Archipielago

Caníbales —08: ESPACIOS COMPARTIDOS

By Lucas Corso

Mi piso tiene un balcón que no es muy grande, pero es mi balcón. Está en un último piso, así que tengo una vista bastante amplia de todo lo que hay a mi alrededor. Y de todos. Verán, resulta que tendemos a pensar que todo lo que conforma nuestro hogar es nuestro, que es un espacio privado. Y en cierto modo es así, mi casa es mía (mientras continúe pagándola a fin de mes) y por tanto puedo hacer ahí dentro todo lo que la privacidad (y la legalidad, que no es privada) me permita. Sin embargo, hay espacios que consideramos nuestros y que tampoco lo son tanto; son en realidad espacios compartidos. Uno de ellos es el balcón.

Tengo un vecino que vive en el piso de abajo. Es uno de esos vecinos que parece que le están haciendo un favor a uno cuando se los cruza por la escalera y lo saludan. Parece que lo hacen con asco, es un saludo murmurado, escupido al suelo para que lo recojas. Son de esos que en las juntas de vecinos tienen el papel del perdonavidas, el que te explica las cosas como si tuvieses déficit de atención y los consejos que pueda prestarte suenan a amenazas de muerte. Escucharlo y hacerle caso deja la misma sensación en el cuerpo que firmar una hipoteca de un piso que todavía está en los planos de un arquitecto al que nadie ha visto nunca. En esos momentos no escupe las palabras con cansancio, como cuando saluda, sino que las mastica, disfruta cada una de ellas mientras las dice. Sobre todo porque él sabe más que tú y que nadie. Las conversaciones con su mujer mientras cenan son un monólogo sobre todo lo que hacen mal los otros. Si va con su motocicleta de carretera y se le cruza un perro sin atar, desata los siete infiernos sobre la dueña por atreverse a llevarlo suelto, ignorando por el camino que iba en dirección contraria en una calle principalmente peatonal. Si llamas a su puerta por equivocación te mira con un desprecio infinito, porque sabe que no deberías estar llamando a esa puerta bajo ningún concepto y tú todavía no. Lo sabe todo. Los demás hacemos lo que podemos. Y nunca es suficiente. Hasta sabe que yo sé cosas. Como por ejemplo que le gusta salir a su balcón a contemplar el barrio como su madre lo trajo al mundo.

Como ya he señalado, desde mi balcón puedo verlo todo y a todos. Es lo que tiene vivir en un último piso: es el mejor congelador del mundo en invierno, también el mejor horno conocido por el hombre el resto del año, y un buen lugar para verlo todo con perspectiva, desde la gente que pasa por la calle hasta tus aciertos y errores en la vida. Un día, sin saber cómo, acabé en el balcón hablando por teléfono con mi señora madre. ¿No les ha ocurrido nunca que comienzan una conversación telefónica en un lugar de la casa y, cuando miran a su alrededor pasado un rato, han aparecido mágicamente en otro? Pues eso. Acabé en el balcón hablando con mi madre y mirando sin mirar. Y en una de esas mi vista se posó en el balcón de Don Perfecto, quien como pude comprobar, no lo era tanto. Ni de coña, vamos. Allí apareció este hombre, agachándose levemente para pasar por debajo de la persiana a medio subir, como un troll emergiendo de las profundidades de su cueva, y colocándose brazos en jarra en el centro del balcón en pelota picada. Bueno, llevaba chanclas, pero le tapaban muy poca cosa. Créanme que fue una sensación incómoda el tener a mi señora madre hablándome al oído por un lado y a este barrilete cósmico venido a menos enseñándolo todo por el otro. Por menos que eso han acabado muchos haciendo horas extras en el psicólogo. El me miró al mismo tiempo que yo giré la cabeza hacia el interior de mi horno, pero por el rabillo del ojo pude ver como él volvía inmediatamente al interior del suyo, rozadura de chepa con la persiana incluida. Fueron apenas cinco segundos en los que nuestra relación cambió por completo. No sé si a mejor o a peor, pero que ha cambiado es indudable.

¿Tiene uno derecho a salir en bolas a su balcón? ¿A su terraza?

Puede parecer evidente que sí, pero son lugares en los que prima la poca o nula privacidad, como yo mismo pude comprobar y como siempre que me cruzo con este señor recuerdo. Hay espacios de nuestros hogares que no son más que lugares compartidos con el entorno y que, por tanto, son accesibles de una manera u otra por las personas que lo habitan. La mayor parte de las veces son sitios accesibles tan sólo con la mirada, pero las miradas suelen ser razón suficiente para modificar hábitos íntimos que, de manera errónea, creíamos no sólo inamovibles, sino también privados.

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