Archipielago

Lunas de Lantano —07 by Félix Molina

7. En los campos en donde incesantemente estallan extrañas flores

Confieso que estoy aquí más por la filología que por el crimen. Soy yo la voz que les ha estado contando todo esto, sí, declaro mi omnisciencia, un poco impertinente como todas, pero labradamente clásica. Si ahora aparezco aquí, domeñando como puedo mi materializaciónque se me resiste en alguna parcela– es más por mezclarme con esta grey, que no deja de sorprenderme, que por resolver un posible asesinato. Comparezco por tanto como inspector, el inspector Carreter, pero mi deuda es con la poesía y sus secretos. Ese extraño tipo de comunicación. Llevo atrapado en descifrarla desde los desvaríos en la Torre de Le Muy de Garcilaso. No hay fórmulas para entender la poesía que no sean la lectura y continuada frecuentación para que nuestro espíritu se mueva por los mismos cauces que los del poeta. Y ahora se me ofrecía esta oportunidad única de ser como el caballo de ajedrez: moverme con paso distinto entre peones, alfiles y puede que algún rey o una reina, quién sabe…

Pero en este instante el más fundamental de mis problemas es precisamente mi basamento. Logro que mi rostro, con sus gafas bifocales de montura de pasta incluidas, mi tronco, mis manos (siempre asidoras de algún libro) y hasta mis piernas sean evidentes al resto; sin embargo, algo me distrae y no consigo que los pies, allá donde son las suelas de un zapato, tengan un simulacro material de vida. A veces me da por pensar que es esa inquietud mía por lo poético, desde pequeño (y luego ya más joven, con Dámaso al lado), lo que entorpece mi facultad. La irracionalidad que proclama Vencida de la edad sentí mi espada un verso excelso y cual densa dinamita, en lo profundo un guisote pobre (por mucho que mereciera un Nobel) es la que rige que todo mi ser se presente aquí, menos mis plantas. De todos modos, me estoy dando cuenta de que nadie salvo los escultores, o algún perverso– repara en los pies ajenos. Puedo desfilar sin ello por aquí y por allá sin llamar más la atención que si prescindiera de mis gafas o mi libro. 

Vine cuando se presentó la ocasión. El crimen, digo. Lo que tengo de investigador en estas lides lo gané por las obras dramáticas que pergeñé, todavía muy joven. A ver, tampoco es que me haga falta mucho conocimiento, dado mi estado actual de omnisciencia, pero me las arreglaré para que ustedes se enganchen con la trama y yo con mi objeto, que no es sino averiguar qué le lleva a esta gente a escribir versos a estas alturas del milenio, en vez de aplicarse con la física cuántica. Por lo demás, dedicaré mi lógica de manual (alguno de ustedes se habrá empapado en sus estudios medios con los míos) a la deducción, porque, de algún modo, lo literario no deja de escapar al crimen. A la perpetración, al hurto, al descabello. Llámenlo como quieran.

Llegué por la noche, como suele ser lo habitual en estos casos. Es usual también no sé si lo sabrán, pero yo lo confirmo– ramonear junto al cadáver, como empapándose de su materia. La chica es muy joven, una lástima. Tiene apenas un libro publicado de poesía, de título hernandiano, Flor vulnerada, y con lectores que son ya cientos de miles. Y eso sin mencionar a los de las bibliotecas, que son legión, a pesar de que no cuentan nunca en estas cifras, inexplicablemente. Aparece sentada, en decúbito prono, con la cabeza vuelta hacia una mesa barnizada por completo de sangre –ha debido de estar derramándola durante toda la noche– y un cuchillo bien afilado (que es el mismo para trinchar de todos los módulos del complejo) hundido entre –yo diría– las vértebras T5 a T8. No hay más signos de violencia, pero la herida es perfectamente compatible con la muerte. Y, por favor, no tomen esto como una inspección ocular: empezaríamos a llevarnos mal.

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