y un gran sentido del humor, incluso para hablar de religión…”

Cuando la escritora habla de Balthus, del que Dora fue muy amiga, dice que entre otros puntos en común había uno que sobresalía: “¡ambos se definían como artistas cristianos! Rezaban todas las mañanas antes de empezar a pintar, y consideraban la pintura como una vía de acceso a Dios, una búsqueda hacia lo maravilloso…”

El Mein Kampf,ya aludido (exhibido, sin pudor, en los anaqueles de la biblioteca de Dora), estaba “destruyendo” a Brigitte.

Cerremos este largo comentario sobre un libro que, ¡de verdad, me ha atrapado!, hablando de Dora y Pablo. Por cierto, se me ha pasado un detalle nada baladí, al que alude en varias ocasiones la escritora, que quiero señalar. A lo largo de los años, he leído ciertas suposiciones sobre el por qué de no haber sido molestado, durante los años de la ocupación alemana, el pintor español. Dora Maar y Pablo Picasso se conocen, como ya sabemos, en 1943, durante la ocupación nazi: París está bajo la autoridad del Reich. Pues bien, es gracias al poeta Jean Cocteau. A pesar de ser tildado por la prensa petainista (colaboracionista) de: “pederasta judaizado”, gracias a sus viejos amigos alemanes, era intocable. También consiguió de estos amigos que Picasso, al que veneraba más allá de lo razonable, estuviese protegido de cualquier intento ofensivo por parte de los nacional-socialistas. Los amigos alemanes de Cocteau, eran el escritor Ernst Jünger y, el escultor preferido de Adolf Hitler, Arno Breker. Jünger, dicho sea de paso, en esa época, estaba ya bastante harto del antisemitismo feroz de los nazis. Hablemos brevemente de Breker. En la primera Gran exposición de arte alemán, de 1937, hubo más de 200 esculturas. En la celebrada en 1940, hubo ya 450 obras de 240 escultores. La escultura, en la Alemania nazi, iba ganando posiciones, mientras que la pintura perdía terreno. No obstante, como muestra de esa pintura, hoy imposible de contemplar en su gran mayoría, me atrevo a señalar un cuadro que me sigue hechizando: Los cuatro elementos, de Adolf Ziegler, realizado en 1937. Hitler se sintió, de inmediato, fascinado por ese cuadro y se lo compró. Estaba colgado encima de la chimenea. en su casa de Múnich. Si me leyera Brigitte, ¿me regañaría por mis gustos artísticos? Es una broma, claro está.

Breker hizo diseños de esculturas para la Nueva cancillería, del arquitecto Albert Speer. Realizó numerosos bustos de personajes (Salvador Dalí, Richard Wagner, Jean Cocteau, entre otros). En 1941 lo visitaron, en su estudio de Berlín, un grupo de artistas franceses (a instancias de Hitler), entre los que se encontraban: André Derain, Kees Van Dongen, Maurice Vlaminck… ¡Sorprendente!

Pues bien, este escultor que trataba de imitar la escultura griega, fue quien le permitió a Pablo Picasso seguir trabajando, sin ser molestado, en el Paris ocupado por los nazis. Tal vez, por ello, al finalizar la contienda, cuando fue detenido y juzgado por los aliados, su condena fue mínima.

Me vienen a la cabeza ahora, mientras escribo, las palabras de Jean-Paul Sartre, que llegó a afirmar: “Nunca fuimos más libres que bajo la ocupación alemana…” Sobran los comentarios sobre esa desafortunada “boutade”.

Finalmente, algo sobre la historia de amor entre Dora Maar y Pablo Picasso. O en cómo logró atrapar Dora a Pablo. En una cierta ocasión, la artista surrealista criticó a su amiga y ayudante, la española Rose Toro García, por llevar falda corta; le dijo que no era elegante. “Entonces”, repuso Rose, “¿cómo conseguiste seducir a Picasso, si no de esta forma?” “¡Ah!”, respondió Dora, “con mi voz”.

Qué los dos estaban super “enganchados”, es bastante claro. No obstante, no sé si el pintor había leído a Schakaspeare; en concreto, su: Romeo y Julieta. Romeo: “caos deforme de bella apariencia…”, tal vez la imposibilidad del artista de afrontar a una mujer como Dora. O lo que dice Julieta: “mi único amor nació de mi único odio…” Hay frases memorables en la obra del dramaturgo inglés: “La virtud mal aplicada se vuelve vicio…” O cuando el padre de Julieta afirma: “Nacemos para morir…” O ésta otra de Romeo: “Mi pobreza consiente, pero no mi voluntad…”

Como colofón de este amor, atormentado e inteligente, que trastocó, indudablemente, el alma, y el inconsciente, de la fotógrafa y pintora, valgan las palabras del Tito de Metastasio: “el amor es la delicia del género humano…”

A modo de postfacio:

“La obsesión es una enfermedad peligrosa…” dice en el prólogo de su libro, como he escrito al inicio de mi texto, la escritora Brigitte Benkemoun. Y coleccionar, añadiría yo, es un veneno que cada vez me resulta más agradable. Me lanzo, mientras leo su libro, sobre eBay, y encuentro, ¡oh, sorpresa!, una agenda similar, Hermés, a la encontrada por Brigitte. No espero hallar ninguna libreta, con direcciones increíbles, como la que haya ella. Sin embargo, cuando me llega, una sonrisa recorre mi rostro: la agenda de Dora Maar es de 1951, porque el calendario, al final de sus páginas, es de 1952. La mía, igualita a la de Dora, está en blanco, inmaculada, ¡faltaría más! (sin ninguna dirección de nadie anotada), es de 1950, porque el calendario en su última página, es de 1951…Qué curioso, me digo. Podría no haber habido ninguna libreta de direcciones, o podría haber habido una cualquiera, de cualquier otro año, que no tuviera nada que ver con toda esta historia, pero aparece el año 1951…

La imagen de la izquierda es una instantánea de la artista, realizada por el fotógrafo y modista británico, Cecil Beaton, en su estudio de la rue Savoie, en 1944. Aparece seria y elegante, como casi siempre, manipulando alguno de sus cuadros. Por cierto, es Picasso quien la convence para que se dedique a pintar y abandone la fotografía.

La imagen de la derecha retrata la famosa agenda, de 1951 de Dora Maar, con todas esas direcciones increíbles, que encuentra en 2016 a Brigitte Benkemoun.

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