Archipielago

Una gran adicción. 07 ( y Final)

 By Paula Castillo Monreal

Al salir de casa encontré las llaves del coche en la bandeja de cuero que tenemos en la cómoda de la entrada. Estaban allí como si nada, sobre el terciopelo verde junto con las otras llaves de la casa. Al verlas, como por intuición, miré hacia la escalera y allí estaba Manuel sonriendo. El muy cabrón había decidido hacerme luz de gas. Yo sabía que él sabía que yo tenía un amante, pero hay cosas que no se hacen, ni siquiera por despecho. Siempre nos habíamos llevado bien, no teníamos por qué terminar así.

            Por fin al volante de mi mini cooper rojo, recuperé la autoestima que hacía unos días estaba bajo mínimos. Demasiados acontecimientos: la pérdida de las llaves, la funeraria a la que solo entraban muertos indigentes, el hombre que se tiró del autobús, y el olor a carne podrida cada vez que dejaba a Iosu en su casa. A eso tenía que añadirle la poca necesidad que tenía de robar y darme una alegría, porque una cosa lleva a la otra, y al final todo es tristeza. Pero esa mañana, con el pie pisando hasta el fondo el acelerador, todas mis adicciones se revolucionaron de nuevo. Paré en el centro comercial y no sé cómo pude, pero salí de allí con dos botellas de champan y una lata de caviar, ocultas bajo mi abrigo. Esta tarde entraré en casa de Iosu hasta el fondo, pensaba. Tengo que dejarme de remilgos y olvidar el olor a muerto. Ensimismada no me di cuenta de que en el aparcamiento, una mujer yacía al lado de su coche con la puerta abierta. Por la postura deduje que se le habrían doblado primero las rodillas, desplomándose después sobre ellas el cuerpo entero. La cabeza, hacia un lado, parecía no querer mirar la escena. Evité implicarme, estaba decidida a cerrar Familia funeraria.

            Conduje lo más rápido que pude pensando sorprenderle; entrar por fin en su casa y en su cama, y de paso, averiguar de dónde procedía el olor que inundaba el vestíbulo cada vez que abría la puerta. Siempre que lo pensaba, me sobrevenía la arcada. Al entrar en el ascensor intenté no respirar y me quité los zapatos; mis dedos por fin se estiraban sobre la moqueta de lana fría que tanto me tentaba. Bajé y subí varias veces hasta que mis pies se acostumbraron al lujo, y con los zapatos en la mano, toqué el timbre de su puerta decidida a meterme hasta dentro de sus vísceras. Había dejado en el espejo del ascensor un beso de color pasión; me sentía liberada.

            —¿Quién es? —preguntó una voz infantil a la vez que abría la mirilla.

            Yo, sin pronunciar palabra, sorprendida porque nunca me había hablado de que tuviese una hija o una sobrina, levanté los brazos mostrando los zapatos en una mano y las botellas de champán en la otra. Me abrió inmediatamente. Una mujer, con cara de muñeca chochona se quedó plantada impidiéndome la entrada. Cuando estaba a punto de darme la vuelta con mis ilusiones y proyectos destruidos, pude ver a Iosu asomado a una de las puertas del pasillo, despeinado y con un delantal negro manchado de sangre. De nuevo me sentía engañada, pero al verle allí, la barba de dos días y su hoyuelo en el mentón, decidí quedarme.

            —He traído la bebida y el aperitivo —dije pensando que la chica sería un ligue más ante el que no me rendiría. Y soltando los zapatos cogí a Iosu de la cara y le plantifiqué el segundo beso de la noche.

            Lo que más me extrañó de aquella velada, es que a ninguno de los dos le extrañase mi visita. Actuaban como si me hubiesen estado esperando, sacaron las copas de champán y un foie fresco, y brindamos por la amistad. En mi mente, algo borrosa por las cervecitas que tomé en el súper, se sucedían imágenes de la chica como si la conociera. Quizá era una dependienta del centro, pensé mientras la veía riéndose y besando a Iosu. Nunca me había hablado de ella el muy cabrón. Cuando terminamos con el champán seguimos con el Chardonnay. No recuerdo de qué hablamos, pero sí recuerdo que después de una respiración profunda un olor a vísceras estuvo a punto de liquidarme. Cuando pasé al aseo, de la ducha colgaban varios animales pequeños desollados y abiertos. En el suelo, tapando el desagüe, un barreño contenía las vísceras de los pequeños. Salí espantada de los crímenes que acababa de descubrir. Iosu, mi querido Iosu. ¿Qué era aquello? ¿qué pintaba esa mujer absurda con voz de pájaro en su casa? ¿por qué no me había hablado antes de ella? ¿Qué hacían allí los cadáveres de esos pequeños animales? Miles de preguntas sin respuesta se ocultaban bajo mi ataque de histeria. Y ese olor a muerto. Enloquecí. Cuando pudieron sujetarme me tumbaron en el sofá, y Serena, así se llamaba la compañera taxidermista de Iosu, me pinchó en el hombro una inyección de olanzapina. Mientras el síndrome de delirio se apoderaba de mí, me contaban la historia de su gran afición: la taxidermia, y cómo se había ido convirtiendo poco a poco en una gran adicción. «Cada día son más las personas que no quieren separarse de sus mascotas», escuchaba balbucear a Iosu. Daba igual si se trataba de loros, periquitos, gatos, conejos o perros, la gente, cada vez más sola, necesitaba de su compañía, y ellos, eran capaces de devolverles la ilusión. Una compañía para toda la vida.

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