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RENATO by Antonio Toribios

Imagen facilitada por el autor

Hace más de 20 años escribí un relato basado en el recuerdo infantil de un funambulista callejero. Se llamaba Renato. La resonancia de su nombre me llevó a situar su muerte en Siena, concretamente en la Piazza del Campo. Fue una elección espontánea e instintiva. En 2001 este cuento se hizo con  el Premio de Relatos Breves Diario de León en su XVI edición. Desde entonces me prometí a mí mismo visitar ese lugar para mí ya mítico. Por fin he cumplido la promesa el mes pasado y la experiencia no me ha decepcionado. Diría, sin temor a exagerar, que  he sentido la sombra de Renato planear por encima de mi cabeza.

Antonio  Toribios

RENATO

“Actúa hacia dentro, cogiendo sólo

con las manos del espíritu

las flores a la orilla de la vida”

Fernando Pessoa

“Se ha matado Renato”, dijo mi madre al llegar de la compra. Lo dijo sin emoción, así como “hoy no ha pasado el camión de la basura” o “han instalado el puesto de las castañas”. Yo estaba absorto –como siempre a esta hora– en rascar los arabescos de hielo de los cristales. Oí la noticia a través de una distancia de mar embravecida y ulular de viento. Rugía el oso blanco y chapoteaban las focas. Un navío se debatía, medio desarbolado, entre la espuma. El capitán Ahab iba erguido en su proa, galvanizado por el odio. Bajo la superficie, el Nautilus navega vigilante. Nemo toca su lira de algas, mientras la Atlántida se consume en su incendio líquido de siglos.

Me gusta sentirme hacedor de mundos. Es mi actividad preferida en las mañanas de invierno en que no voy a clase. Mi mano crea icebergs y los desplaza entre las olas, dejando una estela de torrente en el vidrio. Continentes enteros se resquebrajan y varían su contorno, impelidos por mi sola voluntad. Poco a poco, el calor de la cocina va arrasando esa orografía mítica hasta convertirla en diluvio purificador. Me quedo con el desconsuelo de la pérdida, aunque sé que mañana volverá a florecer la escarcha.

Renato ha muerto. Es cierto. Se desprendió del alambre, roto el hilo de plata que lo unía a las estrellas. Cayó como un pelele. Hubo un instante de silencio entre el eco producido por “… que le separan de la muerte” y el comienzo del primer grito de horror. Lo justo para que desfilara por su mente el inventario de los momentos más felices: la placidez del niño corriendo hacia su madre, el rodar por el césped abrazado a una niña morena, la fiesta de la vendimia en su Toscana natal, los aplausos de una tarde de circo. Luego la negrura y la ausencia.

Una vez limpios los cristales, mi madre trata de ayudarme con el álgebra. En la mayoría de los casos enseguida acaba por dejarme dibujando guerreros terribles, banderas de países inexistentes o mapas de continentes aún por descubrir.

La siguiente parte de la mañana,  suelo permanecer acodado ante el cristal, bien embozado en mi bata de lana. Observo los gatos del patio. Imagino objetos en las caprichosas formas de las nubes. Los días de nieve, experimento el ascenso vertiginoso de quien observa sin pestañear los copos que caen.

Una nube muy blanca me ha llevado de nuevo a la imagen de Renato. Es un cirro alargado como un cordel de humo. El funámbulo camina impávido, con el cielo estrellado como techo y la vieja fábrica de telón de fondo. Una voz ronca va desgranando “los pasos que le restan para escapar de la muerte”, con un resonar de ultratumba que pone los pelos de punta.

Es la atracción de todos los veranos. Llegan por la mañana y vocean el espectáculo por las calles: un enano triste vestido de payaso, la bailarina con varices que alguna vez fue hermosa, el trompetista flaco de chistera raída y un mono viejo con pocas ganas de cabriolas. Montan los postes y tensan las cuerdas. A la noche ponen a funcionar un motor renqueante y Renato desafía al vacío bajo una luz incierta. A veces la luna llena colabora en el espectáculo, dotándole de un glamour especial. Los vecinos cogen las sillas de la tertulia callejera y acuden al descampado cercano con unas pocas monedas en el bolso. Allí están siempre Chano el de la Patro, Julián el cobrador, Pepe el de la moto… Van también las mujeres. Los niños juegan a pillarse entre chillidos. Recorre el aire un cierto misterio. Sube el artista al alambre. Callan los chavales. Las caras de los adultos se vuelven sombrías. De las cabezas giradas hacia arriba emana como un vaho el íntimo deseo, nunca confesado, de ver morir a un hombre. Hay cuchicheos de silla a silla. Como en un velatorio.

Lo mismo todos los años. Menos éste. Se acababan las noches cálidas y no habían llegado los titiriteros. Todo el barrio estaba extrañado y se hacía de lenguas sobre un posible final trágico. “Vaya usté a saber…por esos mundos…”

Imagen facilitada por el autor

La muerte ocurrió en Siena. Fue el tres de julio. La luna brillaba esa noche en todo su esplendor. El cable había sido fijado entre dos edificios de la Piazza del Campo. La figura de Renato se recortaba sobre el Duomo en el momento de la desgracia. Fue al levantarse, después de haberse arrodillado sobre el cable, como hacía siempre en la fase culminante. Le falló el equilibrio. O –mucho más poético– la escarcha del hastío apagó de pronto el fuego de su pecho. Cayó mientras asistía a la proyección del melodrama de su vida. Fundido en negro.

Ya sólo me faltaba propagar la noticia. Elegí a Tinín, que siempre está en la calle y habla por los codos.  Le vi en la acera, jugando con su trompo, y le chisté desde el balcón. Mi madre no me deja salir en días tan fríos, así que tuve que prometerle un tebeo si subía.  Una  vez en casa,  le he dejado caer que yo sabía lo que había sido de Renato, que me lo había contado un pobre de los que piden por las puertas. Le he contado el suceso con todo detalle. Incluso le he enseñado la postal de Siena que nos mandó una vez mi tío el cura. Le he dicho fecha y hora; a la gente le gustan los detalles.

Esto fue ayer. Hoy ha entrado mi madre diciendo “Renato ha muerto”. Todo el mundo está seguro de la veracidad de la noticia. Sospecho que alguno ha pensado “vaya, hombre, tuvo que ser en otro sitio; aquí nunca pasa nada”.

No respondo. Sigo absorto en lo mío. Tengo todavía muchas mañanas de invierno por delante. Muchas horas desmenuzando los bordados del hielo. O mirando los gatos. O interpretando nubes.

Pero el verano acabará llegando. Vendrán las noches cálidas en que los chicos juegan hasta tarde en la calle. Volverá a anunciar Renato su espectáculo. La gente se sorprenderá como ante un aparecido. Luego dirán: “pero, quién dijo que había muerto”, y se echarán la culpa unos a otros. “Fue Monchito, –dirán– que miente más que habla”. O bien: “Andrés tenía que ser, que todo se lo cree”. Por fin, cogerán sus sillas e irán al prado. A desear la muerte como siempre.

Yo también pienso ir. De este año no pasa. Mi madre siempre “no te conviene, tan delicado, con tu padre tan lejos, y el frío de esas horas…” Nunca me ha dejado. Todo el mundo va. Todos menos yo. Pero este año…

Si es que Renato vuelve. Yo espero que vuelva. Que no pase lo de Anselmo, el de Maruja…, tan contento, de excursión…, que le vi despeñarse por mis acantilados de hielo y …

Mi madre me mira. No dice nada. Sólo me mira…

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